Me pareció que vale la pena leer esta nota, y sobre todo, pensar en cuánto puede atañernos a cada uno de nosotros.

No resignarse a ser convidados de piedra en la democracia

Norma Morandini

PARA LA NACION

https://www.lanacion.com.ar/opinion/no-resignarse-a-ser-convidados-de-piedra-en-la-democracia-nid2251393

Compartir25 de mayo de 2019 

Quien reviste la lucidez reviste la tristeza, es la cita de San Agustín con la que Ikram Antaki inicia su Manual del ciudadano contemporáneo, que releo por estos días y parece escrito para este tiempo, en el que estamos en la “indigencia del pensamiento”. Antaki es una prolífica pensadora que nació en Siria, pero hizo su “experiencia de madurez” en México y veinte años atrás escribió aquel libro para ayudar a construir el sueño de la democracia, esa “hija de la madre República”. Un texto que parece escrito para la Argentina de hoy, parada no tan solo sobre el marginalismo social, sino, también, sobre los “suburbios del pensamiento”.

Si, como escribe la autora, la democracia es la mejor escuela para aprender el arte de la argumentación, entristece constatar la pobreza de nuestras explicaciones. “Es la política”, se escucha por doquier, como si la mentira y la impostura fueran inherentes a la política y no su caricatura, en un país en el que la política nació muerta, asesinada por los cadáveres de la violencia política y el terrorismo de Estado. Tal como lo advirtió Hannah Arendt, cuando se gobierna sobre los cadáveres no existen las categorías políticas. Los argentinos recuperamos la rutina electoral, pero estamos lejos de haber rehabilitado la política sin que se interpreten como virtudes la astucia, los golpes de efecto, la sorpresa, la centralidad, palabras y acciones que por sí solas desnudan esa miseria del pensamiento. Nos avergüenza hablar de valores, solo mencionamos personas, sobreabundan los adjetivos, especialmente los que descalifican y degradan, escasean los sustantivos. Los hechos no importan. Las fábulas nos entretienen. El campo orégano del totalitarismo porque, como también señala Arendt, el sujeto ideal del reino totalitario es el hombre para quien la distinción entre realidad y ficción, entre lo verdadero y lo falso, no existe.

Como me habitué a ser descalificada por “principista” o ” outsider” de la política, aprendí, también, que para enmendar el descrédito con el que carga la política no alcanza con la incorporación de personas con prestigio ganado en otras actividades si se mantiene la misma cultura de poder, sin que nadie se sonroje por decir hoy una cosa y mañana desdecirse con la opuesta. No alcanza con formular los problemas para resolverlos, menos aún, reducir su complejidad a la consigna electoral.

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