A PARTIR DE UNA NOTA SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

A PARTIR DE UNA NOTA SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

Sigo comprando el Diario Los Andes –me he prometido psiconalizarme por eso-, del cual no leo mucho más que los Avisos necrológicos, pero los sábados suelo leer completa la página que agrupa las secciones de mi apreciada colega Nené Ramallo, de la poco objetiva historiadora Luciana Sabina y alguna otra nota de opinión. Este sábado la última era: Inclusive el lenguaje – Por José Niemetz

José Niemetz, mendocino, de Alvear, es escritor, fue Premio Clarín de Novela 2018, por “Tú eres para mí”, interesante novela que estoy leyendo, aunque la interrumpí porque aparecieron otras urgencias lectoras. Lo que escribe es una nota dura, pero certera, sobre el tema del lenguaje inclusivo.

He tenido algunos intercambios (menos de los que habría podido, porque evité discutir con personas con posiciones fundamentalistas, para no perder tiempo) sobre el tema del lenguaje inclusivo, que, evidentemente, excede el marco del estudio de la Lengua para instalarse claramente en el de las ideas.

Soy Profesor de Castellano, así que opiné técnicamente que esta propuesta de lenguaje no era originada en el mismo uso del Habla, sino en un planteo de perspectiva de género en el marco de los avances del feminismo. Por lo tanto, no correspondía hacer análisis lingüísticos (en general sesgados y muchas veces descalificadores), sino esperar que el mismo uso definiera lo que tiene que perdurar.

Rechacé el argumento de la RAE porque no le reconozco autoridad sobre el Habla de los argentinos, aunque sí de consulta.

Niemetz hace un planteo profundo del tema, y de las reacciones que genera (bastante semejante a las que yo había vivido). Además, plantea el tema de la docente sancionada (claramente lo fue), que me causó vergüenza ajena.

Saqué una pequeña introducción, aunque recomiendo leerla completa, y la transcribo para que la conozcan y piensen con ganas de comprender el mundo de hoy, que es muy complejo, y que se transforma a una velocidad muy superior a la del pasado. Es nuestra obligación como mendocinos/as, a los/las que nos cuesta romper la visión conservadora que nos caracteriza.

Que les sea útil para abrir la cabeza.

“… en esta ocasión me preguntaron:

-Che, ¿qué opinás del lenguaje inclusivo?

Lo preguntaron cómo se pregunta algo obvio, retórico, casi divertido. Sin embargo, cuando respondí que el tema no me resulta ni siquiera interesante, todos manifestaron un gran alivio por mi respuesta políticamente correcta. Es por ello que me apuré en agregar:

El así llamado ‘lenguaje inclusivo’ seguramente no es otra cosa que una moda que como toda moda desaparecerá como tal. Y mientras tanto, nos hace hablar pavadas sobre ella.

Lo que no es una moda es la exclusión de las diversidades sexuales que no se adecuan a la hétero normatividad.

¿Cómo es posible que un tema tan pueril alcance este lugar tan repetido en nuestras conversaciones cotidianas? ¿Cómo es posible que la Real Academia intente dictaminar sobre algo en lo que no tiene ninguna competencia? ¿Cómo es posible que el autoritario castigo a una docente mendocina, por el insignificante acto de saludar a sus alumnos con un todes, se haya constituido, (junto con el otro castigo: el del Ítem Aula) en la principal acción del gobierno educativo?

El helado se había terminado, mi mujer servía café, el silencio de los comensales no se debía al interés por el tema sino al arrepentimiento por haberlo planteado.

Sencillamente -continué- porque el sólo hecho de decir todes, visibiliza, sólo eso, la dolorosa exclusión que sufren las distintas identidades sexuales que existen entre nuestros chiques.

El arquitecto, revolviendo el café y hurgueteando unas masitas secas, me increpó:

-Pero la RAE ya dictaminó que…

-Che, si a vos te parece que el lenguaje que vos hablás es un bloque hermético, cerradito y manejado como verdad revelada por un cenáculo de académicos, te cuento que este coso con el que te comunicás es una especie de sobra proveniente del idioma que llevaron los antiguos conquistadores romanos por una buena parte de Europa y que se llamaba latín vulgar (que, a su vez, generaba espanto moral entre los intelectuales de la Roma clásica) y que se fue maravillosamente degenerando y se constituyó en muchas lenguas, entre otras en nuestro amado castellano. Cada pueblo, cada época, cada hablante hacen algo con él. Los que mencionan a la RAE para defenestrar al lenguaje inclusivo, para ser coherentes, deberían comunicarse en latín clásico.

-Bueno, no es para tanto –agregó la médica. ¡Sí! Es para tanto –le contesté-. Primero porque la exclusión no solo continúa entre nosotros, sino que se continúa reprimiendo a quienes la ponen en evidencia, como esa valiente docente de Junín. Y en segundo lugar porque en nombre de proteger a la docente, se la castigó con un patético traslado (como si ese traslado lavara sus ideas). Está claro que los funcionarios educativos se aferraron a este tema porque ante las acuciantes problemáticas de la educación sólo manifiestan incompetencia, y así, aunque sea con violencia, pareciera que hacen algo. La pregunta que me formulo es: ¿y quién protege a esos pibes y pibas de tener padres tan reaccionarios e ignorantes?

-Lo que yo quiero decir es… -atinó cualquiera de los comensales.

-El lenguaje inclusivo en sí mismo, carece de toda importancia. Acá lo único que resulta importante es la exclusión que sufren cientos de miles de seres humanos por su nacionalidad, su color, su peso, su religión, su estándar económico y también por su condición sexual.

Cuando mi mujer ofreció más café, todes respondieron al unísono que no, gracias, que les provoca insomnio. Y que les gusta dormir tranquiles.

No estoy seguro de que lo logren.

https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=inclusive-el-lenguaje-por-jose-niemetz

LA CRISIS EN VENEZUELA Y LOS GOBIERNOS DE DERECHA SURAMERICANOS

LA CRISIS EN VENEZUELA Y LOS GOBIERNOS DE DERECHA SURAMERICANOS

Me llegó esta nota de Nodal (Nodal Noticias de América Latina y el Caribe), dirigida por Pedro Brieger, al que he escuchado en C5N, y me pareció muy bien informado y solvente. Por lo tanto, decidí compartirla con Uds., porque sentí que era válida la metáfora de las Cajas de Pandora. No es que sean nuevas, solo que se han revitalizado, para mal de América Latina, y es bueno entender cuáles son los peligros que nos están acechando, incluso desde adentro.

Un buen ejemplo es la asunción de AMLO en México, que viví muy esperanzado, y que recibe hoy feroces ataques de los que detentaron el poder desde siempre, los mismos que llevaron a Peña Nieto a la Presidencia, y que, como con Lula en Brasil, nunca se van a rendir en su afán de voltear a los Gobiernos que denominan despectivamente “populistas”.

Son peligros reales, así que comprenderlos sirve para tomar mejores decisiones en las alternativas útiles para luchar contra estos poderosos factores de poder, como las elecciones (es obvio que estoy pensando en Argentina).

21 julio, 2019

https://www.nodal.am/2019/07/la-crisis-en-venezuela-y-los-gobiernos-de-derecha-suramericanos-por-juan-gabriel-tokatlian/

Las siete cajas de Pandora de la derecha suramericana

Por Juan Gabriel Tokatlian

La crisis en Venezuela es monumental. La desastrosa situación ha sido producto de dinámicas, factores y actores internos, aunque sin dudas el papel de Estados Unidos contribuyó a empeorar lo que ha venido aconteciendo por años en el país. De esta manera el caso Venezuela ha dejado de ser local, regional o continental, y se ha tornado un problema global.

¿Qué significa que una crisis se convierta en un asunto global? Varias cuestiones: a) la incidencia directa o indirecta de múltiples actores estatales (ejecutivos y legislativos) y no gubernamentales (partidos políticos, oenegés, think tanks); b) el impacto de diferencias y pugnas burocráticas en el seno de distintas administraciones; c) la participación de jugadores (gobiernos, corporaciones, medios de comunicación) con alcance mundial y objetivos precisos; d) la presencia de agentes (formales o ilegales) desarmados y armados; e) el involucramiento de instituciones internacionales (por ejemplo, la ONU) y regionales (como la OEA); f) el alcance de coaliciones y alianzas entre protagonistas internos y externos; g) la multiplicación de presiones sobre los participantes domésticos y de los obstáculos para encontrar soluciones.

Todo esto coloca al caso Venezuela –y a través de él a toda América Latina– en el centro de la “alta política”. La región se torna más visible y se ve envuelta en el juego geopolítico de diversos países poderosos con intereses y propósitos divergentes. Se produce entonces un doble proceso de impulso y atracción: las potencias se movilizan para proyectar su poder y asegurar su influencia, al tiempo que la deteriorada situación doméstica facilita el despliegue de fuerzas intervencionistas.

En ese delicado e inquietante contexto, la cuestión venezolana también pone en evidencia la dificultad e incapacidad que tuvo el conjunto de países de América del Sur durante 2019 para aportar fórmulas creíbles y efectivas. La crisis, a su turno, se da en el marco de un repliegue de la llamada “marea rosa” (de gobiernos progresistas y nacional-populares) y el auge de lo que se puede denominar el “reflujo neoliberal” (de gobiernos conservadores y reaccionarios) en Suramérica.

El antecedente de habilitar la dualidad de poder en un país puede generar tensiones impredecibles en las naciones del área, hoy sacudidas por diversos grados de inestabilidad y polarización.

El consenso de los halcones

En ese sentido, cabe subrayar el papel de las derechas y su aproximación al caso Venezuela. Básicamente, y desde comienzos de este año, se dispusieron a suscribir el diagnóstico y a secundar las políticas de Estados Unidos hacia Caracas. Los motivos para plegarse a Washington obedecen a una mezcla de convicción y conveniencia: cercanía ideológica (más evidente con la victoria presidencial y legislativa de los republicanos), necesidad de apoyo estadounidense (ya sea financiero, militar, diplomático), dinámicas político-electorales domésticas (la idea de la exportación de la “revolución bolivariana” y su proyección nacional), efectos locales de la crisis venezolana (migraciones masivas), figuración como el “mejor amigo” de Estados Unidos (Duque, Bolsonaro, Piñera y Macri) por los réditos internos y externos que ello pudiera generar, preocupación por el estado de los derechos humanos en Venezuela (ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias) y potenciales nexos con situaciones domésticas volátiles (tal el caso de Colombia), entre otros.

Más precisamente, los gobiernos de derecha de la región asumieron los pronósticos de ciertos halcones estadounidenses, relegando el criterio de sus propios funcionarios diplomáticos con más conocimiento de Venezuela y, por supuesto, desoyendo la opinión de los opositores políticos en cada país. En esencia, las premisas centrales de aquellos tomadores de decisión en Washington eran: 1) el gobierno de Nicolás Maduro estaba seriamente debilitado y se encontraba atravesado por disputas inmanejables que lo precipitaban al vacío; 2) las fuerzas armadas sufrían fisuras crecientes y se disponían prontamente a abandonar a un presidente que consideraban ilegítimo; 3) una oposición homogénea y organizada se aglutinaba en torno a la figura de Juan Guaidó y en defensa de la Asamblea Nacional; 4) la sociedad padecía las consecuencias de una fenomenal debacle económica y estaba masivamente ávida para movilizarse y así generar una revuelta popular; 5) a pesar de los intereses de Rusia y China en Venezuela, ni Moscú ni Beijing podían evitar el aislamiento inexorable de Maduro; y 6) la conjunción de amenazas militares provenientes del presidente Donald Trump y de acciones diplomáticas coordinadas desde la región contribuirían, de modo inminente, al colapso de un gobierno definido como usurpador.

A ese diagnóstico se agregaba un giro en la política de Washington hacia Caracas. Así, durante la administración del presidente Barack Obama parecían claras tres cuestiones: a) la aplicación de sanciones focalizadas y personales se enmarcaban en la lógica de la “apertura del régimen” (regime opening) con el propósito de alentar una transición política; b) esas sanciones respondían, a su vez, a las demandas y exigencias de un Congreso controlado en las dos cámaras por republicanos y c) la cautela relativa de Estados Unidos frente a Venezuela obedecía, en parte, a la existencia de una serie de gobiernos de centroizquierda en la región.

Con Trump se produjeron cambios relevantes: a) se optó, definitivamente, por el “cambio de régimen” (regime change) para forzar la caída del gobierno de Maduro; b) la dinámica doméstica que desde mediados de 2018, y antes de la elección legislativa, impulsaba ese viraje era producto de la importancia que pasaron a tener ciertos estados (por ejemplo, Florida) con vista a la elección presidencial de 2020; c) asimismo creció la gravitación de los militares –en especial, del Comando Sur– no tanto por su inquietud acerca de la naturaleza del régimen interno en Venezuela al que consideraban “forajido”, sino por la mayor presencia de Rusia y China en Suramérica y d) la existencia de una nueva correlación de fuerzas políticas en América del Sur favorecía la aceptación en la región de una estrategia estadounidense más coercitiva hacia Venezuela.

Con este telón de fondo los gobiernos de derecha en Suramérica han adoptado y validado un conjunto de acciones que podrían incidir significativamente, como una serie de cajas de Pandora, en el futuro de la diplomacia y la democracia en la región.

Caja uno: del Grupo Contadora al Grupo de Lima

En 1983, a raíz de varios conflictos en América Central, los presidentes de Colombia, México, Panamá y Venezuela crearon el Grupo Contadora, una iniciativa multilateral para promover la paz en esa región. Gobiernos de orientaciones políticas distintas mancomunaron esfuerzos con el objetivo de buscar salidas políticas negociadas a situaciones que involucraban regímenes diferentes en Centroamérica. Contadora –a la que en 1985 se sumó un Grupo de Apoyo conformado por Argentina, Brasil, Perú y Uruguay– tuvo un diagnóstico propio y realista de la situación. Pretendía gestar espacios políticos y diplomáticos para que Nicaragua, El Salvador y Guatemala no se colocaran en el epicentro de las disputas típicas de la Guerra Fría. Supo desagregar los componentes de las diversas circunstancias nacionales que estaban en juego y definir procedimientos, procesos y políticas específicas al respecto. Comprendió que era crucial que no se produjera un desplazamiento de las confrontaciones político-militares centroamericanas a los países vecinos (en especial, a Colombia que vivía su propio conflicto armado): había que evitar la internacionalización del conflicto de baja intensidad que atravesaba a América Central. Ya nadie quería entrar en el torbellino de la disputa estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

El Grupo de Lima actuó de una manera muy distinta: creado en agosto de 2017, pasó de alentar una salida incruenta a la crisis en Venezuela a aislar y cercar a Caracas desde comienzo de 2019. Si bien intentó asumir un diagnóstico “latinoamericano” (sus miembros originales incluían países de América del Sur, América Central, el Caribe y México), terminó abrazando el diagnóstico de Estados Unidos. Sus recientes cuestionamientos a ciertos actores extra-regionales no impidieron que Washington y Moscú se sentaran a dilucidar perspectivas e intereses sobre Venezuela. Muchos de sus anuncios solo significaron una elevación de la crítica a Maduro, sin efecto político alguno. En el camino, el Grupo se fue desarticulando con la salida de México y Uruguay, y la opción de varios miembros por posturas menos beligerantes en lo diplomático en consonancia con los pasos, aún acotados, a favor del diálogo iniciados por el Grupo Internacional de Contacto para Venezuela compuesto por países europeos y latinoamericanos, así como las conversaciones en Oslo entre gobierno y oposición venezolanos, entre otros intentos de mediación.

Para decirlo brevemente: si Contadora fue una iniciativa de negociación hacia Centroamérica, el Grupo de Lima fue una iniciativa de cercamiento en torno a Venezuela. La buena lección del pasado no parece haber servido para que los gobiernos de derecha en América del Sur retomen aquella experiencia constructiva que supo eludir clivajes ideológicos.

Empujar, consciente o inconscientemente, a que los militares venezolanos desempeñen un lugar decisivo en medio de la monumental crisis política que vive el país es ciertamente peligroso.

Caja dos: de unasur a prosur

Si bien unasur, creada en 2008, tuvo hitos en materia de concertación diplomática y resolución de conflictos, un conjunto de factores diversos convergieron e hicieron posible el deterioro de ese organismo: a) el gradual desinterés de Brasil –durante el segundo mandato de Rousseff primero y con la breve presidencia de Temer después– en invertir recursos diplomáticos en América del Sur; b) la desafortunada elección del expresidente Ernesto Samper al frente de la Secretaría General de la Unión de Naciones Suramericanas; c) la acefalía en la conducción de unasur desde principios de 2017; d) el fracaso de las gestiones de buenos oficios auspiciadas por el organismo con la participación de los exmandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, ante la profundización de la crisis en Venezuela; e) la mediocre presidencia pro tempore de la Argentina entre abril de 2017 y abril de 2018 que nunca citó una cumbre de mandatarios, de cancilleres o de ministros de Defensa; f) la suspensión de la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay en el bloque sudamericano justo cuando la presidencia pro tempore pasaba a Bolivia y h) la salida definitiva de Colombia (agosto 2018), Ecuador (marzo 2019) y Argentina (abril de 2019) del mecanismo de concertación.

La sepultura de unasur se materializó con la propuesta de los presidentes Iván Duque y Sebastián Piñeira de crear prosur. El lanzamiento formal de esta iniciativa en marzo de este año fue una nueva fuga hacia adelante del multilateralismo regional que se caracteriza por su alta formalización y baja institucionalización. El organismo nace en momentos en que Estados Unidos vuelve a proclamar la vigencia de la vetusta Doctrina Monroe y retoma el discurso propio de la “diplomacia de las cañoneras”. Según los proponentes de prosur, el propósito principal es la defensa de la democracia y de la economía de mercado, al tiempo que se pone de manifiesto la vocación expresamente ideológica de sus miembros. Su primer acto político fue una declaración suscrita por Argentina, Brasil, Colombia, Chile y Paraguay que apuntó a socavar la autonomía y la independencia de los órganos del sistema interamericano de derechos humanos: la Corte y la Comisión. Ello coincidió con el 40 aniversario de la visita que la CIDH a la Argentina en 1979, cuyo informe fue un punto de quiebre para visibilizar a nivel mundial el deplorable estado de los derechos humanos en el país. En síntesis, con todos sus límites y contradicciones, unasur apuntaba a concertar mientras prosur parece inclinado a denunciar.

Caja tres: la politización del multilateralismo financiero

A las pocas horas de que ocurriera el golpe de Estado fallido contra Hugo Chávez en abril de 2002, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció su rápida disposición a asistir a la administración del golpista Pedro Carmona. Ni el Banco Mundial ni el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ni la Corporación Andina de Fomento se pronunciaron al respecto. Aprendida la lección, en 2011 y a raíz de la situación en Libia, el FMI indicó que reconocería al nuevo gobierno luego de que los 187 países miembros lo hicieran.

A pesar de aquella mala experiencia, el actual presidente del BID Luis Alberto Moreno, reconoció a Juan Guaidó como mandatario en Venezuela. Días después, la asamblea de gobernadores del Banco aprobó el remplazo del representante oficial del gobierno de Nicolás Maduro por un enviado –Ricardo Hausemann– de Guaidó. Para tomar esa decisión se debían obtener más del 50% de los votos. Estados Unidos con el 30% del poder en el directorio del BID, junto a Argentina y Brasil, cada uno con 11%, más Chile, Paraguay y Colombia le dieron el visto bueno al delegado del presidente de la Asamblea Nacional. Esto, a su turno, derivó en un incidente diplomático inédito: el Banco Interamericano de Desarrollo iba a celebrar su septuagésimo aniversario en Chengdú, China. Beijing, que reconoce al gobierno de Maduro, le negó la visa de ingreso a Hausmann –quien en 2018 había publicado una nota donde proponía una intervención militar de Estados Unidos, secundada por países latinoamericanos, para poner fin a la crisis venezolana. Estados Unidos amenazó con boicotear el encuentro en China si no se le otorgaba la visa al delegado de Guaidó; como no hubo respuesta positiva, el BID canceló su reunión en Chengdú. En resumen, por primera vez en la historia un banco de la región politizó la provisión de créditos a un país latinoamericano: y en su momento anunció que liberaría préstamos para Venezuela, si Maduro renunciaba.

Siguiendo la recomendación de Washington de identificar a los militares como protagonistas del “cambio” en Venezuela, América del Sur pareció dispuesta a convocarlos como actores centrales de la “transición” venezolana sin advertir el caos potencial que ello puede generar.

Caja cuatro: reivindicando la dualidad de poder

No han sido inusuales a lo largo del siglo XX los llamados “gobierno en el exilio”. Por lo general se trata de un líder y su grupo político de apoyo que argumentan ser legítimos en su país, pero, por motivos distintos, no pueden ejercer el poder; y por lo tanto deben residir en el extranjero. La eficacia de este tipo de gobiernos está ligada al respaldo que obtiene de distintos Estados y del nivel de soporte por parte de los ciudadanos en la nación de origen. La legitimidad de un gobierno en el exilio solo se logra cuando obtiene el poder legal en su propio país.

Por vía del Grupo de Lima y de PROSUR, América Latina en conjunto ha decidido ensayar con una nueva modalidad: validar la dualidad de poder en Venezuela a pesar de que uno de ellos –el que representa Guaidó– no posee ni ejerce ninguno de los atributos de un gobierno ni sus funciones básicas. Cuestionar la legitimidad de Maduro no garantiza, ipso facto, la legitimidad de Guaidó; y menos aun cuando Maduro dispone de los resortes y recursos fundamentales de un ejecutivo y, proporcionalmente, tiene un reconocimiento internacional mucho más cuantioso que el del presidente de la Asamblea Nacional. Este antecedente de habilitar la dualidad de poder en un país puede generar tensiones impredecibles en las naciones del área, hoy sacudidas por diversos grados de inestabilidad y polarización.

Caja cinco: la valoración de los militares

Con el advenimiento en la región de la nueva ola democrática de los años ochenta, en ningún caso institucionalmente complicado se contempló asignarles a los militares un papel clave para hacer frente a crisis políticas de envergadura. Así, en los casos de Jamil Mahuad en Ecuador, en 2000; de Hugo Chávez en Venezuela, en 2002; de Jean-Bertrand Aristide en Haití, en 2004; de Manuel Zelaya, en Honduras, en 2009; de Rafael Correa en Ecuador, en 2010; de Fernando Lugo en Paraguay, en 2012; y de Dilma Rousseff en Brasil, en 2016, la inmensa mayoría de los países latinoamericanos cuestionaron, impugnaron o desconocieron el rol de las fuerzas armadas como artífices para la gestación de un nuevo orden institucional o régimen político. Por el contrario, siguiendo la recomendación de Washington de identificar a los militares como protagonistas del “cambio” en Venezuela, América del Sur pareció dispuesta a convocarlos como actores centrales de la “transición” venezolana sin advertir el caos potencial que ello puede generar. El que mejor expresó la valoración del involucramiento de las fuerzas armadas, el mérito de su fractura y el papel de la región al respecto, fue el presidente Iván Duque, quien en una entrevista reciente para La Nación (10/06/2019) dijo: “Nunca antes había estado Venezuela tan cerca del fin de la dictadura… Se ha instalado un cerco diplomático como nunca se ha visto, con 50 países que reconocen la legitimidad de Guaidó. Todo esto ha permitido que se fracturen las fuerzas militares de Venezuela”.

Este tipo de afirmación es aún más inquietante en el marco de lo que llamo el retorno de la cuestión militar en la región, entendida como la participación de los militares en el manejo del Estado. La denominada “guerra contra las drogas” con su epicentro en Colombia, México y América Central ha mostrado los costos y estragos de la militarización de la lucha contra el narcotráfico y los efectos perniciosos de confundir las funciones de las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad. El peso del ejército en el Brasil de Jair Bolsonaro, el deterioro del posconflicto en Colombia y el fantasma de una eventual nueva ola de ejecuciones extrajudiciales a mano de los militares, la aparición de candidatos presidenciales de origen castrense en Argentina y Uruguay, y la participación de las fuerzas armadas en el combate contra el crimen organizado en Centroamérica, entre otros, son datos de alerta que no pueden obviarse. Empujar, consciente o inconscientemente, a que los militares venezolanos desempeñen un lugar decisivo en medio de la monumental crisis política que vive el país es ciertamente peligroso.

Caja seis: el humanitarismo instrumental

La situación humanitaria en Venezuela es francamente desoladora. Las penurias de la sociedad, en materia de alimentación, salud, provisión de energía, son enormes. Consecuentemente, se ha agravado la vulneración de derechos fundamentales. La suma de esas condiciones contribuye a acelerar el éxodo de venezolanos que, en gran medida, han migrado a los países vecinos de Suramérica. En esa dirección tuvo cierta relevancia la resolución de 2018 –23 votos a favor, 7 en contra y 17 abstenciones– del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas exhortando al gobierno de Nicolás Maduro a aceptar asistencia humanitaria. Sin embargo, con el correr de los días, Estados Unidos, con el acompañamiento del Grupo de Lima, fue transformando una necesidad humanitaria en un instrumento de acción diplomática tendiente a aislar a Maduro, producir algún tipo de reacción y una revuelta cívico-militar.

Latinoamérica se ha comprometido históricamente con los principios del humanitarismo y los postulados del Comité Internacional de la Cruz Roja; esto es, humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia y universalidad. Así ocurrió respecto a las crisis en América Central de finales de los setentas y principios de los ochentas; así aconteció respecto al prolongado conflicto armado en Colombia; así se verificó respecto a graves y recurrentes acontecimientos en Haití desde los noventas; y así se comprobó ante emergencias naturales a lo largo y ancho de la región durante décadas. Sin embargo, en el caso de Venezuela buena parte de los países de la región –en especial, los gobiernos de derecha de América del Sur– decidieron alejarse de una tradición que le había otorgado prestigio a nivel internacional. El evento emblemático fue la convocatoria de Juan Guaidó el 23 de febrero de 2019, para que ese día la ayuda humanitaria acumulada en Cúcuta, ciudad colombiana fronteriza, pudiera ingresar a Venezuela. Con ese propósito, y en un hecho inusitado, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, viajó a la frontera colombo-venezolana. Todo resultó un fiasco y el presunto “día D”, que sería el punto de inflexión de la crisis venezolana, no se concretó. En vez de confiar –como siempre lo había hecho América del Sur– en las agencias de la ONU y en la Cruz Roja para hacer efectiva la asistencia humanitaria, la región optó por instrumentalizarla –sin éxito– en función de una estrategia estadounidense orientada a provocar la caída del gobierno de Maduro.

Quizás algunos gobiernos de derecha en Suramérica hayan entendido lo costoso de modificar una tradición que supieron avalar administraciones de distinto signo ideológico. Es que “proteger lo humanitario” fue tácitamente, por décadas, una política común de diversos mandatarios y partidos en la región; “desprotegerlo” es, esencialmente, riesgoso.

En vez de confiar en las agencias de la ONU y en la Cruz Roja para hacer efectiva la asistencia humanitaria, la región optó por instrumentalizarla –sin éxito– en función de una estrategia estadounidense orientada a provocar la caída del gobierno de maduro.

Caja siete: silencio ante las sanciones

Es importante recordar que en América Latina, y a raíz de la imposición del bloqueo de Estados Unidos a Cuba, las sanciones materiales no gozaron de buena reputación. Con el transcurso de los años se pudo observar que tenían un escaso efecto sobre una apertura del sistema político y que además eran fuertemente repudiadas por la opinión pública en cada nación.

La normalización de relaciones diplomáticas de los países de la región con Cuba fue generando una convergencia en cuanto al rechazo al bloqueo; en especial mediante las votaciones anuales en la ONU. Obviamente, el bloqueo impuesto por Washington a La Habana durante décadas no puede equiparse con las recientes sanciones financieras, económicas y petroleras aplicadas por Estados Unidos a Venezuela. Sin embargo, es llamativa la ausencia de críticas de la región frente a su despliegue.

Usualmente, América del Sur no cuestionó el empleo de sanciones personales y focalizadas de Estados Unidos contra un país del área, que incluían la prohibición de ingreso al país y el congelamiento de cuentas bancarias, entre otros. El recurso a sanciones materiales y masivas significa un salto notorio en el arsenal punitivo de Washington. Por un lado, implica un uso selectivo de las mismas, cuyo criterio varía frente a lo que acontece en determinados países. Por el otro, las sanciones afectan al gobierno, pero también, y mucho, a la población: la administración dispone de menos ingresos, pero la sociedad sufre las privaciones derivadas de las sanciones. Ni los gobiernos progresistas ni los de derecha han impugnado la política de Estados Unidos y no pareciera existir la disposición de controvertir con la administración Trump en torno a este tema, pues uno y otro tipo de gobierno tienen una agenda delicada en relación a Estados Unidos.

Todo esto coloca al caso Venezuela –y a través de él a toda América Latina– en el centro de la “alta política”. la región se torna más visible y se ve envuelta en el juego geopolítico de diversos países poderosos con intereses y propósitos divergentes.

Lo último que se pierde

La crisis de Venezuela es, básicamente, producto de los venezolanos. La mejor alternativa es aquella que combine una salida política, jurídica y ética sólida y sustentable. Esa es, quizás, la única opción incruenta. Y ello implica un paquete de elementos entrelazados y sucesivos en el tiempo: diálogo político genuino, acuerdo aplicable y llamado a futuras elecciones.

Cualquier solución negociada tiene como fundamento lo que los expertos llaman un “estancamiento dañino” (hurting stalemate), en el cual ninguna de las partes puede triunfar y a la vez tampoco acepta ceder. Entonces, se instala la sensación (o el convencimiento) de que el conflicto entre las partes no va hacia ningún lugar. Y, a su turno, ambas partes empiezan a reconocer que los costos de continuar en la confrontación superan los hipotéticos beneficios de un triunfo pírrico. El punto entonces es si Venezuela se aproxima o no a ese “estancamiento dañino” y si los principales actores internacionales vinculados, de un modo u otro, a la crisis en que está sumido el país facilitan o no que se llegue a dicho impasse.

En este contexto, el reto de América Latina es retomar parte de sus mejores tradiciones para contribuir a una solución política y pacífica de la situación venezolana. Y en esa dirección, cabe la pregunta: ¿los gobiernos de derecha de América del Sur estarán dispuestos a modificar sus comportamientos y objetivos para alcanzar dicha salida, o seguirán secundando a Washington en una estrategia que puede producir aún más inestabilidad y mayor caos en Venezuela y la región?

Revista Crisis

ADOLFO ARIZA

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ARGENTINA Y BRASIL: FRACTURA SOCIAL, SIN GOBERNABILIDAD A LA VISTA

ARGENTINA Y BRASIL: FRACTURA SOCIAL, SIN GOBERNABILIDAD A LA VISTA

 

Raúl Zibechi

https://mundo.sputniknews.com/firmas/201907191088069079-argentina-y-brasil-fractura-social-sin-gobernabilidad-a-la-vista/

Hoy, por casualidad, si creyera en las casualidades, encontré esta nota en Sputnik, agencia de información rusa (su nombre podría ahorrar la aclaración, aunque sería para mayorcitos como yo).

Hace algunos días que andaba pensando en armar una nota sobre el tema de la situación social en América Latina –origen, actualidad, caracterización social- y lo que encontré tiene ese sentido, aunque desde un punto de vista ideológico que no es el mío; de todos modos, tiene muchos elementos válidos para lo que es mi objetivo central en el blog: ayudar a nuestra clase media urbana a entender el mundo de hoy, y poder tomar las mejores decisiones para mejorarlo, y salir de esta crisis creciente.

“Mauricio Macri comenzó con buen pie, en 2015. Jair Bolsonaro empezó su gestión tropezando, en 2019. Luego de dos años tranquilos y hasta exitosos, Macri perdió la estabilidad y se despeñó.

Bolsonaro sigue cuesta abajo, con una popularidad del 33% a seis meses de empezar su mandato, los peores índices que se recuerdan en tres décadas. En ambos casos, hay oscilaciones, y las habrá cada vez más en los próximos años.

El aspecto común en los dos principales países de la región, es la fluctuación, la imprevisibilidad, los bruscos cambios de humor en sociedades que —más allá de puntuales entusiasmos— muestran hartazgo con la clase política, con sus promesas siempre incumplidas y una soberbia rayana en el desprecio por los demás.

Lo cierto es que estamos ante sociedades profundamente divididas. Este es el otro aspecto que comparten Argentina y Brasil, situación que se va volviendo habitual en la región. “La grieta” es como denominan los argentinos a esta profunda división política que no parece remitir y que reproduce hondas diferencias que se arrastran desde el primer tercio del siglo pasado, cuando se conjugaron el gobierno militar de José Uriburu y la irrupción del peronismo, para congelar una escisión social que es también cultural y de modos de vida.

En Brasil, una reciente encuesta de Datafolha muestra que el 58% desconfían de los partidos políticos y la institución en la que más confían son las fuerzas armadas, por la cual sienten simpatía el 42% de los entrevistados en tanto el 19% siente rechazo por los uniformados.

Incluso en Uruguay, probablemente la sociedad más democrática por el modo como resuelve sus contradicciones, se constata la aparición de fuerzas que parecían haberse evaporado del escenario político. Me refiero al partido de carácter militar Cabildo Abierto, encabezado por un general que se enfrentó al presidente Tabaré Vázquez, y al Partido de la Gente que reclama mano dura contra la delincuencia. 

Me parece necesario destacar que el profundo fraccionamiento de nuestras sociedades es de carácter estructural, no coyuntural, y que ha sido reforzado en los últimos años por diversos factores. Estructural porque los dos principales segmentos enfrentados, tienen historias precisas que se arrastran desde el siglo XIX y se han profundizado en las dos últimas décadas.

El primer aspecto es que estamos ante sociedades herederas del colonialismo, donde la casta que detentaba el poder devino en oligarquía de la tierra, generando una cultura política caudillista y el clientelar. Aunque aquella clase fue derrotada en casi todos los países (menos en Colombia y Centroamérica) por diversas insurgencias obreras, campesinas y gobiernos militares que realizaron reformas agrarias, la cultura oligárquica se reveló mucho más resistente y perdura hasta nuestros días, encarnada tanto entre partidos conservadores como progresistas.

La segunda cuestión es que el modelo extractivo vigente, anclado en los monocultivos, la extracción de hidrocarburos, la minería a cielo abierto, las grandes obras de infraestructura y la especulación inmobiliaria urbana, actualiza las relaciones coloniales con una ocupación vertical del territorio y marginando a la mitad de las poblaciones.

Esta economía especulativa, no productiva, que va de la mano de la hegemonía del capital financiero, divide las sociedades en mitades: quienes tienen empleo fijo y los precarios; los que pueden pagar salud y educación de calidad y los que solo acceden a servicios de pésima calidad; los que tienen viviendas dignas y los que están sumergidos en viviendas precarias; y así en todos los aspectos.

La mitad de la población que vive en la precariedad es objeto de políticas sociales, perciben menos de cien dólares mensuales de beneficios, y es vigilada de cerca por policías y guardias armados en sociedades cada vez más militarizadas. Un seguimiento de los casos de “gatillo fácil” en Argentina (la muerte de personas desarmadas por la policía) y de muertes violentas en Brasil, muestra una constante progresión desde comienzos de la década de 1990, justo cuando se implementaron las políticas neoliberales de las cuales el extractivismo es su última fase.

Es evidente que para gobernar una sociedad donde la mitad de la población no tiene derechos y naufraga en la pobreza, hay que emplear la fuerza. Estamos ante un aspecto estructural del modelo, que atraviesa a los gobiernos progresistas y a los conservadores, aunque éstos han profundizado los aspectos más regresivos como el despojo de las mayorías.

El tercer aspecto a tener en cuenta es que la fractura social y cultural vigente también es profundizada por las iglesias evangélicas y pentecostales que han arraigado, con diversos grados de profundidad, en toda la región. Estas iglesias no se limitan a trabajar dentro de sus locales, sino que desbordan su influencia en toda la sociedad, con medios de comunicación masivos y con fuerte impacto en el sistema político, sobre todo en Brasil y Colombia, con bancadas parlamentarias propias y con partidos que les son afines.

En general, estas iglesias profundizan las grietas preexistentes al enfrentarse con los movimientos feministas, con las sexualidades no hegemónicas y muy en particular con gais y lesbianas, con los pueblos negros e indígenas. Por momentos, en convergencia con sectores de la iglesia católica, parecen desear un retorno al pasado a través del rechazo al aborto y a los derechos colectivos de los pueblos.

El cuarto aspecto es que sociedades tan divididas y enfrentadas no pueden promover un crecimiento que incluya a la mayoría de la población y están destinadas a naufragar en conflictos que tienden a desmembrarlas. Mientras algunos analistas creen que una sociedad se cohesiona gracias al desarrollo económico, postulo que la realidad es la inversa: el crecimiento llega a sociedades que alcanzan un mínimo de cohesión, de objetivos comunes e imaginarios compartidos.

Las sociedades agrietadas que tenemos en este período en América Latina, muestran que esa división amenaza las libertades democráticas, la estabilidad económica y política y la existencia misma de algo que pueda denominarse como sociedad. O sea, de personas que se sientan parte de un mismo colectivo humano, con valores compartidos y acuerdos mínimos para la convivencia. Esta grieta no la puede resolver ningún político, ningún gobierno, si las personas que integran la sociedad no están dispuestas a aceptar convivir con las diferencias y los diferentes.”

ADOLFO ARIZA

ADOLFO ARIZA

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LOS PROBLEMAS LABORALES EN EL TERRITORIO, LAS MUJERES Y LOS JÓVENES

LOS PROBLEMAS LABORALES EN EL TERRITORIO, LAS MUJERES Y LOS JÓVENES

El Instituto de Pensamientos y Políticas Públicas (IPYPP) es un centro de estudios, investigación y formación perteneciente al Instrumento Electoral por la Unidad Popular (UP).

Elegí este informe porque es un tema antiguo y relevante, que se ha agudizado en el periodo macrista, y que hay que destacar para que avance la conciencia de la necesidad de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para solucionar esta problemática.

En el sitio del IPYPP está el informe completo:

Presentamos informe elaborado por Ana Rameri, donde se presentan elementos para mostrar que la tasa de desocupación de dos dígitos (10,1%) que exhibiera el primer trimestre del 2019, manifiesta sus picos más relevantes en los aglomerados de Ushuaia-Río Grande (13,0%); en los partidos del Gran Buenos Aires (12,3%); en Rawson-Trelew (12,3%) y en el Gran Rosario (11,7%). No obstante, al considerar la evolución interanual de la tasa de desocupación, se observa que la región en la que más creció fue en Cuyo (+ 52,5%), seguida por la región del Noroeste (+39,7%).

En lo relativo a la tasa de empleo, la mayor proporción de población ocupada la exhibe la Ciudad de Buenos Aires (51,6%), en tanto Formosa presenta la menor tasa del País (33,6%). Al observar la evolución interanual sigue siendo el Gran Buenos Aires quien exhibe un ligero aumento de la tasa de empleo. En tanto el promedio de los 31 aglomerados urbanos (-0,2%) cae por el impacto que en términos del deterioro del empleo se observa en el Noreste, en la Región Pampeana y en la Patagonia.

La desocupación encubierta que en promedio se ubicó en el 17,5% manifiesta su pico más importante en Salta (25,2%) y exhibe su menor expresión en el Gran Resistencia (2,1%). Si consideramos la evolución interanual el mayor crecimiento de la desocupación encubierta se observa en la Región de la Patagonia (+46,0%) y en Cuyo (+29,9%).

El presente informe muestra también que, al observar la situación laboral desde la perspectiva de género, se observa con claridad la menor posibilidad que tienen las mujeres a la hora de enfrentarse con el mundo laboral, de disponer de mayor cantidad de horas de participar en el mismo habida cuenta de la necesidad de conciliar la jornada de trabajo productivo con el tiempo dedicado al trabajo reproductivo. Esto explica por qué la tasa de empleo para los hombres es del 63,4%, mientras para las mujeres es del 43,5%. Respecto a la desocupación la brecha entre ambos es menos relevante: mientras el 9,2% de los varones están desocupados, el 11,2% de las mujeres activas están en situación de desempleo.

Al incorporar el corte por edad se agrega una nueva condición de vulnerabilidad laboral: ser joven. Para este grupo las chances de tener empleo son menores y la amenaza de la desocupación es mayor; durante los primeros tres meses del 2019 la desocupación entre los varones jóvenes fue del 18,5% mientras que en las mujeres trepó al 23,1%. Es decir, una de cada cuatro mujeres jóvenes es desocupada.

MERCOSUR IV: POR LA DEFENSA DEL TRABAJO ARGENTINO

MERCOSUR IV: POR LA DEFENSA DEL TRABAJO ARGENTINO

Jorge Benedetti

En realidad, tendría que ser MERCOSUR V, porque en Facebook publiqué un post con el título de MERCOSUR IV, pero voy a seguir la secuencia de los blogs de MIRADAS DESDE MENDOZA.

Tampoco esperaba agregar una publicación más, por lo que dije antes: el tema está clarísimo, salvo para los mentirosos del macrismo, y para aquellos que todavía le creen, (iba a decir ingenuos, pero no termino de encontrar una palabra que denomine a gente –mucha dueña de un nivel cultural y educativo que amerita una mejor comprensión de la realidad- que dice que va a votar en contra de sus intereses), y que a mi parecer son demasiados, pero algunos compañeros me acercaron el link de la nota de Benedetti, un viejo compañero de militancia peronista.

Me pareció un buen cierre de esta saga no buscada sobre el impresentable Acuerdo Mercosur – UE, más allá de que su concreción sea irreal, por lo menos para cualquiera que entienda un poco de política internacional.

Me gustó lo explícito que queda lo que es un PROYECTO NACIONAL Y POPULAR frente a la propuesta neo liberal, o como se la llame, del macrismo. Así que lo comparto con Uds., espero que les sea útil.

Acá está la nota.

Una vez más – y como si fuera poco lo que padecemos – los empresarios Pymes y los trabajadores argentinos sufrimos una nueva agresión a nuestra posibilidad de supervivencia: el insólito tratado de Libre Comercio Comunidad Europea – Mercosur, negociado en el mayor de los secretos y sin la participación, no sólo de las Pymes y los trabajadores, sino de ninguna de las otras partes afectadas, entre ellas la Unión Industrial Argentina y otros sectores de la producción.

Durante el gobierno anterior, en mi carácter en ese momento de presidente de la Cámara que reúne a nivel nacional a los Proveedores del Estado (UAPE), participé de diversas reuniones en la Cancillería y en el Foro Consultivo Económico Social del Mercosur, donde las partes intervinientes, unas 50 instituciones (UIA, CAME; CAC; SRA, CGERA. APYME, UAPE; CGT, CTA, etc.), emitimos opiniones y recomendaciones sobre cada uno de los temas y para cada reunión).

La posición de la producción argentina siempre fue la misma, avanzar en el tratado, pero defendiendo las particularidades propias de las asimetrías existentes y fundamentalmente el trabajo argentino. Mientras cifras oficiales del Sistema Previsional argentino informan la reducción de 203.000 trabajadores en el último año y CAME destaca una caída superior al 12% en las ventas minoristas, o del 23% en los centros comerciales, el Observatorio Social de la UCA da cuenta de que la mitad de los chicos de nuestra Patria están por debajo de la línea de la pobreza.

Es fácil comprobar que esto significa no sólo la pérdida económica para nuestra gente, sino también, al carecer de la dignidad que otorga el trabajo, la de la posibilidad de participar en la transformación de la realidad para construir el bien común.

LA LIBRE NAVEGACION DE RIOS Y MARES

Ahora nos encontramos con que los europeos no han renunciado a ninguna de sus pretensiones ejercidas en muchos años de colonialismo abierto o encubierto. Europa anhela, como lo hizo en toda su historia, navegar libremente por nuestros ríos y mares. No podemos menos que recordar a nuestros 250 muertos en la batalla de la Vuelta de Obligado, para impedir el libre acceso de una poderosísima flota anglo-francesa. Todos escuchamos en la poesía de Miguel Brascó y Alberto Merlo aquello de los “20 buques de guerra”, pero lo importante eran los “90 buques mercantes” que los acompañaban (en realidad parece ser que eran 22 y 92 pero razones de rima obligaron al redondeo). Como dice la canción, y como siempre ha sucedido, los gringos no se la llevaron de arriba y a sus 26 muertos debieron agregar cuantiosas pérdidas materiales que les hicieron preferir sobornar a algunos funcionarios corruptos y vendepatrias antes que intentar otra costosa aventura militar. Igualmente grave es que los europeos exploten hasta el saqueo las riquezas de nuestros mares soberanos.

LA HISTORIA SIEMPRE ENSEÑA

Hoy escuchamos a funcionarios condenar a libro cerrado nuestra historia y en particular los últimos 80 años. Una simple cuenta nos lleva a comprobar que lo que se quiere destacar es lo anterior, es decir “la Década Infame”, aquel momento donde un “bon vivant”, hijo de un miembro de la oligarquía argentina, responsable del genocidio de los indios de la Patagonia, firmaba la entrega de nuestra soberanía, manifestando que constituíamos “la perla más preciada de la corona británica”, nos referimos a “Julito” Roca y al tristemente célebre “Pacto Roca – Ruciman”.

En este momento, mientras los europeos se reservan el “derecho” a imponer cupos o “garantías fitosanitarias” (las que usan como medidas paraarancelarias), podrán invadir nuestros mercados con graves consecuencias para la industria en general, tanto la metalúrgica, automotriz, del calzado, textil e inclusive la agroindustria (desde chocolates, hasta fideos, vinos, licores, artículos de confitería, etc.)

Por otra parte, son conocidos los convenios de factoría que las empresas europeas tienen en el sudeste asiático, por los cuales comercializan productos con etiqueta “Made in Europa” que han sido fabricados en mercados de trabajo semi esclavo.

Otro grave capítulo es el de las compras públicas, donde, si bien se argumenta que serán para operaciones superiores a un determinado monto, con la eliminación de los controles que ha realizado el actual gobierno, miles de productos importados se venden al Estado con el mero cambio de empaque. Esta “liberalización” incluye “bienes, servicios y obras”, con la liquidación entre otras de nuestras empresas informáticas y tecnológicas, desprotegidas por la extensión de las patentes por parte de los europeos, lo mismo que las cooperativas de la economía social o la obra pública (máxime luego de los golpes a las grandes empresas brasileras por el caso Odebrecht, o a las argentinas por el de las fotocopias de los cuadernos).

Es decir, el papel dinamizador y eventualmente contra cíclico que deben cumplir las compras gubernamentales desaparecerá para nuestro país. Otro grave aspecto es la pérdida del mercado brasilero, pues al entrar los productos europeos en competencia y sin protección para los nuestros, las exportaciones a Brasil, en particular las de autopartes, se reducirán a cero. Sin olvidar que no podremos usar 357 denominaciones, desde queso mozzarella, hasta las de los vinos, fiambres o licores.

Por último, envenenan el análisis las afirmaciones de dos lobistas de sí mismos. En primer lugar el señor (Anti)Cristiano Rattazzi, miembro de la familia Agnelli, a quien le da lo mismo fabricar automotores, armarlos o traerlos importados (en realidad prefiere esto último) o Grobocopatel, dueño del mayor monopolio exportador sojero, quien además de envenenar el medio ambiente de nuestro país, manifiesta alegremente que grandes sectores de la producción argentina deberán “desaparecer”, claro junto con sus trabajadores, como parte de la política de descarte que denuncia el papa Francisco.

En definitiva, en un mundo donde las principales potencias económicas del planeta (EE.UU. China, Europa, Rusia, etc.), aplican cada vez más políticas ultra proteccionistas, donde la guerra entre China y los EE.UU. se centra en el control de las patentes y la tecnología y donde se discute, no ya la soberanía de los mares sino de los espacios aéreos y extraterrestres, nuestro país entrega todo gentilmente, en lo que parecería ser una liquidación de “fin de temporada”. Vivimos tiempos de brutal concentración de las riquezas, con una creciente exclusión, un irracional endeudamiento público sin ninguna contrapartida, donde el bien común se subordina a las denominadas leyes del mercado, que no son más que liberar los aspectos depredadores y especulativos de la actividad financiera, como lo destaca el papa Francisco. Los argentinos aspiramos a que el sector financiero canalice nuestro ahorro hacia la producción, valoramos el aporte del sector agropecuario, el comercio y los servicios, en la seguridad de que junto con los industriales, en particular las Pymes con nuestros trabajadores, científicos e investigadores, debemos ponernos en estado de alerta frente a esta nueva pretensión de descartar a nuestra gente y a nuestra nación toda, al tiempo que aspiramos a una Patria que nos contenga a todos para vivir con Justicia y en Paz.

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