EL NIÑO RESENTIDO. CÉSAR GONZÁLEZ
POR ADOLFO ARIZA
Había comprado hace bastante estas dos novelas del nacido en la Villa Carlos Gardel, en el oeste del conurbano bonaerense.
Leí El niño resentido, después de una entrevista a González que le hizo Alejandro Bercovich en su programa La ley de la selva y me interesó su vida.
Es imprescindible poner algo de su biografía:
Preso entre los dieciséis y los veintiún años, al salir del encierro comenzó un vertiginoso despliegue artístico. Cineasta, poeta, ensayista y productor musical, publicó los libros de poesía La venganza del cordero atado (2010), Crónica de una libertad condicional (2012), Retórica al suspiro de queja (2014) y Rectángulo y flecha (2021), y el libro de crónicas El fetichismo de la marginalidad (2021). Además de videoclips y cortometrajes, realizó ocho largos.
Corto ahí, pero alcanza para que se entienda mi interés inicial; aunque, a pesar de eso, no me ponía a trabajar en las novelas.
Lo que me impulsó definitivamente fue la Ley 27.801, de Milei, promulgada en marzo de 2026, que establece el nuevo Régimen Penal Juvenil en Argentina, en el que se lleva la edad de imputabilidad de 16 a 14 años.
Está claro que desapruebo esta ley, que no me parece un avance en la política para mejorar la seguridad en Argentina, porque es ineficaz para reducir la inseguridad, porque no aborda la falta de infraestructura especializada y tiene un enfoque punitivo en lugar de preventivo
Algunos podrán celebrar la rigurosidad frente a hechos graves cometidos por adolescentes; otros cuestionarán la eficacia y la compatibilidad con estándares internacionales de protección de los derechos de niñas, niños y adolescentes. Pero todo eso tiene que ver más con la “grieta” ideológica que divide a nuestra clase media urbana, que con un análisis serio de cómo mejorar nuestra vida social.
Me impactó mucho El niño resentido: si bien conocía –en general, por mentas o los medios de comunicación- la vida en las villas, me quedé sin aliento más de una vez, con la garganta anudada al participar desde adentro –desde la lectura de un texto preciso y objetivo- en la situación de miles de argentinos y argentinas.
Dice el mismo autor:
“Pero a la vez es un ambiente que conspira contra la escritura y toda forma de interioridad. Acá adentro es difícil encontrar el silencio adecuado para una mínima concentración. Es imposible abstraerse del ruido histérico que sucede alrededor. A metros de la puerta de mi casa han caído pibes baleados y apuñalados, chocan autos y patrulleros luego de severas persecuciones. La sangre, el caos, la violencia policial y el aura de jóvenes destruidos respiran en mis ventanas mientras escribo esto. Me intimida la presencia de otros pibes que resucitan mi pasado. Me los cruzo todos los días a cualquier hora, haciendo sonar sus motos, paseándose brillantes y soberbios. Muchos de ellos van cayendo muertos; a otros, con suerte, se los llevan presos.”
Pero lo logró y nos mete en ese mundo, en el que la muerte y la violencia son naturales, lleno de carencias; un mundo de afectos totalmente extraño para nuestra vida cotidiana.
El mismo autor lo manifiesta así:
“Odiaba mi pobreza, nuestra casa tan miserable. (…) Lentamente en mí crecía el odio hacia todo ser humano que no compartiera nuestras paupérrimas condiciones de vida. No tenían que ser millonarios, como el patrón de mi abuela, con que tuvieran una casa de material, un auto y una familia normal alcanzaba para provocarme una envidia lasciva”. Una bomba de tiempo donde el hecho de salir a robar significaba, al menos, su “minúscula revancha”.
No se entra, como lector, gratis a ese mundo: se tensa la panza, hay que levantarse a tomar agua, pero es un precio necesario: desde hace bastante ese mundo es una parte de Argentina, y sigue creciendo, en manos de gobiernos malos e ineptos, a diferencia de otros países de América Latina que intentan soluciones mejores.
“Le tocó en suerte una mamá de 16 años, adicta y delincuente, un papá linyera, “borracho interminable”, y una abuela, la Genoveva, a quien le debe su capacidad de leer a los 4 años porque le hacía estudiar la Biblia. Dice que por eso terminó creyendo “firmemente en Dios” y en ella, y que, por lo tanto, aceptó sin chistar su vida miserable. Vida que, con el correr de los años, terminó odiando tanto como odiaba a los que tenían lo que él no podía tener.
Naturalmente se hizo delincuente: pibe chorro, o sea escruche, drogas, robos a mano armada, heridas de bala; y, al final un secuestro extorsivo, que lo llevó a un instituto de menores.

Después publicó Rengo yeta.
Rescato un comentario sobre la novela:
La caída es insoportable. Arden las heridas de bala, desespera la soledad, se subleva la sangre que reclama cocaína, poxirrán y pastillas. ¿Y ahora? Tras las rejas, las voces de otros pibes quieren captarlo para uno de los dos bandos enemigos que manejan el instituto de menores. Todos han visto su caso en la tele: vinculado a un secuestro, es ya una leyenda. Mal presagio. La gravedad de la acusación prevé años de cárcel y el Rengo yeta deberá aprender rápidamente sus códigos: jamás demostrar miedo, atacar antes de defenderse, ser macho. La enfermería en la que lo ubican es una extraña isla adonde llega atenuada la agonía de los pabellones. Pero cuando arriben un par de adolescentes de clase alta, la desigualdad y la injusticia le provocarán tal shock que amenazará con su desintegración emocional. Si en El niño resentido César González desplegaba la impetuosa fortaleza de una infancia en la villa, en su segunda novela autobiográfica retoma la narración para sumergirnos en el hueco que separa la calle del encierro. La vida de la muerte.
“RENGO YETA” Fue elegido por la Revista Ñ como uno de los mejores libros de 2025.
El autor dice:
Es mi primera vez en una de estas listas así que quería compartir la alegría con ustedes. Con todos aquellos que lo han leído, que lo recomiendan, que lo prestan, que lo llevan a las aulas, a las cárceles e institutos de menores.
Gracias de todo corazón.
El nombre de la novela, tiene que ver con el apodo que le dieron en el Instituto de menores en el que ingresó a los 16 años, después del secuestro que realizó, a causa de la renguera que le causó la herida de bala que sufrió en su aventura criminal; es un apodo tumbero (como se dice en la cárcel), porque allí se considera que ser rengo trae mala suerte.
Voy a hacer algo que no acostumbro: citar el final de la novela. Lo hago porque es una definición perfecta de cómo vive el autor su vida y la novela sobre ella.
Esta valoración positiva de la dura vida que fue su vida, y sigue siendo de tantos otros pibes, que tal vez no saldrán nunca de ella, me ha parecido muy valiosa, y quiero decirlo, pero él lo dijo mejor:
—Sin embargo, hoy sos escritor y director de cine, es decir “saliste adelante”.
—No puedo negar que la lectura de superación es inevitable. El tema es la forma en que se comunica ese relato de superación. La superación es un mal en sí mismo. A mí me deja tranquilo que me escriba un amigo del barrio que se cruzó con alguien que conozco y estuvo en cana. Sin saberlo terminaron hablando de mí. Mi amigo dice “yo soy de la Gardel” y el otro le responde “Yo estuve en cana con un pibe de la Gardel, César, el rengo…” Y lo que le dijo es “César nunca fue antichorro”. Es un término de la calle: nunca fui y nunca me volví un antipibe. Nunca me volví alguien que opine “Bueno, el que roba y no cambia es porque no quiere, porque yo robé y cambié porque quise”. Nunca bajé esa línea.
Para mí, que me sigan identificado como uno de los suyos (a pesar que no soy más pibe chorro), es más importante que cualquier cosa. Y no lo busqué… Digo, el que lo dijo, estuvo en cana conmigo hace 15 años y no sabía que era escritor ni que hacía películas. Se acordaba que yo era eso y que no me volví otra cosa. Yo siempre digo: no es que cambié, abandoné una actividad, que es muy distinto. El que me conoce de chico sabe que sigo siendo el mismo. Abandoné una actividad: robar. Una actividad que te lleva a una muerte, a una muerte irreversible, literal o metafórica. O no tan metafórica. (el subrayado es mío)
Lo destaco porque me pareció una excelente síntesis, no solo de la novela, sino la vida en las villas, o sea adonde se llega porque la pobreza lleva a mucha gente a ese a ese nivel de existencia que Argentina no tenía.
Así se vive en la villa, y el autor eligió otra posibilidad, y su novela es una útil manera de que la conozcamos, porque hay que conocerla para luchar –sí, luchar- para hacer lo que podamos para ayudar a que menos argentino vivan así.
Léanlas, además son dos buenas novelas.
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