QUÉ DEBERÍA HACER EL/LA QUE QUIERA QUE MACRI SE VAYA EN DICIEMBRE

QUÉ DEBERÍA HACER EL/LA QUE QUIERA QUE MACRI SE VAYA EN DICIEMBRE

QUÉ DEBERÍA HACER EL/LA QUE QUIERA QUE MACRI SE VAYA EN DICIEMBRE

 

Suena extraño, pero voy a usar como base de mi propuesta expresiones de Jaime Durán Barba a los convencionales radicales en Parque Norte, no hace mucho.

El ecuatoriano explicó que existen, según sus sondeos y estudios cualitativos, distintos perfiles de votantes: los “duros” o fanáticos; los “imposibles”, que nunca votarían por determinado candidato y los “difíciles”, que no aparecen en las encuestas, pero que al final del camino, frente a las urnas, podrían inclinarse por determinado candidato.

Lo escuché en una nota periodística sobre el evento, y me interesó porque tenía valor general, o sea que, si valía para Juntos para el Cambio, también valía para el Frente de Todos.

Más adelante dijo: “Un candidato tiene voto duro. En el caso de Cristina es como del 22% y en el caso de Mauricio es del 12%. Es gente totalmente fanática que no va a dejar de votar por ese candidato de ninguna manera”.

No sé cómo habrá llegado a establecer esos porcentajes, pero parecen razonables. También dijo: “Hay otro porcentaje un poco más amplio en Mauricio y menor en Cristina, que en una encuesta votan por ese candidato, pero tienen contradicciones y podrían dejar de votar. Y hay un tercer grupo que se llama el voto posible que son los que no votan por el candidato en una encuesta, pero tienen muchos puntos de afinidad y podrían finalmente votar”, se explayó Durán Barba. Y aclaró: “Desde hace muchos años que trabajamos juntos y siempre trabajamos estos votantes. Es decir, aquellos que están votando, pero podrían irse y aquellos que no están votando, pero podrían venir”.

Está claro que Cambiemos ha sabido trabajar electoralmente, y en esto Durán Barba tiene mucho que ver, por eso son muy interesantes las palabras anteriores.

Veamos: “¿Qué pasa en esta elección?”, se preguntó Durán Barba. “Hay muchísima gente que es difícil o imposible. Concretamente, en el caso de Cristina tiene un voto difícil del 10% y un voto imposible del 45%. Mauricio tiene un difícil de 25% y un imposible de 26%. Con los imposibles no se puede trabajar. Pero la ventaja, es que nosotros tenemos muchos más votos difíciles que Cristina y podríamos trabajar con esa gente en esta circunstancia”, detalló.

Por supuesto, no creo demasiado en los porcentajes que presentó, aunque fueran para los propios, pero sí valoro –para compartirla en mi blog- esta metodología de manejo electoral. Tampoco es que sea un planteo muy original, ya que cualquiera que haya trabajado en política se puede dar cuenta de que esto es así.

Y esto mismo es lo que les digo a los/las que aspiren a que este Gobierno -al que no puedo calificar de otra manera que nefasto- deje de gobernarnos antes de que termine con todo lo valioso que supimos conseguir como sociedad: movilidad social, vida digna, independencia, economía al servicio de la mayoría de la sociedad. En estos momentos definitorios, en que nos jugamos tanto, no perdamos tiempo con los imposibles, hagamos como Cambiemos, hablemos con los que podemos convencer en este marco de extrema polarización.

Veo que mucha gente que está en la oposición a Macri dedica mucho tiempo en las redes a compartir posteos anti Gobierno en grupos que piensan lo mismo. Esos ya van a votar en contra de Juntos por el Cambio, no necesitan que los convenzamos.

Tampoco perdamos tiempo en discusiones con los imposibles, menos con los odiadores que suben fake news o barbaridades. Es mejor ignorarlos, por salud mental, y eficiencia en el logro de lo prioritario.

No es muy probable que nadie cambie su voto, o lo defina, por un posteo en las redes, además hay tal bombardeo de posteos diversos, que terminan generando indiferencia. Es mucho más probable que tengamos en cuenta una opinión de alguien que nos genere confianza, y que sepamos que no nos está engañando para sacarnos el voto. Vayamos con perseverancia y afecto. No sé si la fórmula matemática de Paenza se cumple tal como la plantea, pero la manera es persona a persona.

Tengamos en cuenta, además, las diferencias personales. Un importante porcentaje de los que apoyan a Macri son personas mayores, de más de 50 años, que son los que nunca salieron del Que se vayan todos del 2001, y que están desencantados y enojados. En general, son imposibles, pero merecen consideración: querían –legítimamente, a mi parecer- un cambio y los engañaron y estafaron.

Creo que esta elección tiene varios aspectos poco previsibles: las encuestas son menos fiables que nunca, porque en general se hacen a teléfonos fijos, mediante IVR (respuesta de voz interactiva), sin un encuestador. Este tipo de encuestas ya nos han saturado de tal manera, que muchos las rechazamos; además, dejan afuera a todos/as los que han dejado de tener ese tipo de líneas (sobre todo los jóvenes).

Un dato de color que muestra el sesgo que puede tener el IVR lo describe el consultor Federico González. El día después de las elecciones a gobernador en provincias como Jujuy y Santa Fe, la consultora de González llamó vía IVR a habitantes de estos distritos, y les preguntó a quién habían votado el día anterior. En ambos casos, el porcentaje de votos a candidatos cambiemitas fue significativamente mayor en el IVR que el que efectivamente ocurrió en las elecciones del día previo.

Tampoco sabemos cómo va a funcionar el voto anti sistema que mucha gente enarbola por el desencanto y desagrado que les han provocado las actuaciones de los Gobiernos. De hecho, Espert se auto describe como exponente de un anti sistema de poco clara concreción para captar esos votos.

Concluyendo, no pensemos mucho en las encuestas. Intentemos convencer a gente que tenga confianza en nosotros, argumentos para no votar a Macri sobran. Hablemos sin slogans, con sinceridad, tratemos de que vean que hay una esperanza de poner nuevamente al país de pie.

Hay una vieja frase en la política que dice que los votos se cuentan de a uno. Vayamos con fe a buscarlos, por todos los que necesitan de una Patria en la que puedan ser felices.

ADOLFO ARIZA

ADOLFO ARIZA

Autor del Blog

La actualidad de Argentina y el Mundo, Noticias vistas desde Mendoza por el Profesor Adolfo Ariza. Realidad, Información y Medios de Prensa en notas con una mirada local y abierta.

Profesor y Licenciado en Literatura. Coordinador Área de Vinculación – Secretaría Desarrollo Institucional – UNCuyo entre 2008 y 2014 (Desarrollo Emprendedor). Responsable de Kusca Gestión Colaborativa para Empresas.

Productor de los blogs: 

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SERVICIO CÍVICO VOLUNTARIO: POR QUÉ NO SIRVE PARA LO QUE DICEN QUE SIRVE

SERVICIO CÍVICO VOLUNTARIO: POR QUÉ NO SIRVE PARA LO QUE DICEN QUE SIRVE

SERVICIO CÍVICO VOLUNTARIO: POR QUÉ NO SIRVE PARA LO QUE DICEN QUE SIRVE

 

El lunes pasado, el Diario Los Andes en un espacio de opinión, tomó el tema del Servicio Cívico que ha comenzado a implementar el Gobierno nacional, y recogió las opiniones del ex Gobernador Ing. Julio Cobos y del Dr. Javier Ozollo.

En estos momentos ya ha pasado la controversia que generó el tema, sobre todo porque ya han aparecido otros temas controversiales (Argentina es prolífica en noticias llamativas), por lo tanto, me pareció un buen momento para rescatar el planteo de Javier porque es claro y definitorio.

Por supuesto, hay una postura política, no en el sentido partidista, sino de una concepción de la sociedad, su sentido y proyecto, detrás de sus palabras, y de las mías.

He escuchado –ya antes del Decreto del Gobierno- opiniones sobre la necesidad de reinstaurar el Servicio Militar para encauzar a la juventud, dándoles disciplina y orden. Hay un sector de nuestra clase media urbana que reclama medidas de esta clase: mano dura, palos y tiros, disciplinamiento de las disidencias. Está claro que el macrismo cree que propiciar este tipo de política le va a hacer ganar apoyo –y votos, claro- para las próximas elecciones, además de tener alguna simpatía con esta forma de ordenar la sociedad para que no haya reclamos frente al empobrecimiento al que se está sometiendo a los sectores sociales de menores recursos, y a su creciente exclusión.

Por estas razones, adhiero a la postura de Javier, y la comparto en mi blog para colaborar con los que tengan interés en definir su posición.

Blanco&negro

Diario Los Andes, Lunes 29 de julio de 2019, página 9

SERVICIO CÍVICO VOLUNTARIO. ¿ÚTIL O NO PARA LOS JÓVENES?

Más allá de la clara intención electoral del anuncio lanzado por el Gobierno nacional de implementar un servicio civil voluntario para los jóvenes que ni estudian ni trabajan (Ni-Ni) en manos de la Gendarmería, se trata también, por un lado, de una terrible forma de profundizar las desigualdades.

Y por el otro, de una gravísima distorsión de las competencias y funciones de las instituciones.

El modelo neoliberal, impulsado frenéticamente desde 2015, tiene entro otros objetivos la baja del salario real mediante un fuerte desempleo, con el achicamiento del mercado interno y, también, la disminución de los “gastos” (en realidad es inversión) del Estado. O sea, menos trabajo y menos educación, salud y seguridad social pública. Estas medidas afectan a los sectores más vulnerables de la pirámide de edad laboral: los jóvenes y los jubilados. Cuando estos “efectos” aparecen, en lugar de corregir los problemas centrales, aparecen esclarecidos que proponen medidas conservadoras y disciplinares: por ejemplo: una nueva colimba voluntaria. Por supuesto que lo que no se dice, es que este nuevo régimen se centra en los jóvenes pobres que son los mismos que el modelo genera y margina. En el esquema neoliberal: para los pobres el disciplinamiento cuartelario para que entiendan que tienen que seguir siendo pobres y, para peor, que aprendan cómo reprimir a otros pobres; para los ricos (y la clase media sumisa) las bondades de la escuela privada. He ahí, la verdadera grieta.

En el otro aspecto, desde lo más elemental, este proyecto es un contrasentido, se desvirtúa la verdadera especialización de las instituciones de la República. Si los jóvenes necesitan inclusión, existe una institución prestigiosa: ¡la educación pública! La escuela pública argentina, desde la primaria hasta la universidad, es la institución que más sabe y trayectoria tiene en la contención, formación y desarrollo educativo de las personas. Los maestros y profesores nos preparamos durante años para realizar esta tarea. La Gendarmería, en cambio, es una “fuerza de seguridad, de naturaleza militar con características de fuerzas intermedia, que cumple su misión y sus funciones en el marco de la seguridad interior, defensa nacional y apoyo a la política exterior”.

¿Cuál es la expertise de la Gendarmería en tareas de educación con inclusión? ¿Por qué esta institución sería mejor educadora que los colegios públicos o las universidades nacionales? Si los gendarmes son aptos para la educación de los jóvenes, ¿quiere decir que los maestros y profesores son unos excelentes agentes de la seguridad y control de las fronteras? Una barbaridad.

En síntesis: ¿el Gobierno Nacional quiere inclusión para los jóvenes que ni estudian ni trabajan? Simple: que aumente el presupuesto de la educación pública, que construya más escuelas, colegios y universidades, que dignifique el trabajo docente y, sobre todo, que genere lass condiciones para más y mejor trabajo de calidad en lugar de fomentar la timba financiera, el endeudamiento y la fuga de capitales.

Javier Ozollo

Es Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Cuyo; magíster en Ciencias Sociales por FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales); diplomado en Ciencias Sociales por FLACSO y licenciado en Sociología por la Universidad Nacional de Cuyo.

ADOLFO ARIZA

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A PARTIR DE UNA NOTA SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

A PARTIR DE UNA NOTA SOBRE EL LENGUAJE INCLUSIVO

Sigo comprando el Diario Los Andes –me he prometido psiconalizarme por eso-, del cual no leo mucho más que los Avisos necrológicos, pero los sábados suelo leer completa la página que agrupa las secciones de mi apreciada colega Nené Ramallo, de la poco objetiva historiadora Luciana Sabina y alguna otra nota de opinión. Este sábado la última era: Inclusive el lenguaje – Por José Niemetz

José Niemetz, mendocino, de Alvear, es escritor, fue Premio Clarín de Novela 2018, por “Tú eres para mí”, interesante novela que estoy leyendo, aunque la interrumpí porque aparecieron otras urgencias lectoras. Lo que escribe es una nota dura, pero certera, sobre el tema del lenguaje inclusivo.

He tenido algunos intercambios (menos de los que habría podido, porque evité discutir con personas con posiciones fundamentalistas, para no perder tiempo) sobre el tema del lenguaje inclusivo, que, evidentemente, excede el marco del estudio de la Lengua para instalarse claramente en el de las ideas.

Soy Profesor de Castellano, así que opiné técnicamente que esta propuesta de lenguaje no era originada en el mismo uso del Habla, sino en un planteo de perspectiva de género en el marco de los avances del feminismo. Por lo tanto, no correspondía hacer análisis lingüísticos (en general sesgados y muchas veces descalificadores), sino esperar que el mismo uso definiera lo que tiene que perdurar.

Rechacé el argumento de la RAE porque no le reconozco autoridad sobre el Habla de los argentinos, aunque sí de consulta.

Niemetz hace un planteo profundo del tema, y de las reacciones que genera (bastante semejante a las que yo había vivido). Además, plantea el tema de la docente sancionada (claramente lo fue), que me causó vergüenza ajena.

Saqué una pequeña introducción, aunque recomiendo leerla completa, y la transcribo para que la conozcan y piensen con ganas de comprender el mundo de hoy, que es muy complejo, y que se transforma a una velocidad muy superior a la del pasado. Es nuestra obligación como mendocinos/as, a los/las que nos cuesta romper la visión conservadora que nos caracteriza.

Que les sea útil para abrir la cabeza.

“… en esta ocasión me preguntaron:

-Che, ¿qué opinás del lenguaje inclusivo?

Lo preguntaron cómo se pregunta algo obvio, retórico, casi divertido. Sin embargo, cuando respondí que el tema no me resulta ni siquiera interesante, todos manifestaron un gran alivio por mi respuesta políticamente correcta. Es por ello que me apuré en agregar:

El así llamado ‘lenguaje inclusivo’ seguramente no es otra cosa que una moda que como toda moda desaparecerá como tal. Y mientras tanto, nos hace hablar pavadas sobre ella.

Lo que no es una moda es la exclusión de las diversidades sexuales que no se adecuan a la hétero normatividad.

¿Cómo es posible que un tema tan pueril alcance este lugar tan repetido en nuestras conversaciones cotidianas? ¿Cómo es posible que la Real Academia intente dictaminar sobre algo en lo que no tiene ninguna competencia? ¿Cómo es posible que el autoritario castigo a una docente mendocina, por el insignificante acto de saludar a sus alumnos con un todes, se haya constituido, (junto con el otro castigo: el del Ítem Aula) en la principal acción del gobierno educativo?

El helado se había terminado, mi mujer servía café, el silencio de los comensales no se debía al interés por el tema sino al arrepentimiento por haberlo planteado.

Sencillamente -continué- porque el sólo hecho de decir todes, visibiliza, sólo eso, la dolorosa exclusión que sufren las distintas identidades sexuales que existen entre nuestros chiques.

El arquitecto, revolviendo el café y hurgueteando unas masitas secas, me increpó:

-Pero la RAE ya dictaminó que…

-Che, si a vos te parece que el lenguaje que vos hablás es un bloque hermético, cerradito y manejado como verdad revelada por un cenáculo de académicos, te cuento que este coso con el que te comunicás es una especie de sobra proveniente del idioma que llevaron los antiguos conquistadores romanos por una buena parte de Europa y que se llamaba latín vulgar (que, a su vez, generaba espanto moral entre los intelectuales de la Roma clásica) y que se fue maravillosamente degenerando y se constituyó en muchas lenguas, entre otras en nuestro amado castellano. Cada pueblo, cada época, cada hablante hacen algo con él. Los que mencionan a la RAE para defenestrar al lenguaje inclusivo, para ser coherentes, deberían comunicarse en latín clásico.

-Bueno, no es para tanto –agregó la médica. ¡Sí! Es para tanto –le contesté-. Primero porque la exclusión no solo continúa entre nosotros, sino que se continúa reprimiendo a quienes la ponen en evidencia, como esa valiente docente de Junín. Y en segundo lugar porque en nombre de proteger a la docente, se la castigó con un patético traslado (como si ese traslado lavara sus ideas). Está claro que los funcionarios educativos se aferraron a este tema porque ante las acuciantes problemáticas de la educación sólo manifiestan incompetencia, y así, aunque sea con violencia, pareciera que hacen algo. La pregunta que me formulo es: ¿y quién protege a esos pibes y pibas de tener padres tan reaccionarios e ignorantes?

-Lo que yo quiero decir es… -atinó cualquiera de los comensales.

-El lenguaje inclusivo en sí mismo, carece de toda importancia. Acá lo único que resulta importante es la exclusión que sufren cientos de miles de seres humanos por su nacionalidad, su color, su peso, su religión, su estándar económico y también por su condición sexual.

Cuando mi mujer ofreció más café, todes respondieron al unísono que no, gracias, que les provoca insomnio. Y que les gusta dormir tranquiles.

No estoy seguro de que lo logren.

https://www.losandes.com.ar/article/view?slug=inclusive-el-lenguaje-por-jose-niemetz

LA CRISIS EN VENEZUELA Y LOS GOBIERNOS DE DERECHA SURAMERICANOS

LA CRISIS EN VENEZUELA Y LOS GOBIERNOS DE DERECHA SURAMERICANOS

LA CRISIS EN VENEZUELA Y LOS GOBIERNOS DE DERECHA SURAMERICANOS

Me llegó esta nota de Nodal (Nodal Noticias de América Latina y el Caribe), dirigida por Pedro Brieger, al que he escuchado en C5N, y me pareció muy bien informado y solvente. Por lo tanto, decidí compartirla con Uds., porque sentí que era válida la metáfora de las Cajas de Pandora. No es que sean nuevas, solo que se han revitalizado, para mal de América Latina, y es bueno entender cuáles son los peligros que nos están acechando, incluso desde adentro.

Un buen ejemplo es la asunción de AMLO en México, que viví muy esperanzado, y que recibe hoy feroces ataques de los que detentaron el poder desde siempre, los mismos que llevaron a Peña Nieto a la Presidencia, y que, como con Lula en Brasil, nunca se van a rendir en su afán de voltear a los Gobiernos que denominan despectivamente “populistas”.

Son peligros reales, así que comprenderlos sirve para tomar mejores decisiones en las alternativas útiles para luchar contra estos poderosos factores de poder, como las elecciones (es obvio que estoy pensando en Argentina).

21 julio, 2019

https://www.nodal.am/2019/07/la-crisis-en-venezuela-y-los-gobiernos-de-derecha-suramericanos-por-juan-gabriel-tokatlian/

Las siete cajas de Pandora de la derecha suramericana

Por Juan Gabriel Tokatlian

La crisis en Venezuela es monumental. La desastrosa situación ha sido producto de dinámicas, factores y actores internos, aunque sin dudas el papel de Estados Unidos contribuyó a empeorar lo que ha venido aconteciendo por años en el país. De esta manera el caso Venezuela ha dejado de ser local, regional o continental, y se ha tornado un problema global.

¿Qué significa que una crisis se convierta en un asunto global? Varias cuestiones: a) la incidencia directa o indirecta de múltiples actores estatales (ejecutivos y legislativos) y no gubernamentales (partidos políticos, oenegés, think tanks); b) el impacto de diferencias y pugnas burocráticas en el seno de distintas administraciones; c) la participación de jugadores (gobiernos, corporaciones, medios de comunicación) con alcance mundial y objetivos precisos; d) la presencia de agentes (formales o ilegales) desarmados y armados; e) el involucramiento de instituciones internacionales (por ejemplo, la ONU) y regionales (como la OEA); f) el alcance de coaliciones y alianzas entre protagonistas internos y externos; g) la multiplicación de presiones sobre los participantes domésticos y de los obstáculos para encontrar soluciones.

Todo esto coloca al caso Venezuela –y a través de él a toda América Latina– en el centro de la “alta política”. La región se torna más visible y se ve envuelta en el juego geopolítico de diversos países poderosos con intereses y propósitos divergentes. Se produce entonces un doble proceso de impulso y atracción: las potencias se movilizan para proyectar su poder y asegurar su influencia, al tiempo que la deteriorada situación doméstica facilita el despliegue de fuerzas intervencionistas.

En ese delicado e inquietante contexto, la cuestión venezolana también pone en evidencia la dificultad e incapacidad que tuvo el conjunto de países de América del Sur durante 2019 para aportar fórmulas creíbles y efectivas. La crisis, a su turno, se da en el marco de un repliegue de la llamada “marea rosa” (de gobiernos progresistas y nacional-populares) y el auge de lo que se puede denominar el “reflujo neoliberal” (de gobiernos conservadores y reaccionarios) en Suramérica.

El antecedente de habilitar la dualidad de poder en un país puede generar tensiones impredecibles en las naciones del área, hoy sacudidas por diversos grados de inestabilidad y polarización.

El consenso de los halcones

En ese sentido, cabe subrayar el papel de las derechas y su aproximación al caso Venezuela. Básicamente, y desde comienzos de este año, se dispusieron a suscribir el diagnóstico y a secundar las políticas de Estados Unidos hacia Caracas. Los motivos para plegarse a Washington obedecen a una mezcla de convicción y conveniencia: cercanía ideológica (más evidente con la victoria presidencial y legislativa de los republicanos), necesidad de apoyo estadounidense (ya sea financiero, militar, diplomático), dinámicas político-electorales domésticas (la idea de la exportación de la “revolución bolivariana” y su proyección nacional), efectos locales de la crisis venezolana (migraciones masivas), figuración como el “mejor amigo” de Estados Unidos (Duque, Bolsonaro, Piñera y Macri) por los réditos internos y externos que ello pudiera generar, preocupación por el estado de los derechos humanos en Venezuela (ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias) y potenciales nexos con situaciones domésticas volátiles (tal el caso de Colombia), entre otros.

Más precisamente, los gobiernos de derecha de la región asumieron los pronósticos de ciertos halcones estadounidenses, relegando el criterio de sus propios funcionarios diplomáticos con más conocimiento de Venezuela y, por supuesto, desoyendo la opinión de los opositores políticos en cada país. En esencia, las premisas centrales de aquellos tomadores de decisión en Washington eran: 1) el gobierno de Nicolás Maduro estaba seriamente debilitado y se encontraba atravesado por disputas inmanejables que lo precipitaban al vacío; 2) las fuerzas armadas sufrían fisuras crecientes y se disponían prontamente a abandonar a un presidente que consideraban ilegítimo; 3) una oposición homogénea y organizada se aglutinaba en torno a la figura de Juan Guaidó y en defensa de la Asamblea Nacional; 4) la sociedad padecía las consecuencias de una fenomenal debacle económica y estaba masivamente ávida para movilizarse y así generar una revuelta popular; 5) a pesar de los intereses de Rusia y China en Venezuela, ni Moscú ni Beijing podían evitar el aislamiento inexorable de Maduro; y 6) la conjunción de amenazas militares provenientes del presidente Donald Trump y de acciones diplomáticas coordinadas desde la región contribuirían, de modo inminente, al colapso de un gobierno definido como usurpador.

A ese diagnóstico se agregaba un giro en la política de Washington hacia Caracas. Así, durante la administración del presidente Barack Obama parecían claras tres cuestiones: a) la aplicación de sanciones focalizadas y personales se enmarcaban en la lógica de la “apertura del régimen” (regime opening) con el propósito de alentar una transición política; b) esas sanciones respondían, a su vez, a las demandas y exigencias de un Congreso controlado en las dos cámaras por republicanos y c) la cautela relativa de Estados Unidos frente a Venezuela obedecía, en parte, a la existencia de una serie de gobiernos de centroizquierda en la región.

Con Trump se produjeron cambios relevantes: a) se optó, definitivamente, por el “cambio de régimen” (regime change) para forzar la caída del gobierno de Maduro; b) la dinámica doméstica que desde mediados de 2018, y antes de la elección legislativa, impulsaba ese viraje era producto de la importancia que pasaron a tener ciertos estados (por ejemplo, Florida) con vista a la elección presidencial de 2020; c) asimismo creció la gravitación de los militares –en especial, del Comando Sur– no tanto por su inquietud acerca de la naturaleza del régimen interno en Venezuela al que consideraban “forajido”, sino por la mayor presencia de Rusia y China en Suramérica y d) la existencia de una nueva correlación de fuerzas políticas en América del Sur favorecía la aceptación en la región de una estrategia estadounidense más coercitiva hacia Venezuela.

Con este telón de fondo los gobiernos de derecha en Suramérica han adoptado y validado un conjunto de acciones que podrían incidir significativamente, como una serie de cajas de Pandora, en el futuro de la diplomacia y la democracia en la región.

Caja uno: del Grupo Contadora al Grupo de Lima

En 1983, a raíz de varios conflictos en América Central, los presidentes de Colombia, México, Panamá y Venezuela crearon el Grupo Contadora, una iniciativa multilateral para promover la paz en esa región. Gobiernos de orientaciones políticas distintas mancomunaron esfuerzos con el objetivo de buscar salidas políticas negociadas a situaciones que involucraban regímenes diferentes en Centroamérica. Contadora –a la que en 1985 se sumó un Grupo de Apoyo conformado por Argentina, Brasil, Perú y Uruguay– tuvo un diagnóstico propio y realista de la situación. Pretendía gestar espacios políticos y diplomáticos para que Nicaragua, El Salvador y Guatemala no se colocaran en el epicentro de las disputas típicas de la Guerra Fría. Supo desagregar los componentes de las diversas circunstancias nacionales que estaban en juego y definir procedimientos, procesos y políticas específicas al respecto. Comprendió que era crucial que no se produjera un desplazamiento de las confrontaciones político-militares centroamericanas a los países vecinos (en especial, a Colombia que vivía su propio conflicto armado): había que evitar la internacionalización del conflicto de baja intensidad que atravesaba a América Central. Ya nadie quería entrar en el torbellino de la disputa estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

El Grupo de Lima actuó de una manera muy distinta: creado en agosto de 2017, pasó de alentar una salida incruenta a la crisis en Venezuela a aislar y cercar a Caracas desde comienzo de 2019. Si bien intentó asumir un diagnóstico “latinoamericano” (sus miembros originales incluían países de América del Sur, América Central, el Caribe y México), terminó abrazando el diagnóstico de Estados Unidos. Sus recientes cuestionamientos a ciertos actores extra-regionales no impidieron que Washington y Moscú se sentaran a dilucidar perspectivas e intereses sobre Venezuela. Muchos de sus anuncios solo significaron una elevación de la crítica a Maduro, sin efecto político alguno. En el camino, el Grupo se fue desarticulando con la salida de México y Uruguay, y la opción de varios miembros por posturas menos beligerantes en lo diplomático en consonancia con los pasos, aún acotados, a favor del diálogo iniciados por el Grupo Internacional de Contacto para Venezuela compuesto por países europeos y latinoamericanos, así como las conversaciones en Oslo entre gobierno y oposición venezolanos, entre otros intentos de mediación.

Para decirlo brevemente: si Contadora fue una iniciativa de negociación hacia Centroamérica, el Grupo de Lima fue una iniciativa de cercamiento en torno a Venezuela. La buena lección del pasado no parece haber servido para que los gobiernos de derecha en América del Sur retomen aquella experiencia constructiva que supo eludir clivajes ideológicos.

Empujar, consciente o inconscientemente, a que los militares venezolanos desempeñen un lugar decisivo en medio de la monumental crisis política que vive el país es ciertamente peligroso.

Caja dos: de unasur a prosur

Si bien unasur, creada en 2008, tuvo hitos en materia de concertación diplomática y resolución de conflictos, un conjunto de factores diversos convergieron e hicieron posible el deterioro de ese organismo: a) el gradual desinterés de Brasil –durante el segundo mandato de Rousseff primero y con la breve presidencia de Temer después– en invertir recursos diplomáticos en América del Sur; b) la desafortunada elección del expresidente Ernesto Samper al frente de la Secretaría General de la Unión de Naciones Suramericanas; c) la acefalía en la conducción de unasur desde principios de 2017; d) el fracaso de las gestiones de buenos oficios auspiciadas por el organismo con la participación de los exmandatarios José Luis Rodríguez Zapatero, Leonel Fernández y Martín Torrijos, ante la profundización de la crisis en Venezuela; e) la mediocre presidencia pro tempore de la Argentina entre abril de 2017 y abril de 2018 que nunca citó una cumbre de mandatarios, de cancilleres o de ministros de Defensa; f) la suspensión de la participación de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú y Paraguay en el bloque sudamericano justo cuando la presidencia pro tempore pasaba a Bolivia y h) la salida definitiva de Colombia (agosto 2018), Ecuador (marzo 2019) y Argentina (abril de 2019) del mecanismo de concertación.

La sepultura de unasur se materializó con la propuesta de los presidentes Iván Duque y Sebastián Piñeira de crear prosur. El lanzamiento formal de esta iniciativa en marzo de este año fue una nueva fuga hacia adelante del multilateralismo regional que se caracteriza por su alta formalización y baja institucionalización. El organismo nace en momentos en que Estados Unidos vuelve a proclamar la vigencia de la vetusta Doctrina Monroe y retoma el discurso propio de la “diplomacia de las cañoneras”. Según los proponentes de prosur, el propósito principal es la defensa de la democracia y de la economía de mercado, al tiempo que se pone de manifiesto la vocación expresamente ideológica de sus miembros. Su primer acto político fue una declaración suscrita por Argentina, Brasil, Colombia, Chile y Paraguay que apuntó a socavar la autonomía y la independencia de los órganos del sistema interamericano de derechos humanos: la Corte y la Comisión. Ello coincidió con el 40 aniversario de la visita que la CIDH a la Argentina en 1979, cuyo informe fue un punto de quiebre para visibilizar a nivel mundial el deplorable estado de los derechos humanos en el país. En síntesis, con todos sus límites y contradicciones, unasur apuntaba a concertar mientras prosur parece inclinado a denunciar.

Caja tres: la politización del multilateralismo financiero

A las pocas horas de que ocurriera el golpe de Estado fallido contra Hugo Chávez en abril de 2002, el Fondo Monetario Internacional (FMI) anunció su rápida disposición a asistir a la administración del golpista Pedro Carmona. Ni el Banco Mundial ni el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ni la Corporación Andina de Fomento se pronunciaron al respecto. Aprendida la lección, en 2011 y a raíz de la situación en Libia, el FMI indicó que reconocería al nuevo gobierno luego de que los 187 países miembros lo hicieran.

A pesar de aquella mala experiencia, el actual presidente del BID Luis Alberto Moreno, reconoció a Juan Guaidó como mandatario en Venezuela. Días después, la asamblea de gobernadores del Banco aprobó el remplazo del representante oficial del gobierno de Nicolás Maduro por un enviado –Ricardo Hausemann– de Guaidó. Para tomar esa decisión se debían obtener más del 50% de los votos. Estados Unidos con el 30% del poder en el directorio del BID, junto a Argentina y Brasil, cada uno con 11%, más Chile, Paraguay y Colombia le dieron el visto bueno al delegado del presidente de la Asamblea Nacional. Esto, a su turno, derivó en un incidente diplomático inédito: el Banco Interamericano de Desarrollo iba a celebrar su septuagésimo aniversario en Chengdú, China. Beijing, que reconoce al gobierno de Maduro, le negó la visa de ingreso a Hausmann –quien en 2018 había publicado una nota donde proponía una intervención militar de Estados Unidos, secundada por países latinoamericanos, para poner fin a la crisis venezolana. Estados Unidos amenazó con boicotear el encuentro en China si no se le otorgaba la visa al delegado de Guaidó; como no hubo respuesta positiva, el BID canceló su reunión en Chengdú. En resumen, por primera vez en la historia un banco de la región politizó la provisión de créditos a un país latinoamericano: y en su momento anunció que liberaría préstamos para Venezuela, si Maduro renunciaba.

Siguiendo la recomendación de Washington de identificar a los militares como protagonistas del “cambio” en Venezuela, América del Sur pareció dispuesta a convocarlos como actores centrales de la “transición” venezolana sin advertir el caos potencial que ello puede generar.

Caja cuatro: reivindicando la dualidad de poder

No han sido inusuales a lo largo del siglo XX los llamados “gobierno en el exilio”. Por lo general se trata de un líder y su grupo político de apoyo que argumentan ser legítimos en su país, pero, por motivos distintos, no pueden ejercer el poder; y por lo tanto deben residir en el extranjero. La eficacia de este tipo de gobiernos está ligada al respaldo que obtiene de distintos Estados y del nivel de soporte por parte de los ciudadanos en la nación de origen. La legitimidad de un gobierno en el exilio solo se logra cuando obtiene el poder legal en su propio país.

Por vía del Grupo de Lima y de PROSUR, América Latina en conjunto ha decidido ensayar con una nueva modalidad: validar la dualidad de poder en Venezuela a pesar de que uno de ellos –el que representa Guaidó– no posee ni ejerce ninguno de los atributos de un gobierno ni sus funciones básicas. Cuestionar la legitimidad de Maduro no garantiza, ipso facto, la legitimidad de Guaidó; y menos aun cuando Maduro dispone de los resortes y recursos fundamentales de un ejecutivo y, proporcionalmente, tiene un reconocimiento internacional mucho más cuantioso que el del presidente de la Asamblea Nacional. Este antecedente de habilitar la dualidad de poder en un país puede generar tensiones impredecibles en las naciones del área, hoy sacudidas por diversos grados de inestabilidad y polarización.

Caja cinco: la valoración de los militares

Con el advenimiento en la región de la nueva ola democrática de los años ochenta, en ningún caso institucionalmente complicado se contempló asignarles a los militares un papel clave para hacer frente a crisis políticas de envergadura. Así, en los casos de Jamil Mahuad en Ecuador, en 2000; de Hugo Chávez en Venezuela, en 2002; de Jean-Bertrand Aristide en Haití, en 2004; de Manuel Zelaya, en Honduras, en 2009; de Rafael Correa en Ecuador, en 2010; de Fernando Lugo en Paraguay, en 2012; y de Dilma Rousseff en Brasil, en 2016, la inmensa mayoría de los países latinoamericanos cuestionaron, impugnaron o desconocieron el rol de las fuerzas armadas como artífices para la gestación de un nuevo orden institucional o régimen político. Por el contrario, siguiendo la recomendación de Washington de identificar a los militares como protagonistas del “cambio” en Venezuela, América del Sur pareció dispuesta a convocarlos como actores centrales de la “transición” venezolana sin advertir el caos potencial que ello puede generar. El que mejor expresó la valoración del involucramiento de las fuerzas armadas, el mérito de su fractura y el papel de la región al respecto, fue el presidente Iván Duque, quien en una entrevista reciente para La Nación (10/06/2019) dijo: “Nunca antes había estado Venezuela tan cerca del fin de la dictadura… Se ha instalado un cerco diplomático como nunca se ha visto, con 50 países que reconocen la legitimidad de Guaidó. Todo esto ha permitido que se fracturen las fuerzas militares de Venezuela”.

Este tipo de afirmación es aún más inquietante en el marco de lo que llamo el retorno de la cuestión militar en la región, entendida como la participación de los militares en el manejo del Estado. La denominada “guerra contra las drogas” con su epicentro en Colombia, México y América Central ha mostrado los costos y estragos de la militarización de la lucha contra el narcotráfico y los efectos perniciosos de confundir las funciones de las fuerzas armadas y las fuerzas de seguridad. El peso del ejército en el Brasil de Jair Bolsonaro, el deterioro del posconflicto en Colombia y el fantasma de una eventual nueva ola de ejecuciones extrajudiciales a mano de los militares, la aparición de candidatos presidenciales de origen castrense en Argentina y Uruguay, y la participación de las fuerzas armadas en el combate contra el crimen organizado en Centroamérica, entre otros, son datos de alerta que no pueden obviarse. Empujar, consciente o inconscientemente, a que los militares venezolanos desempeñen un lugar decisivo en medio de la monumental crisis política que vive el país es ciertamente peligroso.

Caja seis: el humanitarismo instrumental

La situación humanitaria en Venezuela es francamente desoladora. Las penurias de la sociedad, en materia de alimentación, salud, provisión de energía, son enormes. Consecuentemente, se ha agravado la vulneración de derechos fundamentales. La suma de esas condiciones contribuye a acelerar el éxodo de venezolanos que, en gran medida, han migrado a los países vecinos de Suramérica. En esa dirección tuvo cierta relevancia la resolución de 2018 –23 votos a favor, 7 en contra y 17 abstenciones– del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas exhortando al gobierno de Nicolás Maduro a aceptar asistencia humanitaria. Sin embargo, con el correr de los días, Estados Unidos, con el acompañamiento del Grupo de Lima, fue transformando una necesidad humanitaria en un instrumento de acción diplomática tendiente a aislar a Maduro, producir algún tipo de reacción y una revuelta cívico-militar.

Latinoamérica se ha comprometido históricamente con los principios del humanitarismo y los postulados del Comité Internacional de la Cruz Roja; esto es, humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia y universalidad. Así ocurrió respecto a las crisis en América Central de finales de los setentas y principios de los ochentas; así aconteció respecto al prolongado conflicto armado en Colombia; así se verificó respecto a graves y recurrentes acontecimientos en Haití desde los noventas; y así se comprobó ante emergencias naturales a lo largo y ancho de la región durante décadas. Sin embargo, en el caso de Venezuela buena parte de los países de la región –en especial, los gobiernos de derecha de América del Sur– decidieron alejarse de una tradición que le había otorgado prestigio a nivel internacional. El evento emblemático fue la convocatoria de Juan Guaidó el 23 de febrero de 2019, para que ese día la ayuda humanitaria acumulada en Cúcuta, ciudad colombiana fronteriza, pudiera ingresar a Venezuela. Con ese propósito, y en un hecho inusitado, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, viajó a la frontera colombo-venezolana. Todo resultó un fiasco y el presunto “día D”, que sería el punto de inflexión de la crisis venezolana, no se concretó. En vez de confiar –como siempre lo había hecho América del Sur– en las agencias de la ONU y en la Cruz Roja para hacer efectiva la asistencia humanitaria, la región optó por instrumentalizarla –sin éxito– en función de una estrategia estadounidense orientada a provocar la caída del gobierno de Maduro.

Quizás algunos gobiernos de derecha en Suramérica hayan entendido lo costoso de modificar una tradición que supieron avalar administraciones de distinto signo ideológico. Es que “proteger lo humanitario” fue tácitamente, por décadas, una política común de diversos mandatarios y partidos en la región; “desprotegerlo” es, esencialmente, riesgoso.

En vez de confiar en las agencias de la ONU y en la Cruz Roja para hacer efectiva la asistencia humanitaria, la región optó por instrumentalizarla –sin éxito– en función de una estrategia estadounidense orientada a provocar la caída del gobierno de maduro.

Caja siete: silencio ante las sanciones

Es importante recordar que en América Latina, y a raíz de la imposición del bloqueo de Estados Unidos a Cuba, las sanciones materiales no gozaron de buena reputación. Con el transcurso de los años se pudo observar que tenían un escaso efecto sobre una apertura del sistema político y que además eran fuertemente repudiadas por la opinión pública en cada nación.

La normalización de relaciones diplomáticas de los países de la región con Cuba fue generando una convergencia en cuanto al rechazo al bloqueo; en especial mediante las votaciones anuales en la ONU. Obviamente, el bloqueo impuesto por Washington a La Habana durante décadas no puede equiparse con las recientes sanciones financieras, económicas y petroleras aplicadas por Estados Unidos a Venezuela. Sin embargo, es llamativa la ausencia de críticas de la región frente a su despliegue.

Usualmente, América del Sur no cuestionó el empleo de sanciones personales y focalizadas de Estados Unidos contra un país del área, que incluían la prohibición de ingreso al país y el congelamiento de cuentas bancarias, entre otros. El recurso a sanciones materiales y masivas significa un salto notorio en el arsenal punitivo de Washington. Por un lado, implica un uso selectivo de las mismas, cuyo criterio varía frente a lo que acontece en determinados países. Por el otro, las sanciones afectan al gobierno, pero también, y mucho, a la población: la administración dispone de menos ingresos, pero la sociedad sufre las privaciones derivadas de las sanciones. Ni los gobiernos progresistas ni los de derecha han impugnado la política de Estados Unidos y no pareciera existir la disposición de controvertir con la administración Trump en torno a este tema, pues uno y otro tipo de gobierno tienen una agenda delicada en relación a Estados Unidos.

Todo esto coloca al caso Venezuela –y a través de él a toda América Latina– en el centro de la “alta política”. la región se torna más visible y se ve envuelta en el juego geopolítico de diversos países poderosos con intereses y propósitos divergentes.

Lo último que se pierde

La crisis de Venezuela es, básicamente, producto de los venezolanos. La mejor alternativa es aquella que combine una salida política, jurídica y ética sólida y sustentable. Esa es, quizás, la única opción incruenta. Y ello implica un paquete de elementos entrelazados y sucesivos en el tiempo: diálogo político genuino, acuerdo aplicable y llamado a futuras elecciones.

Cualquier solución negociada tiene como fundamento lo que los expertos llaman un “estancamiento dañino” (hurting stalemate), en el cual ninguna de las partes puede triunfar y a la vez tampoco acepta ceder. Entonces, se instala la sensación (o el convencimiento) de que el conflicto entre las partes no va hacia ningún lugar. Y, a su turno, ambas partes empiezan a reconocer que los costos de continuar en la confrontación superan los hipotéticos beneficios de un triunfo pírrico. El punto entonces es si Venezuela se aproxima o no a ese “estancamiento dañino” y si los principales actores internacionales vinculados, de un modo u otro, a la crisis en que está sumido el país facilitan o no que se llegue a dicho impasse.

En este contexto, el reto de América Latina es retomar parte de sus mejores tradiciones para contribuir a una solución política y pacífica de la situación venezolana. Y en esa dirección, cabe la pregunta: ¿los gobiernos de derecha de América del Sur estarán dispuestos a modificar sus comportamientos y objetivos para alcanzar dicha salida, o seguirán secundando a Washington en una estrategia que puede producir aún más inestabilidad y mayor caos en Venezuela y la región?

Revista Crisis

ADOLFO ARIZA

ADOLFO ARIZA

Autor del Blog

La actualidad de Argentina y el Mundo, Noticias vistas desde Mendoza por el Profesor Adolfo Ariza. Realidad, Información y Medios de Prensa en notas con una mirada local y abierta.

Profesor y Licenciado en Literatura. Coordinador Área de Vinculación – Secretaría Desarrollo Institucional – UNCuyo entre 2008 y 2014 (Desarrollo Emprendedor). Responsable de Kusca Gestión Colaborativa para Empresas.

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ARGENTINA Y BRASIL: FRACTURA SOCIAL, SIN GOBERNABILIDAD A LA VISTA

ARGENTINA Y BRASIL: FRACTURA SOCIAL, SIN GOBERNABILIDAD A LA VISTA

ARGENTINA Y BRASIL: FRACTURA SOCIAL, SIN GOBERNABILIDAD A LA VISTA

 

Raúl Zibechi

https://mundo.sputniknews.com/firmas/201907191088069079-argentina-y-brasil-fractura-social-sin-gobernabilidad-a-la-vista/

Hoy, por casualidad, si creyera en las casualidades, encontré esta nota en Sputnik, agencia de información rusa (su nombre podría ahorrar la aclaración, aunque sería para mayorcitos como yo).

Hace algunos días que andaba pensando en armar una nota sobre el tema de la situación social en América Latina –origen, actualidad, caracterización social- y lo que encontré tiene ese sentido, aunque desde un punto de vista ideológico que no es el mío; de todos modos, tiene muchos elementos válidos para lo que es mi objetivo central en el blog: ayudar a nuestra clase media urbana a entender el mundo de hoy, y poder tomar las mejores decisiones para mejorarlo, y salir de esta crisis creciente.

“Mauricio Macri comenzó con buen pie, en 2015. Jair Bolsonaro empezó su gestión tropezando, en 2019. Luego de dos años tranquilos y hasta exitosos, Macri perdió la estabilidad y se despeñó.

Bolsonaro sigue cuesta abajo, con una popularidad del 33% a seis meses de empezar su mandato, los peores índices que se recuerdan en tres décadas. En ambos casos, hay oscilaciones, y las habrá cada vez más en los próximos años.

El aspecto común en los dos principales países de la región, es la fluctuación, la imprevisibilidad, los bruscos cambios de humor en sociedades que —más allá de puntuales entusiasmos— muestran hartazgo con la clase política, con sus promesas siempre incumplidas y una soberbia rayana en el desprecio por los demás.

Lo cierto es que estamos ante sociedades profundamente divididas. Este es el otro aspecto que comparten Argentina y Brasil, situación que se va volviendo habitual en la región. “La grieta” es como denominan los argentinos a esta profunda división política que no parece remitir y que reproduce hondas diferencias que se arrastran desde el primer tercio del siglo pasado, cuando se conjugaron el gobierno militar de José Uriburu y la irrupción del peronismo, para congelar una escisión social que es también cultural y de modos de vida.

En Brasil, una reciente encuesta de Datafolha muestra que el 58% desconfían de los partidos políticos y la institución en la que más confían son las fuerzas armadas, por la cual sienten simpatía el 42% de los entrevistados en tanto el 19% siente rechazo por los uniformados.

Incluso en Uruguay, probablemente la sociedad más democrática por el modo como resuelve sus contradicciones, se constata la aparición de fuerzas que parecían haberse evaporado del escenario político. Me refiero al partido de carácter militar Cabildo Abierto, encabezado por un general que se enfrentó al presidente Tabaré Vázquez, y al Partido de la Gente que reclama mano dura contra la delincuencia. 

Me parece necesario destacar que el profundo fraccionamiento de nuestras sociedades es de carácter estructural, no coyuntural, y que ha sido reforzado en los últimos años por diversos factores. Estructural porque los dos principales segmentos enfrentados, tienen historias precisas que se arrastran desde el siglo XIX y se han profundizado en las dos últimas décadas.

El primer aspecto es que estamos ante sociedades herederas del colonialismo, donde la casta que detentaba el poder devino en oligarquía de la tierra, generando una cultura política caudillista y el clientelar. Aunque aquella clase fue derrotada en casi todos los países (menos en Colombia y Centroamérica) por diversas insurgencias obreras, campesinas y gobiernos militares que realizaron reformas agrarias, la cultura oligárquica se reveló mucho más resistente y perdura hasta nuestros días, encarnada tanto entre partidos conservadores como progresistas.

La segunda cuestión es que el modelo extractivo vigente, anclado en los monocultivos, la extracción de hidrocarburos, la minería a cielo abierto, las grandes obras de infraestructura y la especulación inmobiliaria urbana, actualiza las relaciones coloniales con una ocupación vertical del territorio y marginando a la mitad de las poblaciones.

Esta economía especulativa, no productiva, que va de la mano de la hegemonía del capital financiero, divide las sociedades en mitades: quienes tienen empleo fijo y los precarios; los que pueden pagar salud y educación de calidad y los que solo acceden a servicios de pésima calidad; los que tienen viviendas dignas y los que están sumergidos en viviendas precarias; y así en todos los aspectos.

La mitad de la población que vive en la precariedad es objeto de políticas sociales, perciben menos de cien dólares mensuales de beneficios, y es vigilada de cerca por policías y guardias armados en sociedades cada vez más militarizadas. Un seguimiento de los casos de “gatillo fácil” en Argentina (la muerte de personas desarmadas por la policía) y de muertes violentas en Brasil, muestra una constante progresión desde comienzos de la década de 1990, justo cuando se implementaron las políticas neoliberales de las cuales el extractivismo es su última fase.

Es evidente que para gobernar una sociedad donde la mitad de la población no tiene derechos y naufraga en la pobreza, hay que emplear la fuerza. Estamos ante un aspecto estructural del modelo, que atraviesa a los gobiernos progresistas y a los conservadores, aunque éstos han profundizado los aspectos más regresivos como el despojo de las mayorías.

El tercer aspecto a tener en cuenta es que la fractura social y cultural vigente también es profundizada por las iglesias evangélicas y pentecostales que han arraigado, con diversos grados de profundidad, en toda la región. Estas iglesias no se limitan a trabajar dentro de sus locales, sino que desbordan su influencia en toda la sociedad, con medios de comunicación masivos y con fuerte impacto en el sistema político, sobre todo en Brasil y Colombia, con bancadas parlamentarias propias y con partidos que les son afines.

En general, estas iglesias profundizan las grietas preexistentes al enfrentarse con los movimientos feministas, con las sexualidades no hegemónicas y muy en particular con gais y lesbianas, con los pueblos negros e indígenas. Por momentos, en convergencia con sectores de la iglesia católica, parecen desear un retorno al pasado a través del rechazo al aborto y a los derechos colectivos de los pueblos.

El cuarto aspecto es que sociedades tan divididas y enfrentadas no pueden promover un crecimiento que incluya a la mayoría de la población y están destinadas a naufragar en conflictos que tienden a desmembrarlas. Mientras algunos analistas creen que una sociedad se cohesiona gracias al desarrollo económico, postulo que la realidad es la inversa: el crecimiento llega a sociedades que alcanzan un mínimo de cohesión, de objetivos comunes e imaginarios compartidos.

Las sociedades agrietadas que tenemos en este período en América Latina, muestran que esa división amenaza las libertades democráticas, la estabilidad económica y política y la existencia misma de algo que pueda denominarse como sociedad. O sea, de personas que se sientan parte de un mismo colectivo humano, con valores compartidos y acuerdos mínimos para la convivencia. Esta grieta no la puede resolver ningún político, ningún gobierno, si las personas que integran la sociedad no están dispuestas a aceptar convivir con las diferencias y los diferentes.”

ADOLFO ARIZA

ADOLFO ARIZA

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Profesor y Licenciado en Literatura. Coordinador Área de Vinculación – Secretaría Desarrollo Institucional – UNCuyo entre 2008 y 2014 (Desarrollo Emprendedor). Responsable de Kusca Gestión Colaborativa para Empresas.

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