Esta mañana (8/8/2019) encontré esta nota en Diario Los Andes:

Donald Trump y el fantasma de George Wallace – Por Gonzalo Fiore Viani

https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=donald-trump-y-el-fantasma-de-george-wallace-por-gonzalo-fiore-viani

Como explica el autor, poco nos dice a nosotros, que no somos norteamericanos, la figura de George Wallace, pero cuando leí su historia, sentí casi asombro al descubrir cómo es un supremacista blanco, que pudo llegar a ser Presidente de los EEUU. De algún modo, ese ejemplo ayuda a entender cómo lo logró Trump y por qué se producen matanzas como las de El Paso, contra latinos (esto es lo mismo que sucedió con los afroamericanos). Dice la nota:

“Hoy, son los inmigrantes, los latinos, las mujeres, y al igual que en la década de los sesenta, los liberales.

Los jóvenes universitarios de las grandes capitales, las elites financieras y todo lo que huela un poco a cosmopolitismo son blancos de ataques fáciles desde las voces oficialistas.”

Hace un tiempo vi una película norteamericana que se desarrollaba en un pueblito blanco del Far West. En algún momento, una niñita dice sobre otra habitante: -Es demócrata, los tenemos anotados a todos.

Me quedó grabada la frase. Es ese sector, “las clases trabajadoras mayoritariamente blancas del interior profundo de los Estados Unidos.”, el que le permitió a Trump ser Presidente, y, tal vez, ser reelecto.

Cuando les dice a cuatro diputadas demócratas de ascendencia latina que “vuelvan a sus países”, no se encuentra tan lejos como parece de pedir “segregación mañana y segregación por siempre”, como pidió Wallace, así que está apelando a una grieta antigua e injusta, además de tener que ver con diferentes modelos de país, en lo político y económico.

Estas y otras visualizaciones de la grieta, como la que encontramos en Argentina, nos hacen sentir que nuestros países están retrocediendo como civilización. Paradójicamente, cuando hay mayores avances en los Derechos Humanos, una buena parte de nuestra clase media urbana se ha primitivizado, ya que rechaza a los originarios de otros países latinoamericanos, admite ser parte de una sociedad consumista que compra productos innecesarios y lujosos, anunciados en inglés, mientras hay miles de niños que no pueden tomar leche, se va a vivir a barrios cerrados, y otras muestras de haber retrocedido en la comprensión de la vida en una comunidad más equitativa.

Ahora bien, ¿hacia ahí va la humanidad? Los resurgimientos de grupos y partidos neofascistas y xenófobos, pareciera confirmarlo, pero me permito plantear alguna discrepancia.

“Cualesquiera que sean los cambios que nos aguardan en el futuro, es probable que impliquen una lucha fraterna en el seno de una única civilización en lugar de una confrontación entre civilizaciones extrañas. Los grandes desafíos del siglo XXI serán de naturaleza global. ¿Qué ocurrirá cuando el cambio climático desencadene catástrofes ecológicas? ¿Qué ocurrirá cuando los ordenadores superen a s humanos cada vez en más tareas y los sustituyan en un número creciente de empleos? ¿Qué ocurrirá cuando la biotecnología nos permita mejorar a los humanos y alargar la duración de la vida? Sin duda, tendremos grandes debates y amargos conflictos sobre estas cuestiones. Pero es improbable que dichos debates y conflictos nos aíslen a unos de otros. Justo lo contrario. Nos harán todavía más interdependientes. Aunque la humanidad está muy lejos de constituir una comunidad armoniosa, todos somos miembros de una única y revoltosa civilización global.” (Harari, Yuval; 21 lecciones para el siglo XXI, p. 131)

El actual modelo neoliberal de concentración económica, con su secuela de estrategias ilícitas, tanto políticas como jurídicas, tampoco garantizan una estabilidad en la sociedad futura que permita pensar en que este reverdecer segregacionista se consolide y se establezca como modus vivendi social.

Además, se están acumulando tensiones que, cuando se desate alguna o algunas de las crisis que preanuncia Harari, pueden estallar, y es imprevisible el tamaño de estas explosiones. Pensemos en Europa, en los chalecos amarillos, en la avalancha inmigratoria que hace que en Italia se vean menos italianos que originarios de África y Próximo Oriente, y todas las asimetrías y exclusiones que tensan el mundo.

El autor de la nota termina diciendo: “De todas maneras, lo que realmente debe ser el foco de atención es por qué un discurso prácticamente calcado al de George Wallace tiene más éxito electoral en 2019 que en las décadas de los sesenta y setenta.”

Creo que la historia tiene la respuesta: pensemos en las enormes transformaciones que se han producido en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, y veremos que son mundos muy distintos desde la Guerra Fría hasta hoy.

Por lo demás, en EEUU los Demócratas no consiguieron consolidar la economía interna de una manera que los pusiera a salvo de avances como estos, desde una concepción Tea Party Movement, que siempre estuvo en contra de los avances en los DDHH.

Más allá de la dificultad de predecir el futuro de la humanidad en momentos en que todo bulle y no sabemos qué puede pasar mañana (no es menor un Presidente tan elemental y violento como Trump), creo que pensar que el avance segregacionista (en EEUU y en otros países, el nuestro incluido) es imparable y definitivo, es aventurado, entre otras cosas, porque muchos/as, entre los que me incluyo, aspiran a una sociedad heterogénea e integrada.

Es más, la única chance que tiene América Latina de poder garantizar una vida digna a los que vivimos en ella, es una integración continental de los países que la forman.

Por eso, debemos hacer todo lo posible, desde los hechos y las ideas, para rechazar ese tipo de políticas, y apostar por una convivencia positiva, que supere las dificultades que afrontamos, y nos permita construir una sociedad justa, libre y soberana.

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