QUITEMOS LA MÁSCARA DEL CORONAVIRUS, Y VEAMOS LA REALIDAD, NO LA MATRIX

QUITEMOS LA MÁSCARA DEL CORONAVIRUS, Y VEAMOS LA REALIDAD, NO LA MATRIX

No tenía pensado –ante el exceso informativo reinante- escribir nada sobre el coronavirus.

Tengo muchas dudas sobre el tema. Por ejemplo, estoy leyendo una nota que concluye así, hablando del coronavirus: “El coronavirus no es el fin del mundo ni nada que se le parezca, es una enfermedad normal, como tantas y con poca mortandad, pero la manipulación mediática interesada puede llevarnos a una crisis de consecuencias devastadoras.” (PEDRO LUIS ANGOSTO, 26/02/20, https://www.nuevatribuna.es/opinion/pedro-luis-angosto/coronavirus-sociedad-mentira-global/20200226141141171510.html).

Por lo tanto, prefiero juntar testimonios y aportes con un grado razonable de fehaciencia y objetividad. En esa postura, encontré esta nota del New York Times, que me parece un buen aporte para reflexionar y entender lo que pasa, lo que me parece esencial en estas épocas en que la (o las) Matrix se han vuelto cada vez más complejas. Muchos/as (y Argentina no es una excepción, para nada) viven en esta nueva caverna platónica en la que las sombras que vemos son las que nos proporcionan los medios de comunicación, los relatores oficiales y las redes sociales.

Es la paradoja de que en el momento en que la sociedad del conocimiento nos pone a nuestro alcance la mayor cantidad de información de la historia del hombre, estamos volviendo a las conductas y modos de vida del hombre de las cavernas. Nuestro cerebro más primitivo es el que gobierna nuestros actos, como lo vemos a diario, tanto a nivel individual como social.

El virus detrás de las epidemias se llama racismo

El coronavirus y otras amenazas sanitarias pueden derrotarse, pero la solidaridad, tan poco de moda, debe enfrentarse a un virus más insidioso: la mezcla de miedo y racismo.

Por Agus Morales

20 de febrero de 2020

BARCELONA — La amenaza del coronavirus es real. Hay más de 75.000 casos y 2.127 muertos y las cifras aumentan cada día. El brote ha llegado a dos decenas de países, se han construido hospitales enormes en China para aislar pacientes y hay ciudades enteras, con millones de residentes, en cuarentena. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró una emergencia global de salud y la comunidad científica discute sobre si se convertirá en una pandemia.

Pero esta emergencia sanitaria ha revelado un aspecto aún más tóxico que se manifiesta y propaga con cualquier tipo de tragedia: el racismo, la convicción de que todo lo que no sea blanco y occidental origina los males del planeta.

En los primeros días del brote, el vídeo de una mujer que come una sopa de murciélago corrió como la pólvora en internet y desató una reacción xenófoba que vio allí la génesis de la enfermedad. Habría que detenerse en los datos: el vídeo no estaba grabado en la ciudad china de Wuhan —el epicentro de la nueva cepa de coronavirus llamada COVID-19—, sino en Palaos (Micronesia) en 2016. Verso y reverso: las redes sociales son espacio de resistencia, con etiquetas como #JeNeSuisPasUnVirus o #YoNoSoyUnVirus y protestas antirracistas, pero también pueden ser el lubricante perfecto para los bulos tanto en países de Asia —con Indonesia a la cabeza— como en Occidente, donde el racismo se extiende a toda persona que pueda relacionarse con Asia.

Las ideologías racistas explotan el miedo: ninguno tan atávico como el biológico. En el rastreo del origen de una epidemia hay un deber científico, pero cuando desde el sofá lo asumimos como un deber ciudadano y buscamos la semilla de la tragedia, el principio de todo, empiezan el morbo y la cacería cultural. En el imaginario colectivo racista, el coronavirus se sincroniza con los hábitos alimenticios y costumbres de higiene en China, igual que el ébola que asoló África Occidental entre 2014 y 2016 se interpreta como una emanación mágica de la pobreza y de las tradiciones africanas.

Para los países fuera de Occidente, hay condenas míticas: castigos a civilizaciones enteras, a culturas que han pecado, a personas que están fuera de lo normativo. Lo normativo suele ser, claro, lo occidental.

Las epidemias no son solo casos de infectados y muertos, tratamientos y vacunas: son comunidades rotas por el estigma, sistemas de salud desbordados y la comprobación, bochornosa en el caso del ébola, de que los países ricos preferían la ilusión aislacionista —si el virus no llega aquí, no existe— a la eficiencia de la cooperación.

La peste de Albert Camus, un libro necesario para los tiempos que corren, ofrece soluciones. El doctor Bernard Rieux, protagonista de la novela, lucha por la vida en Orán, una ciudad argelina infestada por una plaga. El médico tiene una misión moral: hacer su trabajo de forma abnegada y llamar a las autoridades a la acción. Las epidemias plantean un dilema: ayudar al otro —que mañana podría ser yo— o construir un muro. Los virus, tan modernos y tan antiguos, penetran de forma indiscriminada en nuestros organismos, sin atender a género, origen o clase social. Nos recuerdan que estamos conectados, que el egoísmo y el prejuicio son una condena y que la solidaridad es un antídoto necesario.

Camus (o Rieux) quería decir “algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. Ese lado luminoso puede ser hoy la cooperación internacional y no las restricciones viajeras —cuya eficacia no está comprobada, como lo prueba el caso de un británico que contagió el virus a varias personas en los Alpes sin haber pisado China— o la rienda suelta a prejuicios racistas.

Por eso el coronavirus importa. En la era de la mentira viral, la polarización y la fragilidad de las razones argumentadas, es necesario derribar muros reales, como el racismo, y simbólicos, como la ilusión de que aislarse es la única vía hacia la salvación.

Como periodista que escribe sobre migraciones, he presenciado la construcción de muros físicos e ideológicos contra personas que huyen: el mar y el desprecio europeo en el Mediterráneo, la violencia en tránsito de los centroamericanos que cruzan México para intentar llegar a Estados Unidos, los subsaharianos deportados de forma masiva en Argelia. Personas a menudo usadas como arma política de regímenes autoritarios de medio mundo, de grandes potencias y de países ricos. El racismo hace tiempo que gana la guerra cultural a la solidaridad.

La lucha contra las epidemias exige sistemas de salud públicos fuertes y una acción internacional menos hipnotizada por los miedos atávicos y más guiada por la colaboración política y la razón científica. Liquidar una epidemia requiere un pacto solidario global, como el que propuso con sus acciones el doctor Rieux en La peste de Camus.

Agus Morales (@agusmoralespuga) es periodista, director de Revista 5W y autor del libro No somos refugiados.

LIDERAZGO Y PROYECTO POLÍTICO

LIDERAZGO Y PROYECTO POLÍTICO

Esta nota de El Ancasti me sirve como contexto para analizar un tema que ha tenido –y tiene- mucho que ver con la política en América del Sur (me limito a este ámbito solo por interés, aunque podría aplicarse a otros).

La nota hace un análisis bastante elemental y desde una visión anti populista, en el sentido que los poderes centrales han utilizado desde hace un tiempo para descalificar a los Gobiernos de base popular y nacional.

Por supuesto, es real que la concentración de poder político en un dirigente, sin renovación y sin participación de los militantes, es negativa y afecta al desarrollo político de un país y a la región. Sin embargo, establecer una relación directa entre este problema y el subdesarrollo no tiene justificación racional, salvo desde el prejuicio ideológico que señalo más arriba.

Pero el problema es más profundo, y tiene que ver con la naturaleza de la política: esta tiene que ver con la felicidad y la realización de los pueblos, y debe concretarse desde un proyecto político de esos mismos pueblos. Lo dijo Perón: “Mi único heredero es el pueblo”, aunque no pudo en vida consolidar un proyecto político que posibilitara un desarrollo que nos pusiera a salvo de los cíclicos vaivenes que hemos vivido, como nos sucede ahora mismo. No sabemos qué hubiera pasado si los militares no hubieran interrumpido la democracia tantas veces desde 1930 en adelante, pero seguramente los países de América del Sur y sus dirigentes hubieran tenido mejores posibilidades de éxito.

Por eso, antes de comentar el tema del liderazgo, quiero declarar terminantemente que esta “debilidad de las instituciones de la democracia”, como descalifica la nota, tiene un factor causal determinante que es el de las interrupciones de los procesos democráticos en América Latina por gobiernos de facto encabezados por militares y civiles, como estamos viendo en Bolivia en un triste reverdecer de viejas prácticas contra los Gobiernos que buscan concretar países más justos y equitativos.

Pero también es real que esos avances anti democráticos aprovechan debilidades de los proyectos de base popular y nacional, como fracasos de planes económicos. Estos muchas veces han sido provocados o agudizados por aquellos poderes centrales y grupos económicos concentrados que actúan conjuntamente, con acciones de lockout empresario o, directamente, con bloqueos económicos salvajes, como en Cuba o Venezuela.

Por lo tanto, es clave consolidar los proyectos políticos con más y mejor política: estamos hablando de participación y organización social, en un país mejor que ponga en marcha estrategias y políticas de Estado eficientes. Para esto hay que abrir el juego: no sirven los grupos reducidos de Gobierno: la gente tiene que participar válidamente, no siendo invitados para leerles conclusiones ya elaboradas, como aplaudidores, sino para aportar y ser parte del proyecto.

Veamos los ejemplos de Ecuador y Bolivia: en ambos casos fueron Gobiernos valorados por sus sociedades, pero que fracasaron al tener que pasar el mando a otros dirigentes. Tanto Evo como Correa no pudieron –o no supieron- encontrar sucesores que le dieran continuidad al proyecto político. Lenin Moreno en Ecuador traicionó la propuesta volcándose a un modelo neoliberal. Evo quiso perpetuarse, pero les dio la oportunidad a los grupos de derecha que estaban esperando el momento para recuperar el poder.

“La organización vence al tiempo”, decía Perón, y esa definición sigue teniendo total validez.

Lamentablemente, ese combo de debilidad política y acciones organizadas de EEUU y poderes económicos concentrados (recordemos el papel de los medios de comunicación como Clarín y O Globo o las tramoyas de law fare que hemos vivido) consiguió que Gobiernos como el de Correa, Evo Morales y Lula fueran reemplazados por Lenin Moreno, Añez y Bolsonaro.

No quiero hacer el planteo simplista de que basta con organización y participación popular para que los proyectos políticos se mantengan y triunfen, porque la política de un país es más compleja, pero, con certeza, afirmo que son imprescindibles para que los países de América del Sur podamos desarrollar un proyecto continental como el que nos permitiría defender nuestros intereses, historia y modo de vida.

Liderazgos personalistas y subdesarrollo

domingo, 23 de febrero de 2020

https://www.elancasti.com.ar/opinion/2020/2/23/liderazgos-personalista-subdesarrollo-427197.html

Los liderazgos personalistas, tan propios en la política argentina y por lo general de la política de los países de Latinoamérica, deberían ser caracterizados como la evidencia de una debilidad de las instituciones de la democracia. Incluso como un rasgo que delata subdesarrollo.

Lo importante en política no deberían ser tanto los hombres y mujeres que se postulan para ejercer cargos públicos a través de las estructuras políticas, sino las ideas que sustentan el funcionamiento de los partidos que compiten electoralmente.

Por cierto, siempre es necesario que haya liderazgos, hombres y mujeres que tengan una ascendencia mayor que el resto de los dirigentes, que señalen el camino a seguir y que sean referentes del resto de los militantes, adherentes y simpatizantes de sus fuerzas políticas. Pero un líder no puede convertirse en imprescindible, porque desnaturaliza el espíritu de la democracia y más temprano que tarde termina condicionando, y debilitando el contenido ideológico del partido que encabeza.

El peronismo ha tenido desde su aparición en la vida política argentina fuertes liderazgos personalistas que han provocado, a través de las distintas etapas de la historia argentina de los últimos 70 años, notorias dificultades para generar los reemplazos necesarios.

Un líder político no puede convertirse en imprescindible porque desnaturaliza el espíritu de la democracia.

Hoy, el debate sobre la necesidad de renovar o replantear el liderazgo se da en la oposición nacional, potenciada por el regreso a la actividad política de Mauricio Macri. El radicalismo, que fue clave para los triunfos electorales de Cambiemos en 2015 y 2017, paradójicamente tuvo un papel insignificante durante el Gobierno finalizado el 10 de diciembre pasado. Y por esa razón, luego de la derrota electoral, aunque por el momento no peligra la continuidad de la alianza con el Pro, no está dispuesto a aceptar que el expresidente tenga un rol preponderante.

Alfredo Cornejo, presidente de la UCR, ya lo anticipó con claridad: “No va a haber un líder único” de la oposición, dijo, agregó que Macri cometió un “abuso” del “empoderamiento” que le dio el radicalismo y remató sosteniendo que “no puede y no va a haber un líder único de la oposición y no lo ha habido desde la muerte de Raúl Alfonsín”.

El primer paso para empezar a resolver los problemas que generan los personalismos en política es un reconocimiento de la necesidad de que no haya liderazgos únicos, absolutos, que hegemonicen las decisiones y, de ese modo, empobrezcan el resultado de las políticas que resulten de esas disposiciones tomadas en soledad o, a lo sumo, en el contexto mezquino de una “mesa chica” de dirigentes.

No es solo un problema de la dirigencia, sino en general de la sociedad, que no solo tolera, sino que además alienta las conducciones políticas personalistas.

Es, en definitiva, un problema cultural que solo se resuelve con más democracia y construcción de ciudadanía: mayor apertura de los partidos políticos, aceptación de las voces críticas, generación de espacios de discusión donde todas las opiniones sean respetadas, creación de estructuras participativas en las tomas de decisiones, y educación para la democracia en las escuelas.

PARA ENTENDER BIEN EL TEMA QUE VA A MARCAR EL FUTURO DE LOS ARGENTINOS: EL FMI

PARA ENTENDER BIEN EL TEMA QUE VA A MARCAR EL FUTURO DE LOS ARGENTINOS: EL FMI

PARA ENTENDER BIEN EL TEMA QUE VA A MARCAR EL FUTURO DE LOS ARGENTINOS: EL FMI

 

Una pregunta provocativa: ¿A quién realmente prestó el FMI? – Por J. Peter Meuli

 

Por J. Peter Meuli – Consultor, Economista y MBA de la Escuela de Negocios de la Columbia University, New York.

https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=una-pregunta-provocativa-a-quien-realmente-presto-el-fmi-por-j-peter-meuli

 

La idea de crear el Fondo Monetario Internacional nace en una reunión de las Naciones Unidas en 1944 en Bretton Woods (USA). Los representantes de 44 gobiernos aliados de la Segunda Guerra Mundial acordaron establecer un marco de cooperación económica con el fin de evitar que se repitieran los círculos viciosos de devaluaciones, que ayudaron a provocar la Gran Depresión de los años treinta. El FMI empezó sus actividades operativas en marzo de 1947 con el principal objetivo de asegurar la estabilidad monetaria internacional.

Este sistema, de acuerdo con los fundadores, fue considerado esencial para el fomento de un crecimiento económico sostenible, mejorar los niveles de vida y reducir los índices de pobreza.

Hoy, 187 países son miembros del Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, en las últimas dos décadas, la institución ha sido fuertemente criticada, sobre todo por el rol cada vez más dominante de los países desarrollados dentro de la organización y por su filosofía de capitalismo neoliberal.

Y ahora la pregunta: ¿cuál ha sido el verdadero destino de los 44,3 mil millones de dólares del préstamo, desembolsados en 2019, y con qué fin?

Una casi inimaginable, inmensa suma que ahora figura en los libros contables de nuestra patria como “deuda externa”.

¿Se trata realmente de un préstamo que mejoró los niveles de vida de nuestra sociedad y que ayudó a reducir la pobreza?

Con toda humildad, yo no lo veo así.

Hoy, el total de nuestra “deuda externa” está en 314 mil millones de dólares, lo que representa más que un 75% del PBI. Además, ahora, en 2020, deberíamos cancelar unos 23 mil millones de dólares, un impagable 5% del Producto Bruto Interno.

Seamos sinceros y realistas: el Gobierno anterior sostiene que el 83% de los 44,3 mil millones se han usado para cancelar deudas…  pero eso tampoco lo veo así.

Entonces, ¿cuál fue el verdadero destino de los 44,3 mil millones de dólares y cuál ha sido la motivación del Fondo de otorgar semejante suma a la Administración anterior?

Mis simples cálculos (todos en base a números publicados y suministrados por el Gobierno anterior) demuestran claramente que 22 mil millones de dólares fueron usados en menos de 24 meses para intervenciones en el mercado cambiario, tratando de evitar/postergar la inevitable suba del dólar.

Para incentivar al inversor de no refugiarse en la moneda norteamericana, subieron las tasas en pesos a un nivel fatal e insostenible (arriba del 80%); fatal para el funcionamiento de una economía sana; fatal e insostenible para el funcionamiento de cualquier economía, provocando el inicio de una intolerable, insoportable recesión.

El precio real de esta medida, usando el vehículo de los Leliq, nos ha costado unos incomprensibles 12 mil millones de dólares, con el triste resultado de haber beneficiado al sistema bancario, al inversor extranjero especulador y matado miles de Pymes.

Sumando los 22 mil millones dedicados a la intervención cambiaria y los 12 mil millones para “incentivar al inversor de no refugiarse en la moneda norteamericana”, llegamos a 34 mil millones de dólares lo que equivale a un 77% del total del préstamo.

Entonces, volviendo a la pregunta del título de la nota, ¿a quién, realmente, prestó el FMI? ¿No seríamos la Nación más feliz del mundo (desde el punto de vista financiero/tributario) y con un Presidente que no se puede borrar la sonrisa de su cara, si hoy pudiéramos disponer de los 23 mil millones mal gastados, cancelando la totalidad de nuestros compromisos de 2020? Es más, los restantes 11 mil millones hubieran sido suficientes para dar un empuje importante a la recesiva economía y todo eso sin una dolorosa “Ley de Solidaridad” y sin un castigador dólar turista.

¿Así que el famoso, irresponsable préstamo de los 44,3 mil millones de dólares realmente representa una deuda que tenemos que asumir todos los argentinos, o fue simplemente un “aporte” del FMI a la campaña presidencial del Sr. Macri, orquestado por los socios ricos del Fondo e implementado por la Sra. Christine Lagarde?

ADOLFO ARIZA

ADOLFO ARIZA

Autor del Blog

La actualidad de Argentina y el Mundo, Noticias vistas desde Mendoza por el Profesor Adolfo Ariza. Realidad, Información y Medios de Prensa en notas con una mirada local y abierta.

Profesor y Licenciado en Literatura. Coordinador Área de Vinculación – Secretaría Desarrollo Institucional – UNCuyo entre 2008 y 2014 (Desarrollo Emprendedor). Responsable de Kusca Gestión Colaborativa para Empresas.

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CUANDO HABLAMOS DE CLASE MEDIA, ¿TENEMOS EN CLARO DE QUÉ HABLAMOS?

CUANDO HABLAMOS DE CLASE MEDIA, ¿TENEMOS EN CLARO DE QUÉ HABLAMOS?

CUANDO HABLAMOS DE CLASE MEDIA, ¿TENEMOS EN CLARO DE QUÉ HABLAMOS?

 

Todos/as, en algún momento, hablamos de clase media, inclusive, nos enorgullecemos de que en Argentina existiera ese sector social. Recuerdo que, desde que era chico, los mendocinos hablábamos de que la diferencia entre Chile y Argentina era que allá solo había clase alta y baja.

Es probable que, si nos piden que describamos esa clase media que mencionamos, haya diferencias entre las características que demos de ella. Sin embargo, la clase media es una, ¿o no?

A poco que lo pensemos, no, claro, y la nota que publica página 12 lo plantea con toda claridad.

Creo que esta lectura es una ayuda para los que quieren entender mejor a Argentina; además, porque defender a esta clase media, que viene siendo golpeada desde bastante, sobre todo por el macrismo, que creía en un modelo de país como Australia o Chile, y no la favoreció en nada, al contrario, la perjudicó. Charlé con algunos sin techo de la CABA, y todos/as habían pertenecido a ella, y ahora estaban en la indigencia.

ESPERO QUE LES SEA ÚTIL.

 

¿Cuántas clases medias caben en la clase media?

Por Alfredo Serrano Mancilla

https://www.pagina12.com.ar/246434-cuantas-clases-medias-caben-en-la-clase-media

Imagen: Télam

Es cada vez más común que todo lo que acontece políticamente se explique en torno a una creciente y omnipresente categoría, la “clase media”. Este término monopoliza la mayoría de interpretaciones posibles a la hora de justificar los comportamientos sociológicos y políticos, y por supuesto, las preferencias electorales. Seguramente por comodidad y simpleza, da igual lo que suceda, porque todo tiene argumentativamente a la clase media como factor común.

En estos últimos años se han sucedido importantes fenómenos políticos aparentemente inesperados y novedosos en América Latina: la llegada de AMLO al gobierno de México con una amplia mayoría, la victoria electoral de Bolsonaro en Brasil, las protestas sociales en Chile y Colombia, también la imposibilidad de Lenín Moreno de dar estabilidad a Ecuador, el fin de Macri en Argentina a manos de la propuesta progresista de Alberto y Cristina, la derrota del Frente Amplio en Uruguay, y cómo no, el golpe de Estado en Bolivia. Todos estos hechos políticos y/o electorales han sido explicados recurrentemente y en gran medida por un mismo grupo económico y social, el de la clase media.

Y si tanta capacidad explicativa tiene, lo pertinente sería comenzar por preguntarse qué es exactamente eso de la clase media. Para ello, debemos partir de dos premisas básicas, que de no considerarlas podríamos llegar a sesgar cualquier interpretación posterior.

  1. La clase media no es un bloque monolítico ni homogéneo.

Según la CEPAL, el estrato medio aumentó de 136 millones a 250 millones de personas entre 2002 y 2017 en la región latinoamericana. Sin embargo, no todos esos millones de personas son idénticas. No lo son en su capacidad económica ni tampoco en su lógica aspiracional.

La mayoría de los organismos internacionales, en las últimas décadas, ya subclasificaron esta categoría tan amplia. A veces usan términos como el “media-baja” y “media-alta”; o incluso aparece una nueva categoría que es esa de “casi clase media”, bautizada por el Banco Mundial para denominar a aquellos que están justo un poco por encima del umbral de la pobreza, pero que son susceptibles de regresar en cualquier momento a ser pobres.

No obstante, esta desagregación tampoco es suficiente para captar la gran heterogeneidad existente al interior de estas 250 millones de personas que viven de manera muy diversa en Latinoamérica. En esa categoría hay dinámicas completamente contrapuestas. Por ejemplo, no es lo mismo aquella familia que luego de años llega a tener niveles (de educación, trabajo, salud, propiedad, ingresos) de clase media que otra que estuvo siempre en ese nivel. Como diría Alvaro García Linera, no tiene nada que ver la clase media de origen popular en Bolivia -que, según encuesta Celag es con la que se autopercibe un tercio de la población- con aquella la clase media tradicional (que es media no por densidad sino porque se encontraba en medio de una clase baja multitudinaria y otra clase, alta y muy reducida). Tampoco tendría ningún sentido equiparar la clase media recién llegada con aquella que fue alta pero que acabó siendo clase media por múltiples razones económicas, sociales o políticas.

Es por ello imposible tratar por igual a un grupo tan diverso en su capacidad económica, en sus niveles educativos, en sus hábitos culturales, y más aún si queremos hacerlo en relación a su lógica aspiracional. Si bien es cierto que hay un “comportamiento imitador” de aquella ciudadanía que asciende y mejora, no es verdad que las aspiraciones sean las mismas con aquella otra porción de la clase media que desea ser alta; o con aquella otra que tiene tradición histórica de pertenecer a ese grupo social, con usos y costumbres arraigados, sólidos, que hacen que la subjetividad se diferencie de los ciudadanos que aún están en esa fase de movilidad social y siempre con una sensación más bien de tránsito, del “querer llegar a ser”.

  1. La segunda premisa es que la clase media no puede ser un concepto importado de otras latitudes.

No se puede trasladar ahistóricamente la concepción de clase media europea a Ecuador, ni la de Argentina a Bolivia, ni la mexicana a Chile. Cualquier “epistemicidio”, como diría Boaventura De Sousa, para sustituir una episteme externa por la propia suele hacer mucho daño en cualquier análisis. Y con la clase media esto es lo que sucede constantemente. Es frecuente presuponer que los comportamientos de la clase media son similares en todas partes, como si no hubiera historia específica de cada país y, mucho peor, como si la distribución del ingreso fuera la misma en cada lugar. Por ejemplo, no podemos comparar de ninguna manera aquella distribución en un país cuya clase media es multitudinaria con aquel otro en el que su clase media es una pequeña porción entre dos “jorobas”: una gigante conformada por la clase baja y la otra, la clase alta, muy reducida. La subjetividad de una u otra de ningún modo podría ser la misma. Existe siempre un “relativismo” en la construcción de la subjetividad de esa clase media basado en cómo te observas en relación con el otro, con los de abajo y con los de arriba. Incluso, estadísticamente, la misma clase media identificada con indicadores “objetivos”, como el ingreso o consumo, también tiene un componente relativista que es determinante.

Por tanto, por una u otra razón, es necesario que cuando hagamos referencia al desafío de sintonizar con la “clase media” entendamos que no hay una única clase media, sino que son muchas las variedades al interior de ese gran grupo tan complejo. Hay clase media que recién llega y que, además, lo hace por muy diferentes vías; hay clase media de toda la vida; clase media que es más alta que media; clase media que siempre está en riesgo de dejar de serlo. Hay clase media en lo económico que a su vez es distinta según su capacidad económica sea en base a ingresos, herencia, consumo o endeudamiento. Pero no todos los matices diferenciadores proceden de lo económico, porque también hay clase media en lo cultural, en lo simbólico, en el poder político; y sin descuidar tampoco el componente “país” o, a veces, el regional. La clase media guayaquileña tampoco es la misma que la quiteña; ni la boliviana de El Alto a la de Santa Cruz. En definitiva, ante tanta variedad de “clases medias”, habrá que considerar multiplicidad de lógicas aspiracionales y sentidos comunes.

Es por ello que debemos “cuidar” el modo de querer atraerla e incorporarla al proyecto político progresista, porque no siempre existe una única manera de hacerlo. Se requiere mucho más bisturí que brocha gruesa. Es más, resulta imprescindible comenzar a analizar e identificar las disputas y tensiones que se dan al interior de este gran grupo social, porque seguramente de ello dependerá buena parte de la sostenibilidad de una propuesta política. Sería un gran error confundirse de objetivo, porque seguramente satisfacer a una clase media es mucho más fácil que a todas las clases medias que caben en ella.

 

Alfredo Serrano Mancilla es director de la Celag

ADOLFO ARIZA

ADOLFO ARIZA

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NO HAY QUE HABLAR DE LOS HECHOS CONSUMADOS: HAY QUE HACER ANTES LO QUE ES NECESARIO

NO HAY QUE HABLAR DE LOS HECHOS CONSUMADOS: HAY QUE HACER ANTES LO QUE ES NECESARIO

Hemos escuchado tanto sobre el asesinato de los rugbiers en Villa Gesell, que no tenía la menor intención de publicar algo sobre este tema, pero esta nota de Infocielo me pareció útil, sobre todo porque podría servir para tomar conciencia de que toda esa parafernalia desatada no va cambiar nada de las vidas arruinadas y de la muerte de un joven con todo por hacer.

DESPERTEMOS ANTES, HAGAMOS LO QUE HAY QUE HACER EN EL ÁMBITO QUE PODAMOS, Y EMPECEMOS AHORA.


El tardío despertar social frente al consumo de alcohol adolescente

Por: Esteban Wood

05 de febrero de 2020 · 14:39 hs.

https://infocielo.com/nota/114778/el-tardio-despertar-social-frente-al-consumo-de-alcohol-adolescente/?fbclid=IwAR2EdKqe6jPcyxzkwFZjLMZqdKfzXWmjYI_ooZjHtywf-O2nXFZlY4ZsfEM

El asesinato de Fernando, a manos de un grupo de rugbiers, en plena noche gesellina, abrió el debate sobre el consumo de alcohol. El Estado debe intervenir antes de que el valor noticia del acontecimiento periodístico se apague.

Como si hubiesen abierto la caja de Pandora, de repente la sociedad se vio sacudida y consternada por el asesinato de un joven en Villa Gesell, alcohol y violencia de por medio. Como si todos hubieran despertado de un extenso letargo, de pronto el estado de abulia y apatía social frente a los excesos (y soledades) adolescentes permutó en preocupación. Se viralizaron cartas testimoniales que reflejan todo lo que viene sucediendo en la costa atlántica en cada temporada veraniega. Aparecieron videos de lluvias de botellas de vidrio en una playa, demostración inequívoca de que la percepción general del riesgo está absolutamente difuminada y de que la cultura de la auto-destrucción está afincada entre los jóvenes. Se corrió un velo, salió a la luz el problema.

Entonces muchos tomaron dimensión de que nuestros chicos beben desde edades tempranas (el promedio de iniciación se da a los 13 años, pero ya se detectan casos por debajo de los 10), que las familias están cada vez más ausentes, que hay comerciantes que les venden alcohol a los menores y empresarios de la noche que los dejan entrar a los boliches pese a que existen normas que lo prohíben tajantemente, y que nadie se anima a ponerle el cascabel al gato de la publicidad irrestricta de bebidas alcohólicas en los medios masivos de comunicación.

Los ciclos de las políticas públicas sobre drogas en Argentina pueden graficarse como un sistema ondulante de picos, pozos y mesetas, con pendientes pronunciadas de contemplación ante fenómenos existentes, con períodos de inacción, y con respuestas tardías ante el acontecer periodístico y la demanda de la sociedad. Como decía el semiólogo Eliseo Verón, el acontecimiento se construye, la actualidad es una fabricación, los medios producen realidad social.  Es lamentable que las intervenciones preventivas ante las problemáticas del uso indebido de sustancias psicoactivas sigan las lógicas mediáticas y se rijan por patrones reactivos, nunca proactivos, nunca procesos en el tiempo a pesar de tener hace años datos e indicadores para validar empíricamente el diseño de dichas intervenciones.

Vale el ejemplo. Allá por el año 2005, desde la extinta (pero tan necesaria) Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico lanzábamos dos advertencias. La primera tenía que ver con los hábitos de uso de alcohol entre adolescentes, sobre las “previas”, y cómo el hogar se había convertido en lugar de inicio en el consumo ante la anuencia paterna. La segunda refería una tendencia internacional sobre el mercado de drogas, al incipiente viraje de lo vegetal al laboratorio, y a la necesidad de prepararnos para la irrupción de las sustancias de síntesis.

En abril del 2016, cinco personas murieron intoxicadas en la fiesta electrónica Time Warp realizada en Costa Salguero. El fenómeno de las drogas sintéticas ocupó las tapas de todos los diarios y colonizó integralmente la agenda periodística por espacio de días. La sociedad reclamó respuestas gubernamentales y el Estado reaccionó, tardíamente. Ahora sucede exactamente lo mismo. Una muerte, un sismo mediático, y la consternación de una sociedad que se sacude la quietud contemplativa frente al uso y abuso de alcohol entre los adolescentes.

En este sentido, las estadísticas oficiales son irrefutables: la estimación de muertes causadas por agresiones y relacionadas al consumo de drogas son más frecuentes en la población comprendida entre los 20 y 30 años, y la mayor proporción se da con el alcohol. Pero no nos quedemos sólo en una cuestión de violencia, ni debatamos si el rugby es el problema. ¿Intoxicaciones? ¿Siniestros viales? ¿Cáncer y otras enfermedades no transmisibles? ¿Conductas sexuales de riesgo? ¿Bajo rendimiento escolar y deserción? ¿Síndrome de alcohol fetal? ¿Policonsumos? Es siempre el alcohol. Siempre.

Nada más puedo aportar en estas líneas a lo fue debidamente advertido cada vez que el alcohol fue tema central de este espacio de opinión. No existe jactancia ni vanagloriamiento alguno en decirlo. Pero antes de que el valor noticia del acontecimiento periodístico se apague, y la abulia nos tuerza nuevamente el brazo, bienvenido sea el llamado a la acción para que el Estado intervenga activamente, los padres se involucren en la crianza de sus hijos, y nuestros pibes dejen de sentirse tan pero tan solitarios.