HAY UN NIÑO EN LA CALLE…, Y MUCHOS/AS LO ODIAN

by | Nov 22, 2019 | Temas políticos | 0 comments

 

Esta mañana puse algo de la música que tengo en mp3 y sonó un tema que he escuchado muchísimas veces: la versión de Hay un niño en la calle de Armando Tejada Gómez de la Negra Sosa y René Pérez (Calle 13). Para mí es un tema de culto por el contenido, los cantantes, la música, todo…, y volví a escucharlo con la misma emoción y sentimientos de siempre.

Un rato después abro el Diario Los Andes y me encuentro con esta Nota de Opinión de José Niemetz, el alvearense autor de Tú eres para mí, la novela que recibió el Premio que se menciona, y quedó claro lo que tenía que publicar en este blog.

Queda para otra entrada el tema de cómo un sector de nuestra clase media urbana (en el que incluyo, con mucho dolor, amigos/as, parientes, gente relevante) ha llegado a ese nivel de odio por los pobres, niños/as incluidos.

Creo que no es menor el peso de las redes sociales en el desarrollo de este relato que desprecia y descalifica a los frutos inculpables de los procesos de exclusión que se originaron el en siglo XX. En ese ámbito aparecen personajes con mensajes indignos de la condición humana, mucho menos de los espacios religiosos en los que se inscriben muchos/as. Por supuesto, destaco los mensajes que han surgido sobre las comunidades aborígenes, desde antes de los hechos actuales de Bolivia. Son vergonzosos, más en una clase media que uno conoció distinta. Nací en Las Heras, y mis vecinos y amigos eran humildes, o apenas clase media sin auto, televisor ni celular.

¿Para eso mejoramos nuestro nivel adquisitivo?

ESPERO QUE LOS JÓVENES, SOBRE TODO LAS MUJERES, QUE HAN DEMOSTRADO QUE QUIEREN UNA SOCIEDAD DISTINTA, AVANCEN EN LA CONSTRUCCIÓN DE ÁMBITOS SOCIALES FRATERNOS, CON UNA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES, COMO LO PIDIERON LOS DOCUMENTOS DE PUEBLA Y MEDELLÍN.

 

Brian Gallo (o la banalidad del mal)

Por José Niemtez – Escritor. Premio Novela Clarín 2018

https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=brian-gallo-o-la-banalidad-del-mal-por-jose-niemtez

 

“No hay pensamientos peligrosos; el pensamiento es lo peligroso” (Hanna Arendt)

Afirmemos esto como para iniciar la nota: quien publicó en las redes la foto de Brian Gallo con su gorra volteada y su equipo de gimnasia, no está loco ni es un perverso, ni un monstruo, ni siquiera es (necesariamente) una “mala” persona. Afirmo esto no sólo sobre quien realizó esa publicación espantosamente racista sino, además, sobre los cientos y cientos que la replicaron acordando en su contenido. Uno de ellos (una tal ‘Pilistar’) escribió: “Como con la pala no hay caso, los pibes chimbas nos curran con las elecciones”.  Miré el perfil de esta persona “Pilistar” y me encontré con una activa militancia pañuelo celeste, “pro-vida”, las “dos vidas”, contra extranjeros en hospitales y universidades argentinas y, claro, contra los “villeros”. Vi que el tópico de la “pala” destinada a los pobres (no a los como ella) se repetía en varias publicaciones. Vi la calificación “choriplaneros”, “negros de mierda”, para designar a quienes festejaban el día de las elecciones. En síntesis: vi odio. Vi odio militante. El odio digital con el que cotidianamente convivimos en las redes y que proyecta al odio que se esconde en las calles.

Pilistar y cientos y cientos de twitteros, se encuentran auténtica y legítimamente preocupados por su seguridad y la de sus bienes. Con esmero didáctico nos han enseñado a identificar en los pibes de gorra y equipos de gimnasia al “otro”, al enemigo, al peligroso, al que se encuentra agazapado al acecho de nuestra vida y de nuestros bienes.

¿Cómo ha sido que hemos llegado a priorizar este concepto tan superficial de seguridad frente al (por ejemplo) empresario que lava dinero y lo coloca en un paraíso fiscal? O el que adultera los productos que fabrica. O el que tiene trabajadores precarizados. Como si el pibe con la gorra volteada que amenaza a nuestro celular nos provocara más daño que el político y el empresario que negocian una coima. 

Hanna Arendt acuñó en 1961 la expresión “banalidad del mal”, tras asistir al juicio a Adolf Eichmann, el arquitecto del holocausto que exterminó a millones de seres humanos. Contra quienes esperaban una especie de monstruo hollywoodense, un psicópata feroz, una especie de “Guasón” pintarrajeado vociferando carcajadas y espantando a sus interlocutores, en el proceso se presentó un “señor simple, humilde, casi normal”, dice Arendt. Eichmann podría ser el vecino o el tío de cualquiera de los ahí presentes. Y precisamente esto, el hecho de que el mal puede estar en cualquiera de nosotros, es lo que hizo del trabajo de Arendt algo tan perturbador y polémico.

Individuos que se acogen perfectamente a las reglas, que obedecen ciegamente las instrucciones que reciben y que, fundamentalmente, no reflexionan sobre el bien y el mal. Siniestros burócratas. Diría marionetas, pero de las peores: de las que ignoran la existencia de los hilos que las conducen.

¿Será exagerado de mi parte relacionar la figura del que publicó la imagen de Brian con la de Eichmann? ¿Por qué? ¿Dónde empieza el mal? ¿Acaso precisamos de un Auschwitz para comenzar a hablar del mal?

Ciertamente cuando leí la consigna del presidente electo en Twitter, proclamando que “todos somos Brian”, se me ocurrió preguntarme si en realidad no seremos todos mucho más Eichmann que Brian.

La construcción de un otro que me amenaza, un otro al que debo temer, del que debo cuidarme, parece estar en la raíz de cuanto sistema social ha construido el ser humano. Una Argentina blanca, rubia, burguesa, heterosexual, instituye su estereotipo de lo que es el bien, y lo que es el mal; lo que es una familia, lo que es normal y, claro, de lo que corresponde como “autoridad de mesa”.

¿Desde qué moral Eduardo Bolsonaro (el hijo del presidente brasileño) se burla de Estanislao, el hijo de Alberto Fernández? ¿Cómo una psiquis llega a construir la convicción de ser superior por el básico hecho de portar una ametralladora? ¿Cómo será ese misterioso camino a través del cual un supuesto hombre duro que esconde tras un arma una sexualidad endeble, se burla de quien hace de su propia identidad un motivo de orgullo?

¿Esperaremos a que Sprite haga un conmovedor y lacrimógeno comercial sobre los “pibes de gorra” para experimentar algo de empatía hacia ellos? ¿A ese punto absurdo habrán llegado nuestras demandas educativas?

La reina mala de Blancanieves tenía la sana costumbre de hablar con el espejo… con el espejo que le respondía lo que ella deseaba escuchar. Si por algún desperfecto técnico el espejo llegaba a responder que “otra era la más bella del reino”, corría el riesgo de estallar en añicos contra el piso. Tal vez haya sido con Sarmiento con quien aprendimos a mirarnos en un espejo al que interrogábamos, en francés o en inglés, sobre si somos los más bellos del planeta. El otro espejo de nuestra identidad, el que nos devuelve la imagen de Brian (y la de todos los “bárbaros” que obstinadamente andan metiendo las patas en la fuente de la civilización), parece funcionar como un perfecto artefacto donde proyectar la violencia de vastos sectores de nuestra sociedad.

Hay que decir de una buena vez que esa categoría teórica (bastante etérea, por cierto) a la que se ha bautizado como “grieta” (y que recién ahora, como aparece en los medios, muchos han descubierto), proviene desde el fondo de nuestra historia y la hemos aprendido y practicado meticulosamente en la Argentina. Hemos sido excelentes alumnos de una auténtica pedagogía del odio. Es por ello que me pregunto, en el ficcional caso de que superemos nuestro odio hacia los pibes de gorra… ¿dónde pondremos tanto odio como el que hemos aprendido?

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ADOLFO ARIZA

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