Hemos escuchado tanto sobre el asesinato de los rugbiers en Villa Gesell, que no tenía la menor intención de publicar algo sobre este tema, pero esta nota de Infocielo me pareció útil, sobre todo porque podría servir para tomar conciencia de que toda esa parafernalia desatada no va cambiar nada de las vidas arruinadas y de la muerte de un joven con todo por hacer.

DESPERTEMOS ANTES, HAGAMOS LO QUE HAY QUE HACER EN EL ÁMBITO QUE PODAMOS, Y EMPECEMOS AHORA.


El tardío despertar social frente al consumo de alcohol adolescente

Por: Esteban Wood

05 de febrero de 2020 · 14:39 hs.

https://infocielo.com/nota/114778/el-tardio-despertar-social-frente-al-consumo-de-alcohol-adolescente/?fbclid=IwAR2EdKqe6jPcyxzkwFZjLMZqdKfzXWmjYI_ooZjHtywf-O2nXFZlY4ZsfEM

El asesinato de Fernando, a manos de un grupo de rugbiers, en plena noche gesellina, abrió el debate sobre el consumo de alcohol. El Estado debe intervenir antes de que el valor noticia del acontecimiento periodístico se apague.

Como si hubiesen abierto la caja de Pandora, de repente la sociedad se vio sacudida y consternada por el asesinato de un joven en Villa Gesell, alcohol y violencia de por medio. Como si todos hubieran despertado de un extenso letargo, de pronto el estado de abulia y apatía social frente a los excesos (y soledades) adolescentes permutó en preocupación. Se viralizaron cartas testimoniales que reflejan todo lo que viene sucediendo en la costa atlántica en cada temporada veraniega. Aparecieron videos de lluvias de botellas de vidrio en una playa, demostración inequívoca de que la percepción general del riesgo está absolutamente difuminada y de que la cultura de la auto-destrucción está afincada entre los jóvenes. Se corrió un velo, salió a la luz el problema.

Entonces muchos tomaron dimensión de que nuestros chicos beben desde edades tempranas (el promedio de iniciación se da a los 13 años, pero ya se detectan casos por debajo de los 10), que las familias están cada vez más ausentes, que hay comerciantes que les venden alcohol a los menores y empresarios de la noche que los dejan entrar a los boliches pese a que existen normas que lo prohíben tajantemente, y que nadie se anima a ponerle el cascabel al gato de la publicidad irrestricta de bebidas alcohólicas en los medios masivos de comunicación.

Los ciclos de las políticas públicas sobre drogas en Argentina pueden graficarse como un sistema ondulante de picos, pozos y mesetas, con pendientes pronunciadas de contemplación ante fenómenos existentes, con períodos de inacción, y con respuestas tardías ante el acontecer periodístico y la demanda de la sociedad. Como decía el semiólogo Eliseo Verón, el acontecimiento se construye, la actualidad es una fabricación, los medios producen realidad social.  Es lamentable que las intervenciones preventivas ante las problemáticas del uso indebido de sustancias psicoactivas sigan las lógicas mediáticas y se rijan por patrones reactivos, nunca proactivos, nunca procesos en el tiempo a pesar de tener hace años datos e indicadores para validar empíricamente el diseño de dichas intervenciones.

Vale el ejemplo. Allá por el año 2005, desde la extinta (pero tan necesaria) Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico lanzábamos dos advertencias. La primera tenía que ver con los hábitos de uso de alcohol entre adolescentes, sobre las “previas”, y cómo el hogar se había convertido en lugar de inicio en el consumo ante la anuencia paterna. La segunda refería una tendencia internacional sobre el mercado de drogas, al incipiente viraje de lo vegetal al laboratorio, y a la necesidad de prepararnos para la irrupción de las sustancias de síntesis.

En abril del 2016, cinco personas murieron intoxicadas en la fiesta electrónica Time Warp realizada en Costa Salguero. El fenómeno de las drogas sintéticas ocupó las tapas de todos los diarios y colonizó integralmente la agenda periodística por espacio de días. La sociedad reclamó respuestas gubernamentales y el Estado reaccionó, tardíamente. Ahora sucede exactamente lo mismo. Una muerte, un sismo mediático, y la consternación de una sociedad que se sacude la quietud contemplativa frente al uso y abuso de alcohol entre los adolescentes.

En este sentido, las estadísticas oficiales son irrefutables: la estimación de muertes causadas por agresiones y relacionadas al consumo de drogas son más frecuentes en la población comprendida entre los 20 y 30 años, y la mayor proporción se da con el alcohol. Pero no nos quedemos sólo en una cuestión de violencia, ni debatamos si el rugby es el problema. ¿Intoxicaciones? ¿Siniestros viales? ¿Cáncer y otras enfermedades no transmisibles? ¿Conductas sexuales de riesgo? ¿Bajo rendimiento escolar y deserción? ¿Síndrome de alcohol fetal? ¿Policonsumos? Es siempre el alcohol. Siempre.

Nada más puedo aportar en estas líneas a lo fue debidamente advertido cada vez que el alcohol fue tema central de este espacio de opinión. No existe jactancia ni vanagloriamiento alguno en decirlo. Pero antes de que el valor noticia del acontecimiento periodístico se apague, y la abulia nos tuerza nuevamente el brazo, bienvenido sea el llamado a la acción para que el Estado intervenga activamente, los padres se involucren en la crianza de sus hijos, y nuestros pibes dejen de sentirse tan pero tan solitarios.

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