OLIMPIA DE BETINA GONZÁLEZ POR ADOLFO ARIZA

OLIMPIA DE BETINA GONZÁLEZ POR ADOLFO ARIZA

Es una novela misteriosa.

No es casual, porque es parte de lo que la autora busca: “Lo que a mí me pasa como escritora no es tanto pensar que los humanos aprendamos de los animales, sino que los animales me parecen un gran misterio. Y creo que la literatura y la poesía tienen que recuperar esa cualidad misteriosa del mundo.” (https://www.lavoz.com.ar/numero-cero/betina-gonzalez-la-literatura-tiene-que-recuperar-la-cualidad-misteriosa-del-mundo/).

De ese mundo misterioso de lo animal y lo humano, entremezclados (¿son dos mundos?), con fronteras difusas, trata Olimpia.

Es una novela corta, Betina González habla de nouvelle como el formato narrativo necesariopara construir su historia como ese montaje de escenas cortas al que aspiraba.

Me pasó algo poco habitual con su lectura: podría haberla leído de una vez o dos, pero por líos personales la empecé y la dejé varios días, lo que me volvió a pasar en el segundo intento. En ambos (y en el tercero y definitivo también) tuve que hacer una relectura rápida porque me costaba recordar el hilo de las diferentes cosas que pasaban. Eso tiene que ver con esta estructura de la que hablo, y con los mundos que están atrás.

A la autora le interesa la ciencia como materia narrativa, y Olimpia es una novela de ciencia, sobre un experimento seguido paso a paso. Así lo dice “Creo que las escritoras de ficción compartimos con quienes hacen ciencia varias actitudes: curiosidad por los caminos posibles y los que se descartaron; el juego de ensayo y error; la experimentación y, sobre todo, esa ola en la mente —una combinación de emoción y pensamiento— que marca la chispa de la invención.” (https://www.infobae.com/cultura/2021/09/15/olimpia-lo-cientifico-como-energia-narrativa/).

En la novela el científico es Mario Ulrich, que ha heredado una fortuna y tiene una gran casa junto al río en la que realiza un experimento al que dedica su vida con fanatismo. Su esposa es Lucrecia, una chica que se ha dedicado a los saltos ornamentales en cuerpo y espíritu, y que va a participar del experimento hasta cambiar su vida y comprensión del mundo.

¿En qué consiste este experimento?

“Criar al hijo que han concebido junto a una mona, la Olimpia del título, sin hacer diferencias, como si fueran hermanos, para indagar qué hay de cierto en la idea de que lo que llamamos humano es un añadido al sustrato animal que la sociedad modela, para llevarlo a un nivel que nos distingue de las bestias.” (La Voz)

Así aparece Olimpia, que no puede hablar, pero que tiene medios de comunicación y que evoluciona en el transcurso de la novela, aunque no sepamos bien qué terminó siendo.

“-Es perfecta-dijo Lucrecia desde la escalera. Iba en camisón y tenía a Blas en brazos. Acababa de sentir el llamado de la mona, una conmoción de la sangre galopándole en los oídos, un calor o un vacío en el estómago tan fuerte que en ese mismo momento se le ocurrió su nombre: Olımpia.”

Pero no son las únicas voces y visiones de mundo que aparecen en la narración: Carmen, una señora que trabaja desde siempre en la casa donde el matrimonio vive, y que maneja como si fuera suya, porque quiere que nada sea cambiado en ella (aunque esa actitud se modifica con el correr de la novela). Se agregan la enigmática Esmeralda, una chica de ideas anarquistas que se incorpora al trabajo doméstico, un cazador muy particular, Juan Averá, que vive de conseguir animales con los que tiene una relación muy especial y que es capaz de venganzas pacientes, como lo demuestra en la obra. Finalmente, está Amarillo, un perro con el que han experimentado quitándole un pedazo de cerebro, y que se transforma en otro animal, “un lobo amarillo”, pero que no actúa como lo hacen los perros comunes y piensa (sí, así se narra en la obra).

La autora cuenta así la génesis de la obra:

“Sé que Olimpia arrancó mucho antes de sus primeras líneas, a lo mejor con mis dos libros anteriores. Siempre me habían interesado las historias de niños salvajes, chicos que sobrevivían al abandono o al accidente gracias al cuidado de los animales. Aunque hay ejemplos muy antiguos en los mitos como el de Rómulo y Remo, es el siglo XVIII el que se llena de estas historias en las que la sociedad asiste al rescate de estos seres exhibidos en ferias científicas y en las cortes europeas para luego transformarse en la incomodidad particular de algún noble que no sabe qué hacer con ellos. Descubrir que la mayoría de esos casos de niños ferales eran fábulas salidas de una filosofía obsesionada con probar el valor de la cultura y la supremacía de “lo humano” no me decepcionó. Al contrario. Hay una historia de las ideas que se cuenta sola en cada niño feral, igual que en cada fantasma que se aparece a los vivos y en cada objeto volador no identificado que cruza nuestro cielo.” (Infobae)

Cuatro años demoró en producir esta novela de 211 páginas. Vio películas, leyó libros de historia, filosofía y psicología. Trabajó sobre el feminismo, el anarquismo. Estudió sobre los perros, y algunos otros temas.

Ubica la novela en la década del 30 del siglo pasado y justifica así su elección:

“–Porque fue una época violenta en términos políticos y la narrativa no estuvo exenta. Ya Leopoldo Lugones había construido una ficción fantástica en torno a los monos y la animalidad. También emergen Horacio Quiroga y sus cuentos, tan geniales como perturbadores.” (https://www.clarin.com/cultura/betina-gonzalez-escritora-resuena-bordes-cultura-buscas-historias-cierran-_0_nteH-JlFx.html)

De hecho, hay una relación concreta con Yzur, un cuento de Las fuerzas extrañas de Leopoldo Lugones, sobre un mono que puede hablar, pero que no lo hace para que no lo esclavicen.

Ulrich busca reproducir un experimento del científico Winthrop Kellog (propio de esa década que menciono), que hizo una serie de experimentos con una mona y su propio hijo intentando averiguar qué separa a los animales de los seres humanos. Quería averiguar si, dado que la adquisición de lenguaje era el rasgo distintivo de las personas, esa mona podía aprender a hablar dadas ciertas condiciones.

Es la inversión de lo que les pasó a los niños ferales, aunque no sepamos bien qué hubo de verdad y falsedad en esas historias.

Lo hizo con Olimpia, la mona, y Blas, su pequeño hijo.

Lo que sucede es lo imprevisible que subyace en la experimentación científica:

“–Lucrecia empieza a encontrar un rol maternal pero animal, conectando con su cuerpo. En el vínculo con la mona, reconecta con su animalidad y con su vitalidad, de alguna manera. Me parece que eso es parte de lo que implica abrirse al misterio del animal. Y nosotros también somos animales, atravesados por la cultura, pero seguimos teniendo esa posibilidad. Algo que, me parece, le envidiamos al animal es esa capacidad de vivir en el presente.” (LaVoz)

La novela es una búsqueda en las preguntas que se le ocurren a la autora sobre lo animal y lo humano. Más que respuestas aparece lo que la narración y los personajes van construyendo, sin que Betina se lo proponga. Por ejemplo, Amarillo es una especie de Frankestein que le dio una suerte de voz al animal.

Lo que sí pone la autora es su visión de la época y de sus características, no solo del momento en que se desarrolla la novela, sino también de la actualidad y del pasado.

“Es decir, la dominación de género es anterior a la esclavitud como sistema. Es el mismo discurso de la supremacía de lo humano. Y sabemos que detrás de esa supremacía está el varón blanco heterosexual como modelo.” (Clarín)

No estoy seguro de las ventajas de contar con tanta información como la que hay sobre Olimpia, sobre todo cuando es la misma autora la que la aporta. Espero haber logrado una nota consistente.

Podría desarrollar más temas sobre la novela. Pero eso excedería el sentido de este blog, que solo intenta acercar a los lectores elementos que colaboren en la lectura.

Lo que sí, la novela merece ser leída, y tal vez releída, porque no siempre todo lo que encierra la narración aparece a la primera vez, pero es una obra muy interesante de una escritora profunda y reflexiva, y que sabe narrar.

¿De quién hablo?

Betina González

Nació en Villa Ballester, en 1972. Es una escritora multipremiada. Ganadora del Premio Clarín Novela 2006 con “Arte menor”, publicó también el libro de relatos “Juegos de playa”, ganador del Segundo Premio Fondo Nacional de las Artes en el mismo año, y “Las poseídas”, que en 2012 recibió el Premio Tusquets de Novela, y podría seguir.

Trabaja como profesora de Escritura y de Semiótica en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de Nueva York en Argentina (vivió muchos años en EEUU y es bilingüe).

Espero que este comentario les sea útil para su lectura.

LAS AVENTURAS DE LA CHINA IRON DE GABRIELA CABEZÓN CÁMARA POR ADOLFO ARIZA

LAS AVENTURAS DE LA CHINA IRON DE GABRIELA CABEZÓN CÁMARA POR ADOLFO ARIZA

Es la primera obra de esta autora que leo. También me la recomendó mi hija, pero anduvo dando vueltas por mi escritorio un par de meses, porque siempre hubo urgencias.

No es una escritora nueva, aunque yo no la conociera, ni sin fama. Veamos:

Gabriela Cabezón Cámara (San Isidro, Buenos Aires, 4 de noviembre de 1968) es una escritora y periodista argentina. Se la considera una de las figuras más importantes de la literatura latinoamericana contemporánea, además de ser una destacada intelectual y activista feminista.

Ha publicado dos novelas: La Virgen Cabeza y Las aventuras de la China Iron, cuya versión en inglés fue nominada al prestigioso Premio Booker Internacional. Entre las principales influencias que definieron su vocación y estilo, Cabezón Cámara ha reconocido a Patricia Highsmith, Rodolfo Walsh, Nestor Perlongher y Osvaldo Lamborghini.

Trabajé mucho en mi etapa de la F. F. y Letras sobre el tema de la gauchesca dentro del contexto de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX. También estudié el tema de Civilización y barbarie a partir de Hernández y Sarmiento. O sea, que de lo que habla la novela de Cabezón Cámara me era muy conocido y trabajado. No por ello me resultó menos sorprendente su narración.

Es una novela de menos de doscientas páginas, pero de una magnitud literaria enorme. Es como el cofre que llevaba en la carreta la inglesa con la que se va la China por la pampa, que parecía un pozo insondable del que nunca terminaban de salir objetos, muchos casi maravillosos.

¿QUIÉNES SON LAS PROTAGONISTAS?

Son dos mujeres: la China Iron (la joven mujer de Martín Fierro, que quedó sola cuando a Fierro se lo llevaron en una de las levas que hacía el Gobierno para arrear gauchos a los fortines de la frontera con los indios) y Liz, una escocesa que busca a su marido, que también había sido levantado en una leva.

La China (con mayúscula), o Josephine Star Iron (como la llamó Liz (Iron por Fierro, y Star porque le hubiera gustado llamarse Estreya, como su perro)) o Tararira, nombre que se da a sí misma en el final de la transformación de su vida ya en el mundo del río Paraná, es la muchacha solo mencionada como la china en el Martín Fierro, quien la había ganado en una partida de truco cuando tenía solo solo doce años.

Ella no busca a Fierro como Liz busca a su marido, al contrario, está escapando, incluso ha abandonado a sus hijos en el pobre rancho en que vivía, dejándolos a cargo de una pareja de viejos.

Las dos comienzan un viaje de exploración por la pampa argentina de finales del siglo XIX: van en una carreta tirada por bueyes, con el perro de la China, Estreya, y un gaucho medio indio, astuto y leal, llamado Rosa (Rosario).

Se hace necesaria una primera consideración técnica: es un relato de viaje.

Este es un género literario en el que el autor escribe acerca de uno de sus viajes, de las personas que en él ha encontrado o conocido, de las emociones sentidas o aquello que ha visto o aprendido. Puede estar basado en hechos reales o ser una construcción especulativa o ficticia, pero en el transcurso del viaje se dan transformaciones en la vida y el ser mismo del viajero.

El tema del viaje es un tópico reiterado en la literatura universal. La Odisea de Homero es un relato épico de viaje, por ejemplo.

Es evidente que en muchos casos estas transformaciones son un proceso de aprendizaje, lo que nos lleva a otro género: el de las novelas de aprendizaje

La novela de formación o novela de aprendizaje es un género literario que narra la transición de la niñez a la vida adulta. Se denominó Bildungsroman en alemán, y fue acuñado por el filólogo Johann Karl Simon Morgenstern en 1819.

O sea que, de movida, la novela participa de dos géneros que tienen que ver con búsquedas personales, con ir de un lugar a otro, con migrar, no solo físicamente.

Otro rasgo clave: es una migración de dos mujeres que muy poco tenían que ver entre ellas, salvo el género y la decisión de buscar más allá del horizonte.

Esta migración llega a convertirse en una idea que viaja y cambia, como el río y sus afluentes, “como una dinámica del existir, como lo otro del ser, como la alteridad que significa una perspectiva nueva, que es feminista, pero la trasciende como renovada concepción del mundo y el modo de ser en el mundo. Migración como cambio permanente.” (https://www.escritores.org/recursos-para-escritores/recursos-1/colaboraciones/29082-las-aventuras-de-la-china-iron-de-gabriela-cabezon-camara).

Recordemos lo de activista feminista.

Es inevitable que la novela tenga una fuerte impronta ideológica, llevada con sutileza la mayor parte de la novela, pero, que, al final, cuando termina (o sigue) el viaje entre las islas de Paraná –lugar idílico y perfecto-, se instala con fuerza y devora lo narrativo.

¿QUÉ IDEAS?

La idea de libertad, a partir de una concepción sexual resueltamente liberadora, cobra otro sentido también en la mirada sobre el sitio del hombre y la mujer en el universo y más precisamente, en ese universo que imagina y construye el deseo libre. El desierto cede al deslizamiento del lenguaje y es, en la Tercera Parte, una “tierra adentro”, un adentro acuático que es, ahora, “paraíso”. Dice la China: “Hay que vernos, pero no nos van a ver”. Ya han salido del plano en que los hombres pueden alcanzarlas. Están en mundo cuasi perfecto, primigenio, esencial.

Están en un ecosistema femenino. Tal vez la cita siguiente aporte algo más, pero lo que está claro es que es una novela atrapante, aunque que no fácil, porque es un planteo a fondo, desde las búsquedas del mundo de hoy:

“Lo que distingue a la mujer del hombre, no es tanto su afinidad con la naturaleza por las funciones orgánico-naturales que cumple como mujer (gestación, maternidad, cuidado de la casa y la progenie), sino en su resistencia a subsumirse dentro de un orden plenamente racional, su amalgama de inteligencia y sensibilidad y su renuncia a doblegar las emociones y sentimientos bajo el régimen de la lógica racional” (Leff Enrique, Ecofeminismo, el género del ambiente. Polis, Revista latinoamericana. 9-2004 (2/10/2012))

En ese viaje se despliega la visión de Cabezón Cámara de esa Argentina en camino a su institucionalización (1880, la Capitalización de Buenos Aires, la época en que se publica la segunda parte del Martín Fierro (La Vuelta de Martín Fierro es 1879)).

¿QUÉ HABÍA NARRADO HERNÁNDEZ EN EL GAUCHO MARTÍN FIERRO EN 1872?

Wikipedia dice: “En «La ida», Martín Fierro es un gaucho trabajador al que la injusticia social del contexto histórico lo vuelve un «gaucho matrero» —es decir: un gaucho fuera de la ley.”

Esa fue la denuncia de Hernández en La ida, una obra central para entender esa etapa del país: la vida desgraciada de los gauchos por la política del Gobierno (en esos años el Presidente era Sarmiento al que va dirigida su crítica) y los abusos de los terratenientes, jefes del ejército, policía y otros cómplices.

Hernández era parte de esa clase dirigente que quería consolidar un proyecto de país para Argentina, que tiene que ver con parte de los ideales de Mayo, y que se consolida en la Generación del 80, pero que rechazaba lo que dijo Sarmiento en una carta a Mitre: “…no trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono necesario, útil al país. La sangre es lo único que esos salvajes tienen de humanos”.

La visión de Cabezón Cámara de Hernández es muy negativa. A su estancia llega la carreta de Liz y la China, y las recibe un hombre viejo, un borrachín, que solo sabe hablar de cómo habría que hacer para transformar ese mundo bárbaro y primitivo en algo civilizado y progresista.

Esa etapa del viaje es terrible y brutal, y las mujeres huyen llevándose lo que necesitan para desarrollar el proyecto que buscan, aunque no lo supieran todavía, y que se manifiesta al final.

Poco se salva de ese mundo pampeano de los gauchos: China es una luz de esperanza, que busca y ve otras cosas, sobre todo en la naturaleza, en esa pampa dura, inclemente, pero llena de vida.

EL PAISAJE EN LA NOVELA

No es común encontrar en la narrativa descripciones como las de la novela: no son breves, pero son como meterse en la tierra, en las plantas, en los animales, en el cielo y las nubes, y describir desde ahí la esencialidad de la naturaleza, que es femenina, como Liz y la China.

Así llegan a las tolderías, y se instalan con los indios asimilándose a su vida dura, pero bella en la narración de autora, un mundo lleno de color, luminoso y radiante, con hombres y mujeres que viven en libertad, donde se aman libremente sin las limitaciones del mundo patriarcal que la autora denuncia.

Es un paraíso –distinto de lo que conocemos en otras narraciones que describen las tolderías y la vida que se desarrollaba allí, como Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla o La guerra al malón del Comandante Prado.

El tema de indio en la literatura argentina de esa época merece algunas aclaraciones: en la literatura romántica aparece, como modelo, en Atala de Chateaubriand (1801). Allí se lo presenta como el buen salvaje, que recoge la creencia de que los seres humanos, en su estado natural, son desinteresados, pacíficos y tranquilos, y que males como la codicia, la ansiedad y la violencia son producto de la civilización, como planteó Rosseau.

Sin embargo, los románticos argentinos no consideran así a los indios. Recordemos La cautiva de Esteban Echeverría (1837). Nuestros escritores de esa época son antes que escritores, hombres de la política (Wilde, Sarmiento, Hernández y otros) que tenían como modelo cultural a Francia, y económico a Inglaterra. Por lo tanto, los indios no eran seres irreales, eran quienes habitaban las pampas, y significaban un obstáculo para su proyecto agroexportador.

Por eso, Hernández, aunque defiende al gaucho, descalifica al indio, mostrándolo como un ser violento y brutal.

Cabezón Cámara ataca esta visión en la novela presentando al indio como un ser ideal, utópico. Ya estamos en la tercera y última parte de la novela: Tierra adentro, donde el viaje termina en el Paraná, en el agua, donde todo se mueve y cambia, sin fronteras geográficas, ni de género, ni de especie (“la risa se nos salía de los pulmones a todos los animales de la carreta”), ni de lengua.

En toda la novela aparecen mezcladas frases en castellano y en otras lenguas. Primero, el inglés de Liz, después, el mapuche. En la última etapa, los viajeros son los Iñchiñ, pronombre en mapuche que significa nosotros dos, una manera de llamar a un pueblo nuevo, fantasma, inasible, que puede estar en cualquier parte, que va estar con total seguridad, pero al que veremos si ellos lo quieren. También en esta última etapa será el guaraní la lengua que exprese la esencialidad y la belleza de ese mundo nuevo: Yvyra son los árboles o el bosque; Fierro es Kurusú Fierro, su nombre de mujer por Cruz, el amor perdido; ysyry es el río, el Paraná que es el ámbito final y perfecto al que llegaron después de la pampa. Es el Paraná y sus afluentes, y la naturaleza elemental pampeana se transformará en la riqueza de la vida en las islas y sus canales y habitantes: es una naturaleza que explota como la China y el grupo de los migrantes.

Esta transformación de Fierro se narra en una reversión de las coplas del Martín Fierro, no solo en lo estilístico: la estrofa hernandiana tenía seis versos de rima abbccb, o sea el primer verso libre; el Fierro de Cabezón Cámara también escribe versos, pero ya el primer verso no es libre, pero hay cambios más profundos. Dice Fierro:

Cuando llegamos acá

Nos fabricamos un toldo,

Como lo hacen tantos otros,

Con unos cueros de potro,

Con su sala y su cocina

Fuimos felices con Cruz.

En estos aspectos la autora plantea la sexualidad de una manera totalmente distinta de la tradicional, no solo del siglo XIX, sino de hoy.

Son varias escenas de erotismo y sexo explícito en la novela: la primera, entre Liz y la China, es de una fuerza y belleza difíciles de describir.

Hay que leer la novela, ya lo digo.

Hemos hablado del viaje, y ese viaje es hacia la libertad, completa, sin matrices patriarcales, lo que incluye, claro, al sexo.

Las aventuras de la China Iron cuestiona y reformula no sólo la historia del poema gauchesco de Hernández, sino también los modos de escritura propios del siglo XIX, con una mirada femenina, una nueva sensibilidad que vive la alteridad no como amenaza sino como exploración, como posibilidad de aprendizaje de una perspectiva nueva, de encuentro.

El jurado del Booker Prize lo definió con precisión: “Maravillosa reelaboración feminista y queer de un mito fundacional americano (…) con un lenguaje y una perspectiva tan frescos que cambian 180 grados la idea de lo que una nueva nación americana podría ser.”

Queer es un término tomado del inglés que se define como «extraño» o «poco usual». Se relaciona con una identidad sexual o de género que no corresponde a las ideas establecidas de sexualidad y género. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en el documento publicado en noviembre de 2015, afirma que existen diferentes aproximaciones al término queer como categoría identitaria. Por un lado, es utilizado como “término paraguas” por la gama de orientaciones sexuales e identidades que van mucho más allá de “LGBT”. Asimismo, el concepto “género queer” es un término general para las personas cuya identidad de género no está incluida o trasciende la dicotomía hombre/mujer.

En la actualidad describe una corriente de pensamiento y una actitud vital que alienta a actuar con libertad de género, afectos y sexualidades.

En este punto de una demasiado larga entrada, debo confesar que he sido preso de mi propia metáfora: la del cofre. Nunca termino de sacar cosas, como Liz, y queda mucho más, como para escribir un ensayo no breve.

¿QUÉ QUEDA?

Por ejemplo, la figura de la cautiva que forma parte del mundo de Gabriela Cabezón Cámara, escritora que, hasta ahora, ha releído ese mito fundacional de la literatura argentina desde dos perspectivas. En Beya (2011) escribió sobre la violencia de los cuerpos. Ahora, en el clásico viaje del héroe, la protagonista atraviesa un doloroso camino hasta lograr su liberación.

Pero, me detendré acá, incluso he escrito demasiado para el objetivo inicial de colaborar con la lectura de la novela. Me llevó puesto esta novela bella y distinta, y mi viejo amor por el tema del gaucho.

De todos modos, sin ninguna duda, léanla, es un punto de inflexión en la vida de un lector/a.

NOVELAS DE TERROR: ¿QUÉ ES EL MAL HOY? TODOS LOS DEMONIOS ESTÁN AQUÍ DE MARCELO FIGUERAS POR ADOLFO ARIZA.

NOVELAS DE TERROR: ¿QUÉ ES EL MAL HOY? TODOS LOS DEMONIOS ESTÁN AQUÍ DE MARCELO FIGUERAS POR ADOLFO ARIZA.

Es una novela de terror. Tengo poca experiencia en este subgénero de la novela, y aquí debo hacer una digresión personal:

Cuando era niño, -tal vez diez años- escuchaba todas las tardes, por radio, una novela de Tarzán, el Rey de la selva, mientras tomaba el café con leche. En mi casa de Las Heras, teníamos una radio bien grande, de madera, sobre la heladera, frente a la mesa de la cocina. Un día, empezó un capítulo que tenía que ver con algunos seres sobrenaturales de los que recuerdo sus quejidos fantasmales. Me asusté mucho, apagué la radio y no volví a escuchar la novela de Tarzán.

Supongo que por eso –yo, un lector total, ya entonces- no leí casi nunca novelas de terror, salvo una ojeada a Frankestein. Evité el género, incluso, y más, en el cine.

Casualmente, si existiera la casualidad, dentro de las lecturas elegidas para este blog, leí y comenté

DISTANCIA DE RESCATE DE SAMANTA SCHWEBLIN (https://www.miradasdesdemendoza.com.ar/2020/08/29/distancia-de-rescate-de-samanta-schweblin-por-adolfo-ariza/)

y

ÉSTE ES EL MAR DE MARIANA ENRÍQUEZ (https://www.miradasdesdemendoza.com.ar/2021/03/22/este-es-el-mar-de-mariana-enriquez-por-adolfo-ariza/)

Ahora, después terminar de leer la novela de Figueras, encontré una entrevista suya en Página 12 (https://www.pagina12.com.ar/371822-marcelo-figueras-publica-todos-los-demonios-estan-aqui), en la que dice:

“-El peso del género de terror en la literatura argentina contemporánea es cada vez más evidente. Lo atribuyo a que vamos cayendo en la cuenta de que pocos géneros se prestan mejor a contar la experiencia vivida en este país durante el último medio siglo. Con la excepción de un par de interregnos, estuvimos casi todo el tiempo inmersos en una de terror. Es lo que ya vienen haciendo desde algún tiempo autoras como Samanta Schweblin y Mariana Enríquez: abrirnos los ojos para que entendamos que nuestra sociedad no conoce nada parecido a lo que podríamos llamar “normalidad”. Nuestra norma, en todo caso, es la crueldad de los más poderosos y lo siniestro que se oculta detrás de lo mundano.”

Fue un relámpago en mi cabeza: vislumbrar una propuesta distinta para las novelas de terror, no tanto en lo histórico, sino en lo contemporáneo y argentino, aquí y ahora.

Esta, su octava novela, se desarrolla en un escenario de terror también: Buenos Aires de finales de 2001, en las once semanas terribles que antecedieron al estallido del 19 y 20 de diciembre, todavía vívidos en la memoria de los argentinos/as.

Volveremos sobre esto, después de hacer algunos comentarios sobre lo que son las novelas de terror.

Si intentáramos definir el subgénero por el propósito –teniendo en cuenta de que hay muchas alternativas y mezclas que impiden definiciones rigurosas-, podríamos decir que explora situaciones terroríficas que despiertan en el lector temores ocultos. Esas situaciones pueden ser naturales o sobrenaturales.

Hay que diferenciar entre horror y terror literario.

El terror es el sentimiento de temor que tiene lugar antes de que pasen las cosas. La lectura produce en nosotros ideas y especulaciones sin que aparezca algo terrible que lo justifique. En cambio, el horror es el sentimiento que nos invade después de que suceden los hechos, en los que algo o alguien –un monstruo o criatura- se sale de las reglas del mundo que la rodea.

Ambos coexisten, o pueden coexistir, en las novelas de terror, y se puede considerar el horror y el terror como niveles. Stephen King –al que sigue Figueras después de leer, cuando niño, Salem’s Lot (La hora del vampiro), su segunda novela- añade un tercer nivel, aún más terrible para el lector: la repulsión. Aquí aparecen cuerpos destrozados, asesinos demenciales y feroces, sangre y líquidos y olores repugnantes.

¿QUÉ ELEMENTOS CARACTERIZAN A ESTAS NOVELAS?

  • Deben cultivar el miedo, poniéndonos enfrente de hechos inquietantes, que despierten nuestros propios temores.
  • Tienen que crear y mantener atmósferas que nos hagan sentir permanentemente que algo terrible u horrible está por pasar.
  • Muchas veces incluyen elementos o presencias sobrenaturales, como vampiros, brujas, fantasmas, zombies y extraterrestres.

¿SE DAN ELEMENTOS COMO ESTOS EN LAS NOVELAS QUE HE MENCIONADO?

En Enríquez, por ejemplo, están las musas y el supra y el inframundo; en Schweblin, el curanderismo rural y la transmigración de almas, pero en Todos los demonios están aquí es donde se da un mundo de terror más complejo y profundo, lleno de acotaciones teológicas y filosóficas.

La obra se desarrolla, además de en ese Buenos Aires en explosión, en una isla del Tigre, una especie de sucursal del infierno –eso lo vamos descubriendo junto con el protagonista-narrador de la novela (Tomás Pons)- hasta quedar inmersos en un mundo sobrenatural y horroroso.

Como es una novela de avance policial, en la que no sabemos cuál será el desenlace, diré muy poco sobre lo que sucede en la narración, pero sí les aseguro que el terror y el horror nos van rodeando mientras leemos hasta formar un nube algodonosa y pegajosa.

En esa isla, en una mansión antigua, funciona un instituto neurosiquiátrico en el que entra a trabajar el psiquiatra Tomás Pons, que va a ir descubriendo que no es una institución común, sino todo lo contrario, en la que él y toda su historia familiar se van a ver involucrados.

Un aspecto central de la novela, que es su eje, y el verdadero monstruo, es el Mal. Según la ideología de los que crearon esa institución neurosiquiátrica, dentro de una concepción tomista, es la Privatio boni, la ausencia del bien (“La ausencia del bien, también conocida como teoría de la privación del mal, es una doctrina teológica y filosófica en la que el mal, a diferencia del bien, es insustancial, por lo que pensar en él como una entidad es engañoso. En cambio, el mal es más bien la ausencia o la falta de bien” (Wikipedia (inglés)).

Figueras no piensa así, cree que hay malos concretos –de antes, como Hitler o Stalin, o contemporáneos como Videla o los que condenan a la gente al sufrimiento como Cavallo o las fuerzas represoras, en ese 2001 de la novela. Esos malos –tantos son- tienen que ir al infierno.

¿Dónde está el infierno?

Copio una de las citas en el comienzo de la segunda parte: El infierno está vacío y todos los demonios están aquí Wililiam Shakespeare.

Por supuesto, si hablamos del infierno, es difícil eludir La Divina Comedia de Dante Alighieri. En uno de los arcos de la mansión neurosiquiátrica, se puede leer:

Lasciate ogni speranza, voi ch’intrate (CIII, 9) (La divina comedia) (Dejen toda esperanza, los que entren)

Sin embargo, el Mal y el infierno están en muchos lugares, además del neurosiquiátrico del Tigre, que tiene un valor metafórico.

Están en las calles de Buenos Aires, en la crisis del 2001, y también en mucha gente, que son como nosotros.

Dice Figueras en la entrevista:

“… me parece que es uno de los motores del libro, es eso de qué es el mal en el mundo contemporáneo. Nosotros fuimos educados en una idea muy definida del mal, que tenía que ver con los pecados y las jerarquías de réferis espirituales, que en general eran los curas y la autoridad eclesial, que te decían si te ibas a salvar o no. El tiempo ha pasado, hemos crecido, … y también está la sensación de que el infierno es una fantasía más, como cualquier otra. Ya no pensamos en términos del mal como una fuerza actual. De ahí que me gustara pensar en qué siento que puede ser el mal en este mundo. De ahí que pensé en la indiferencia”.

Habla también de que no podemos salvarnos solos. “… Porque si se empieza a pudrir mal va a ser muy difícil que alguien se salve, incluyendo a Elon Musk,”

En Distancia de rescate también aparece el Mal que afecta a la sociedad. Dije en mi blog: “podríamos arriesgar que se trata de una de las primeras novelas argentinas en ocuparse del campo como escenario en el siglo XXI, de la transformación de ese espacio verde y bucólico de los siglos XIX y XX en pesadilla agrotóxica, y no sería tan errado”

Y sobre Este el mar, escribí: “Enríquez ve, como derivación de esa crítica social, a la ciudad también como una catedral de cemento y horrores. Decía en’Marea nocturna’ que su relación con el terror es un perfecto reflejo de la vida anónima e insensible en las ciudades: éstas y su ritmo acelerado te obligan a dejar que lo terrible, aunque suceda a nuestro alrededor, siga su curso. Y de ese modo te distancias del otro, del diferente.”

Figueras terminó de escribir la novela durante la pandemia.

“Pocas cosas más propias del género de terror que una epidemia descontrolada –dice Figueras-. Hay cantidad de narrativas con ese tema, como el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, o “La máscara de la muerte roja” de Edgar Allan Poe, que es uno de mis cuentos favoritos y perfectamente podría referir a la Argentina de los últimos cincuenta años, con ese grupo de ricos que se encierra en un palacio lleno de vituallas y piensan que por eso la peste se va a detener del lado de afuera de la muralla, mientras los pobres mueren y ellos danzan y beben y comen pantagruélicamente. Este contexto de terrorífica incertidumbre me parece que fue una buena caja de resonancia para trabajar esta novela”.

O sea que las “situaciones terroríficas que despiertan en el lector temores ocultos” son aprovechadas para montar sobre ellas hechos –no menos terroríficos- pero que son lo negativo y terrible de la realidad cotidiana.

Esta vuelta de tuerca me parece muy interesante porque esos aspectos quedan realzados de una manera distinta, y llegan a nosotros con un impacto que, de otra manera, no lo tendrían y hasta quizás permanecerían ignorados.

Cuando Tomás, el protagonista narrador, y dos miembros del geriátrico -Instituto Jenseits (Más allá, en alemán)- corren por los túneles del subterráneo en el centro de Buenos Aires debajo de donde se desarrollan los tumultos populares con gases, caballos, tiros, barricadas en llamas, muertos y heridos, sentimos que estamos de verdad en el infierno que se desató en Argentina en el 2001.

Es más que una metáfora, es la realidad misma que, con el terror se nos mete debajo de la piel, y ya no podremos olvidarlo jamás.

Me ha parecido que esto es lo más relevante de esta novela que recomiendo fuertemente leer, aunque no te guste el género de terror. Es una experiencia fuerte, y vale la pena.

No he querido comentar otros aspectos importantes de la novela: el manejo del suspenso, la creación de personajes que, aunque extraños, tienen una realidad a veces espeluznante, las descripciones del paisaje (Buenos Aires, el Tigre) que ambientan perfectamente el terror de la acción, etc. Lo he evitado porque ya se ha estirado mucho la longitud de la entrada, y porque voy a apostar a que lean la obra.

Es una obra culta, llena de referencias a películas, a la Historia, a filósofos, a pintores. Más de una vez tuve que googlear temas, como lo de la Privatio boni, que menciono arriba, pero no se pierde el interés por la narración, al contrario, gana en profundidad y sentido.

TODAVÍA EN ARGENTINA NO HEMOS SALIDO DEL INFIERNO: LOS POBRES SIGUEN ESTANDO AHÍ, Y LOS RICOS –QUE DANTE PONDRÍA EN ALGÚN CÍRCULO HORRENDO, JUNTO CON LOS OTROS RESPONSABLES DE NUESTROS PESARES- TAMBIÉN.

QUE LA LECTURA NOS AYUDE A BUSCAR SALIDAS PARA NUESTRA PATRIA Y EL MUNDO, PORQUE EL PARÁISO TAMBIÉN EXISTE.

LOS PICHICIEGOS DE FOGWILL POR ADOLFO ARIZA

LOS PICHICIEGOS DE FOGWILL POR ADOLFO ARIZA

Compré este libro en el 2014 para mi hija que lo tenía como lectura en una materia del Normal donde estudiaba Profesorado en Lengua. Hace unos días me lo trajo para leerlo y publicar una entrada en este blog.

No había leído nada de Fogwill, sociólogo, publicista y definitivamente irreverente escritor, que decía: “Creía en mí, no en la literatura””.

Esto es muy importante porque no es un escritor común:

“Y por lo general, por no decir casi siempre, el yo de Fogwill (potente, disruptivo, cáustico, fascinante, intimidatorio, encantatorio, perturbador, rotundo) es empleado como punta de avanzada de su literatura. Fogwill funcionaba como una especie de agente de su propia obra, en los múltiples sentidos de la palabra agente: el etimológico (el que la llevaba, el que la impulsaba, el que la empujaba hacia delante), el profesional (gestor editorial, negociador de contratos, difusor general, representante), el del mundo del espionaje (operar, a la vista o en sigilo, tramar y conspirar, infiltrarse)”. (https://www.infobae.com/cultura/2020/08/21/el-legado-de-fogwill-entre-el-buen-realismo-la-sensibilidad-de-las-palabras-y-la-leyenda-personal/)

Esto hace que esta novela, que transcurre en las Islas Malvinas antes del fin de la guerra, tenga particularidades que hacen que su lectura sea muy recomendable.

Es una novela importante dentro de la literatura nacional, y Fogwill, como decide presentarse con solo el apellido (como Platón, dijo) es un autor de una vasta obra de poesías, novelas y cuentos, desde un poemario, en 1979, El efecto de la realidad (empieza a escribir de grande, ya que había nacido en 1941) hasta la póstuma Estados alterados, de2021 (muere en el 2010).

“En 2010, cuando la Argentina festejaba el Bicentenario, el Centro Cultural Haroldo Conti montó la muestra “200 años 200 libros” y, entre el Facundo y El Aleph, entre El limonero real y La invención de Morel, aparecía incuestionable y altivo un ejemplar de Los Pichiciegos. Era de la primera edición, la de De la Flor, que decía “pichy-cyegos” y tenía una portada que simulaba la etiqueta del licor que tomaban los soldados en Malvinas.

La guerra nunca lo abandonó del todo a Fogwill. Volvió a ella varias veces después de Los pichi. Tal vez porque, como escribió en el cuento “El arte de la novela”, la guerra es una experiencia contemporánea inevitable para cualquier escritor. “Siempre había pensado que intercalar los efectos de una guerra convencional en un relato convencional era una posibilidad ajena a cualquier pequeño escritor argentino, y sin embargo allí estaba la guerra, intercalada, tan respetuosa del realismo como cualquiera de las guerras que se leen en las novelas extranjeras de la década del cuarenta”.” (https://www.infobae.com/cultura/2021/09/19/fogwill-reediciones-e-ineditos-para-seguir-leyendo-al-gran-provocador-de-la-literatura-argentina/)

Es muy buena la presentación que hace de su novela porque la saca del molde en que caemos, casi inevitablemente, los/las argentinos/as cuando nos enfrentamos a Malvinas. Yo viví la guerra, y aunque nunca defendí la posición bélica, sentí rencor y rabia (como la mayoría, creo) hacia los piratas y usurpadores ingleses.

“Sobre Los Pichiciegos (que transcurre mayormente en una cueva malvinense improvisada por desertores del ejército), por ejemplo, dice: “Pretendía ser un trabajo hacia el habla argentina. Pero no sé si lo logró. Ya en esa época para mí la nación no era más que la lengua. En los 80 yo decía que podría escribir de nuevo Pichiciegos sin Guerra de las Malvinas: no era una novela sobre la guerra”.” (https://socompa.info/entrevista/ser-escritor-es-fracasar-en-la-vida/).

En esa misma entrevista, leemos: “Para escribir Los Pichiciegos, Fogwill declaró haber usado su conocimiento del frío (solía navegar por los mares del sur), de la colimba y de los pibes. Pero la sustancia que regula todas las acciones a lo largo de la novela es el miedo. “Yo viví años con miedo, loco. Está bien que era un miedo anestesiado, pero era miedo al fin. Yo había sido trotskista, y una vez los milicos tuvieron secuestrado durante meses a un tipo que vivía un piso debajo mío, pensando que era yo. En los últimos años de mi carrera empresaria yo vivía con miedo, me mangueaban de todos lados, me buscó la cana durante un mes. Cuando caí preso se me pasaron todos los miedos. En la cárcel fui el tipo más libre del mundo.”

Fogwill no habla como un escritor convencional, no lo es: cuando le hacen un planteo literario, sobre el género de sus cuentos, dice: “–No, no, yo escribo, loco, no tengo problema con los géneros.”

Es deliberadamente irreverente y disruptivo, porque elige ser diferente, como persona, escritor e intelectual.

Leamos cómo lo explica él:

“–Las grandes editoriales son el camino más rápido a la mesa de saldo. De sus libros buenos venden cuatrocientos, y encima casi todos son malos. Pero de golpe les ofrecen tres o cuatro mil mangos a pibes que están en la lona y agarran; van a la mesa de saldo al par de meses y así es como los desgastan.

–Salvo si uno está consagrado…

–No, no: salvo si uno es una máquina de hacerse propaganda, como soy yo.

–¿Eso le viene de su carrera como publicista? [Fogwill, asesor de marketing, fue responsable de los horóscopos Bazooka e inventó nada menos que el eslogan “El sabor del encuentro”.]

–No, no. Es la personalidad. Hay grandes escritores que en la cancha pueden ser virulentos peleadores y después en la literatura tienen miedo. ¿Pero de qué? ¿De fracasar? Si ser escritor ya es fracasar. ¿Qué peor te puede pasar? ¿Cuál sería el éxito de un escritor? ¿Ganar el premio nacional, 1.500 mangos por mes? ¿La jubilación de un sargento?” (Entrevista citada)

Sigue:

“Ser escritor es fracasar en la vida. Casi todos terminan mendigando la beca, el pequeño premio. Una mina para casarse quiere un tipo que tenga no esta mierda [y golpea el volante], sino de Volkswagen Gol para arriba, y que pueda comprar departamentos; y los escritores no pueden, terminan, de viejitos, en el mejor de los casos, ganando luca y media por mes del premio nacional, el que es profesor a lo sumo otra luca, y si los editores les pagan dos libros por año son diez lucas, o sea 3.300 pesos por mes, y con eso no se paga ni el seguro de uno de esos autos.”

Finalmente:

“–Escribir para mí es pensar. Es cierto, aunque sea pensar sobre la frase (y no sé si hay maneras de pensar fuera de una frase). Y escribo para no ser escrito, para no ser narrado por el discurso social que circula y tengo que repetir. Y ahora siento que a medida que voy escribiendo, que sale un libro nuevo, o que tengo un texto nuevo satisfactorio (porque los libros no me importan una mierda, acá todos hablan de los libros y nadie de los textos), siento que obtengo una victoria, porque no es algo que me mandaron. A mí me haría muy feliz ganar un premio grande, como el Cervantes, de 250 mil euros, sería muy feliz. Pero si yo pudiera hacer un libro bueno, pero un libro bueno-bueno, como El discurso vacío, de Mario Levrero, sería más feliz.”

Este es el escritor que escribe Los pichiciegos. No es tan común que el mismo autor entregue tantos elementos válidos sobre su vida y obra. Es lúcido e implacable sobre la realidad en la que produce sus obras.

Esto es lo que dice de la novela:

“Lo que más impide es el poder editorial, que obliga a escribir cosas legibles. Los buenos libros son ilegibles; Los Pichiciegos, al salir, era casi ilegible. Las faltas sintácticas de los personajes fueron censuradas en La Nación diciendo que se notaba que la novela fue escrita muy rápido. Algunas cosas eran demasiado obvias en ese momento, como la derrota argentina. Pero otras cosas eran impensables, como el retorno democrático, anunciado en la novela. A la semana de haberla escrito, la llevé a varias editoriales. Durán, dueño de la editorial española Legasa, que editaba a [Jorge] Asís, me dijo que la editaba instantáneamente, desafiando el poder de los milicos, si yo le agregaba un acto heroico por parte de los pichis, heroico por la patria. Y los de Galerna me ofrecieron cualquier plata para pedalearme, mientras mandaban un tipo a hacer entrevistas que desembocaron en el libro Los chicos de la guerra, con el que se llenaron de plata. Como si un pibe de 18 años que tiene que matar fuera un chico, ¡por dios! Llamarlos chicos, y poner a las asociaciones de psicólogos al servicio de “curarlos” fue una maniobra para desmalvinizar a la Argentina. Los estigmatizaron de arranque, por eso la tasa de suicidios es mayor que entre los leucémicos y sidosos terminales.”

Lúcido y terrible, y esta es la sensación que tenemos al leer la novela: Malvinas es un mundo bipolar: arriba, las islas, los soldados ingleses, los Sea Harrier en el cielo: una muerte que puede llegar en cualquier momento; abajo, esa red de cuevas donde habitan los pichis, que es un mundo extraño, de pesadilla, pero poblado con gente común: los pibes de la guerra (sí, eran pibes), venidos de las provincias, mal preparados, mal vestidos y comidos.

¿Cómo es ese mundo?

“-Igual no sé … Posiblemente parecido … -le dije, casi preguntando.

-No. Ni parecido es: pensá en el frío. Pensá en el miedo. Pensá en la mierda pegada contra la ropa. Pensá en la oscuridad y pensá en la luz que cuando te asomás te hace doler los ojos. Eso -me insistía- no tiene nada que ver con lo que pasa aquí. -Y señalaba la ventana.

O tiene que ver: hablar del miedo, por ejemplo.

El miedo: el miedo no es igual. El miedo cambia. Hay miedos y miedos. Una cosa es el miedo a algo -a una patrulla que te puede cruzar, a una bala perdida-, y otra distinta es el miedo de siempre, que está ahí, atrás de todo. Vas con ese miedo, natural, constante, repechando la cuesta, medio ahogado, sin aire, cargado de bidones y de bolsas y se aparece una patrulla, y encima del miedo que traés aparece otro miedo, un miedo fuerte pero chico, como un clavito que te entró en el medio de la lastimadura. Hay dos miedos: el miedo a algo, y el miedo al miedo, ese que siempre llevás y que nunca vas a poder sacarte desde el momento en que empezó.

Despertarse con miedo y pensar que después vas a tener más miedo, es miedo doble: uno carga su miedo y espera que venga el otro, el del momento, para darse el gusto de sentir un alivio cuando ese miedo chico -a un bombardeo, a una patrulla- pase, porque esos siempre pasan, y el otro miedo no, nunca pasa, se queda.

¿Y ahora? -guié

Tampoco, ya no, tampoco –dijo y me miró- ¿Entendés?

-Sí -respondí convencido.

-No. ¡No me entendés! Seguro a vos alguna vez habrán estado a punto de boletearte, fuiste preso, tuviste dolores en una muela, o se te murió tu viejo. Entonces, vos, por eso, te pensás que sabés. Pero vos no sabés. Vos no sabés. (Pags. 94-95)

Allí vivían, enterrados como los pichiciegos:

“-¿Qué…? ¿Nunca comieron pichiciegos … ? -averiguaba el santiagueño-. Allí -preguntaba a todos-, ¿no comen pichiciegos?

Había porteños, formoseños, bahienses, sanjuaninos: nadie había oído hablar del pichiciego. El santiagueño les contó:

El pichi es un bicho que vive abajo de la tierra. Hace cuevas Tiene cáscara dura -una caparazón- y no ve. Anda de noche. Vos lo agarrás, lo das vuelta, y nunca sabe enderezarse, se queda pataleando panza arriba. ¡Es rico, más rico que la vizcacha!” (Pág. 27)

Hay una narración en tercera persona, pero de alguien que está ahí, (un pichi) y otra del que toma notas de lo que pasa y lo escribe, o sea el autor (Quique Fogwill) (un pichi que desaparece de la novela).

Está muy presente la realidad argentina, de eso hablan los pichis (a uno le dicen Galtieri) desde las limitaciones culturales propias de colimbas. Es un video de ese terrible momento de Argentina.

Fogwill busca lo argentino en su novela, como quizás en toda su obra (no la he leído como para opinar) y la echa sobre nosotros, como la nieve –“pegajosa, pastosa”- que describe en el inicio de la novela, y nos invade y enmudece.

Es un mundo muy duro el que muestra el cáustico Fogwill, y es más que una etapa de nuestro país, porque allí está la Argentina esencial de la época.

Novela dura como la misma guerra: solo queda el narrador, y la guerra llega a su fin. No hay salvación, y decide caminar –una decisión tomada al azar- hacia el pueblo, sin ningún propósito.

Sin embargo, no es un pesimista: por ejemplo, Fogwill cree en la democracia para Argentina y le entusiasma criar hijos, aun de viejo.

Algunos catalogan su obra de realismo social, con personajes que son prototipos de una dimensión social a la que representan; sin embargo, en aquella suelen ingresar, como las monjas en Los pichiciegos, elementos inexplicables, a veces fantasmales. Esto podría hacernos pensar que su obra es fantástica: de hecho, las cuevas en Malvinas son un mundo ficticio, por momentos irreal o imposible, pero no lo sentimos así.

La ficción se impone, que es lo que quiere Fogwill, porque él es el personaje de su obra, y así queda instalada, y así la vivimos, como el pichi que decide caminar porque ya nadie puede decidir, porque la guerra terminó con todo.

Creo en la validez del mito de Fogwill, en lo que él mismo construyó, difundió y promovió, con todos sus excesos y virtudes. Alguna definición de mito dice: “Historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o de una cosa y les da más valor del que tienen en realidad.”

Pero creemos en el mito, no en la realidad.

En Malvinas viven los pichiciegos, seres fantasmales en un mundo fantasmal, en el marco de una guerra sin sentido, y cuando esta termina, también desaparecen. Son un grupo de argentinos bien reales, prototipos de un país y de una época, que quedan enterrados sin ruido ni lágrimas. Terminó su etapa.

He leído la novela y releído muchas veces sus páginas en la escritura de esta entrada, y cada vez surgieron detalles no percibidos, comentarios que habría que entender más profundamente.

Por algo hay varios críticos que consideran a Los pichiciegos una de las novelas más potentes de la literatura argentina. Al principio me pareció que esto era exagerado, pero ahora, cerrando esta entrada, he cambiado de opinión.

HAY QUE LEERLA. ES UNA NOVELA DISTINTA, LLENA DE ARGENTINA Y DE ARGENTINOS/AS. VALE LA PENA.

LÉANLA Y SAQUEN SU CONCLUSIÓN.

SIRA DE MARÍA DUEÑAS POR ADOLFO ARIZA

SIRA DE MARÍA DUEÑAS POR ADOLFO ARIZA

Como otras veces, escuché una entrevista a la autora en La Conversación, el programa de radio de Andrés Gabrielli, y decidí leer la novela para hacer una entrada en mi blog. Cuando le vi el tamaño en la librería (son 642 páginas), pensé en el tiempo que me llevaría la lectura, porque no soy lector de tiempo completo por estos días, pero arrugar hubiera sido una cobardía indigna de un profe de Literatura.

Fue una muy buena decisión.

No había leído El tiempo entre costuras, aunque sabía de la novela y de su éxito, así como el de la serie de tv, así que no conocía a Sira Quiroga, la de las varias identidades, pero he disfrutado mucho su lectura. EL mejor testimonio es que la he leído en tres días, sacándole tiempo a otras actividades, en primer lugar, por el interés que me provocó, pero también porque no hay otra manera de leer una novela larga, como esta, llena de situaciones, personajes, espacios, y mantener la comprensión de la obra.

La escritora la presenta así en su web (https://mariaduenas.es/noticias.php):

«Casi doce años después de su llegada a las librerías, vuelve Sira. Recuperarla para esta novela ha sido fascinante, juntas hemos recorrido escenarios, intrigas y momentos que marcaron una época. Confío en que este reencuentro cautive de nuevo a todos los que disfrutaron El tiempo entre costuras.»

En una entrevista en Clarín (https://www.clarin.com/viva/maria-duenas-habla-sira–nuevo-libro-evita-personaje_0_iHZHeUjKd.html) habla de Sira antes y ahora:

“Pasaron casi doce años y, a partir de mi fascinación por Tánger (uno de los escenarios importantes en El tiempo…), le di una oportunidad a Sira.

– ¿En qué cambió el personaje y en qué cambiaste vos desde la publicación de esa primera novela?

-Sira ha crecido, ha madurado, vive nuevas aventuras, pero las lleva de distinta manera. Tiene treinta y pico: ya no es una jovencita ingenua; tiene otras prioridades, para mí gusto es más atractiva.”

Es cierto, Sira es muy atractiva, además de valerosa, exitosa en lo que se meta, inteligente, una heroína que define un estereotipo propio.

Por momentos parece como una súper heroína, pero no molesta en el marco de una novela cuidadosamente elaborada.

Se haría largo el detalle de su personalidad, por momentos paradójica, porque, aunque es fuerte e independiente, casi indestructible, sus afectos llenan su vida, desde antes incluso, para bien o para mal. Son su fuerza y su debilidad, porque los errores que cometió –cuando era una muchachita desvalida- fueron por amor.

¿Qué había sido El tiempo entre costuras?

“… una aventura apasionante en la que los talleres de alta costura, el glamour de los grandes hoteles, las conspiraciones políticas y las oscuras misiones de los servicios secretos se funden con la lealtad hacia aquellos a quienes queremos y con el poder irrefrenable del amor.” (solapa posterior de Sira)

Dueñas habla de nuevos escenarios. ¿Cuáles son?

El tumultuoso y conflictivo Jerusalén en la etapa final del Mandato Británico, el Londres que trata de reconstruirse de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial, un Madrid abatido de postguerra, y un Tánger en el que Sira seguirá los pasos de la multimillonaria americana Bárbara Hutton

Por eso, las partes de novela son:

Primera parte Palestina

Segunda parte Gran Bretaña

Tercera parte España

Cuarta parte Marruecos

Algunos han caracterizado la novela como histórica.

¿Qué subgénero literario es este?

El propósito principal de la novela histórica en ofrecer una visión verosímil de los ambientes, tipos y paisajes de una época histórica preferiblemente lejana, de forma que aparezca una cosmovisión realista e incluso costumbrista de su sistema de valores y creencias. En este tipo de novelas han de utilizarse hechos verídicos, aunque los personajes principales sean inventados.

Veamos cómo se dan algunos de sus rasgos en Sira:

Investigación detallada:

El desarrollo de una novela histórica implica que el autor lleve una investigación y documentación de los hechos sobre los que planea situar su obra. En este sentido, debe dominar no solo su habilidad de narración, sino también la información histórica que ha reunido para su construcción. Sin embargo, no se trata de un historiador, sino de un novelista.

Dueñas en la entrevista con Clarín citada antes, dice:

“Me gusta la Historia por curiosidad intelectual y porque soy profesional del mundo de las Humanidades, pero no soy una especialista ni una freaky que se la pase leyendo y reteniendo datos. Me interesa la Historia en la medida en que arroja luz para entender cómo somos. Me documento a fondo. Trabajo las coordenadas de tiempo y espacio en donde transcurrieron determinados hechos que afectan de un modo u otro a los protagonistas de mis novelas.”

Esta investigación aparece eficazmente en Sira. La Jerusalén de cuando ha finalizado la Segunda Gran Guerra es manifestada de manera total y podemos vivir y sufrir la dureza de las confrontaciones –nunca terminadas- en Palestina, así como la riqueza de la heterogeneidad que la habita en ese final de la etapa británica. Dueñas describe con detalle, pero sin cansar, ambientes, paisajes, grupos sociales, vestimentas sobre todo (nunca deja de ser la costurera de alto nivel), personas, comidas, todo lo que hace que nos quedemos con una imagen vívida del lugar en que suceden los hechos, tanto que los sentimos con gran intensidad.

Lo mismo sucede con los otros lugares en que transcurre la novela.

Hay que tener en cuenta que no es historia, por lo tanto, puede haber deformación de la realidad histórica. Por ejemplo, Amalia de José Mármol es una novela concebida como parte de la lucha de los unitarios contra Rosas, por lo tanto, se pierde objetividad de manera consciente. Sin embargo, el formato novelesco hace que sintamos la realidad con mayor fuerza y riqueza, como ocurre en Sira.

Esto colabora mucho para el desarrollo de otro rasgo: el carácter popular, que es uno de los factores que propiciaron la difusión del género de manera importante, porque es un retrato de la realidad social, así como también de los grupos humanos que la constituyen.

Esto también tiene que ver con el éxito de ventas de las novelas que tienen a Sira Bonnard —antes Arish Agoriuq, antes Sira Quiroga — como protagonista.

Es una buena novela histórica, que es un género muy interesante. Si no lo conocen, esta es una buena oportunidad para hacerlo.

Tengo en claro que en esta entrada solo podré rescatar algunos elementos del mundo de Sira. Espero que la selección que haga sirva para acercarla a los lectores.

En la parte en que Sira va a España, se produce la visita protocolar de Eva Perón a ese país, que aquella acompaña dentro de una misión que se le propone y acepta, como las otras que realiza en las novelas que protagoniza.

Dueñas explica la visita así (Nota de Clarín):

“A sólo ocho años del final de la Guerra Civil, había hambre, represión, miseria. Entonces, el régimen de (Francisco) Franco le dio bombos y platillos a la visita de Eva: actos, shows, agasajos. Cambió la fisonomía de las calles para que ella no viera lo que había realmente. Era noticia todos los días en la prensa, el pueblo salió a recibirla. Detrás de eso había un interés económico. Desde 1946, 47, desde la Argentina llegaba todo tipo de ayuda para España: barcos cargados de cereales, de legumbres, de cueros; en esa época también hubo préstamos financieros. Duró hasta los años cincuenta y tantos. La Argentina fue muy generosa con España.”

Esta visita es narrada con mucho detalle:

“Ha sido subyugante seguir el rastro de Eva Perón para escribir mi nueva novela. Es un personaje poliédrico en muchos sentidos.”

“He ido siguiendo, a través de la prensa española y otras publicaciones del momento, cómo fue el itinerario de Evita por Madrid, cómo se vestía, quiénes la acompañaban, qué le regalaban. Para mí ha sido apasionante esa reconstrucción. En cuanto a las reacciones que provocaba en la Argentina, las comento por arriba, no las valoro porque carezco del criterio como para poder hacerlo. Me limito a poner el foco sobre ella y seguirla en ese viaje por España.”

Sin embargo, pone en boca de Mery, una hermosa mujer con la que Sira comparte la última noche en Madrid, la siguiente frase:

“Cuéntelo en la BBC, para que se entere el mundo … Diga a través de sus micrófonos que Evita es única y pasará a la historia. Cuando de usted, de mí y de las bobadas de mi marido no haya quien se acuerde, cuando la gloria de Franco se haya convertido en humo y todos los que ahora le adulan no sean más que sombras, la memoria de Eva Perón seguirá perviviendo.”

A Dueñas, como suele sucederle a los europeos, le cuesta comprender a los populismos latinoamericanos como el peronismo, porque sus experiencias de los populismos son otras, aunque es muy respetuosa y evita juicios de valor de lo que no conoce bien, pero esta conclusión sobre Evita es clara, real y terminante. Incluso el mismo Franco tiene que tragarse lo que Evita decía que se parecía mucho a lo que decían los republicanos con los que había luchado en la Guerra Civil. Dueñas lo cuenta así:

“En un país absolutamente dividido, Evita decía, por ejemplo, que no quería que nadie quedara fuera de las coberturas sociales, mientras que Franco no tenía la menor misericordia con aquellos que habían perdido la guerra.”

¿Es feminista?

Me parece válida su autodefinición:

“-Intento escribir con mi mirada de mujer. Es muy fácil decirlo ahora, porque eso se valora enormemente y todo lo que venga de nosotras es bienvenido, aceptado y celebrado, diría.”

Esto es original, y vale, y enriquece la lectura.

A esta altura la pregunta que me podría hacer alguien es por qué tendría que leer una novela de seiscientas páginas.

Intentaré responderla para cerrar la nota.

Sira es, además de lo que ya he dicho, una novela policial. Hay conflictos, hay suspenso, clímax y desenlace. Son interesantes, aunque –no siempre- válidos. Soy un viejo lector de policiales, y sentí, más de una vez, previsible la resolución del problema, y, eso, en una novela policial es difícil de superar.

Sin embargo, la seguí leyendo porque quería conocer qué le pasaba a Sira y a los suyos, y, sobre todo, quería saber más del escenario: de Londres, de Madrid, y sobre todo de Tánger, porque Dueñas habla de que uno de los motivos para que Sira apareciera fue su “fascinación por Tánger”. No conocía Tánger, pero ahora siento que sí. Si no tuviera otra razón, esa bastaría para pedir que la leyeran.

HÁGANLO

LAS MALDICIONES DE CLAUDIA PIÑEIRO POR ADOLFO ARIZA | LA POLÍTICA

LAS MALDICIONES DE CLAUDIA PIÑEIRO POR ADOLFO ARIZA | LA POLÍTICA

No soy de los que dedican a un/a autor/a, salvo cuando que he tenido que hacerlo para desarrollar algún estudio crítico. Es más, prefiero leer de todo.

Sin embargo, Las maldiciones es la cuarta novela de Claudia Piñeiro que leo. Antes fueron: Betibú, Las viudas de los jueves y Catedrales, si no recuerdo mal el orden de lectura.

Las dos primeras llegaron al cine, y seguirán llegando, al cine o las plataformas. No vi Betibú, pero Las viudas de los jueves me pareció muy buena.

Sobre Catedrales, su última novela, publiqué una entrada: https://www.miradasdesdemendoza.com.ar/2020/08/18/catedrales-de-claudia-pineiro-por-adolfo-ariza/, cuando comencé con este proyecto de comentar novelas, con el que estoy muy entusiasmado.

Las maldiciones es del 2017 y es interesante observar también en ella, como en otras novelas, una postura crítica de actitudes y formas de vida de sectores de la sociedad. En general, esto manifiesta a través la narración de las acciones y decisiones de uno o más personajes en las que se manifiesta esa problemática social que no es solo personal, sino de un grupo o sector, más o menos extendido.

En Las viudas de los jueves son los nuevos ricos, habitantes de los countries que parecen lugares soñados, pero llenos de historias terribles, en el marco de la etapa previa al estallido del 2001.

En Catedrales es la gente que profesa una religión, pero que en su vida manifiesta actitudes y conductas contrapuestas a las que sostienen su fe.

Las maldiciones se centra en un empresario inmobiliario del norte del Gran Buenos Aires que quiere desarrollar una carrera política, no desde la política, sino desde su éxito empresario, el que le da, no solo los medios económicos, sino también las relaciones con el poder corporativo.

Tuve que interrumpir la escritura porque surgió otro tema, pero fue oportuno porque en ese lapso se desató la polémica por la exitosa serie de televisión web El Reino en Netflix. La historia del Pastor evangélico candidato a vicepresidente que, por el asesinato de quien encabezaba la fórmula tiene la oportunidad de ser el Presidente, trajo un enorme revuelo por la reacción de ciertas comunidades religiosas que veían la serie como un ataque destinado a desprestigiar a sus colectivos religiosos. Es interesante porque en la obra se cruzan el tema del Pastor inescrupuloso con el de acciones políticas despiadadas e inmorales, con lo que el tema de Las maldiciones agrega un factor adicional.

Otro elemento para analizar es el estado del arte del tema de la “nueva política” en la actualidad. En 2017 estos personajes en los que “El candidato se construye desde el marketing, la publicidad… más que por ideología, peso político”, como dice Claudia Piñeiro en una entrevista a Punto de Vista, por Canal Abierto, estaban en un momento exitoso, e incluso parecía que llegaban para terminar con las prácticas y la preponderancia de los políticos tradicionales.

Hoy, rápidamente, esa manera de entender la política aparece como fracasada y en decadencia. El ejemplo más relevante es el de Trump, quien, como Macri en Argentina, perdió la reelección, incluso contando con todos los recursos que da el ser Gobierno.

También la pandemia tiró abajo el planteo dorado de las corporaciones empresarias: el Estado no hace falta, es caro e ineficaz y el Mercado puede resolver todas las necesidades y demandas de las sociedades mejor que aquel. Quedó claro que el Estado tiene un rol fundamental para la vida de los ciudadanos, instituciones y organizaciones.

Ahora bien, el tema de la serie El Reino lleva a que la autora deba insistir, como también lo dice en la entrevista, que “Es ficción, pero podría ser verdad”.

Esto es clave en Piñeiro: sentimos las dos cosas permanentemente: en Las viudas de los jueves, por ejemplo, la sensación de verosimilitud nos invade y nos hace compartir las vidas de los habitantes de los countries.

Un factor importante para que sintamos esto es el uso del espacio en sus novelas: son lugares conocidos, mencionados y descriptos con precisión.

Piñeiro dice en una entrevista a Página 12: “Yo quería contar una maldición que pesara sobre la política argentina. “La maldición de Alsina” es la que se llama “la maldición de los gobernadores” y que tiene que ver con la ciudad de La Plata, en la que, según dice la historia, hubo una bruja, llamada “la Tolosana”, que durante la inauguración de La Plata hizo un embrujo para que ningún gobernador fuera presidente.”

Se incluyen algunos capítulos con el título de Apuntes para La maldición de Alsina. Pone en ellos antecedentes de maldiciones, o simbologías presentes en La Plata, que en sí también es un símbolo y que se presenta como la ciudad donde puede aparecer “una generación que recién arranca, nueva, hija de lo peor y de lo mejor de la política, virgen de todos nosotros…”. También están las entrevistas reales a Raúl Alfonsín y a Eduardo Duhalde sobre la propuesta política de Fernando Rovira, que, de alguna manera, ha estado en varias agendas políticas: la división de la Provincia de Buenos Aires, como unidad política y electoral.

Es una novela muy densa, llena de contenidos, de situaciones, de personajes –varios también simbólicos, como Sebastián Petit, que tiene el ideal de una política distinta, o el tío Adolfo, viejo radical que añora a Alfonsín como un modelo de político- tan relevantes como Román Sabaté. Es el caso de la bruja (la madre de Rovira) (que nos lleva a otras brujas reales que han actuado en política) o la China Sureda, que lleva la investigación y es una de las que narra en primera persona. El otro narrador es, precisamente, Román Sabaté, un protagonista que resuelve un eje que, por el tema de la novela, no parecería central, pero que Claudia Piñeiro considera clave: la paternidad.

Ese es también un símbolo cargado de esperanza, porque, a partir de la asunción plena de ese valor, Román se hace cargo de sí mismo, y de su misión en este mundo. Pero, como corresponde en la obra de Piñeiro, hay contenidos ideológicos que justifican la decisión del personaje.

En esta entrevista habla de eso:

https://elpais.com/cultura/2017/12/05/babelia/1512473792_182414.html

“¿Y cómo llegó Hegel ahí? Se lo pregunté a Claudia Piñeiro cuando estuvo en Madrid, presentando la novela. En realidad, Hegel le llegó de la mano de Lacan, que estudió lo que el filósofo alemán dice de esa relación amo-esclavo. Ella no podía hacer que un chico, Sabaté, que no tenía ni idea de Hegel se pusiera a dilucidar ese dilema que lo atormentaba sin saber decirlo. Piñeiro es consciente de que ese error de atribuir a personajes palabras que no suenan como propias se comete a menudo en literatura. Y “ahí apareció esa profesora de colegio secundario, compañera casual de asiento en un viaje que hace Román Sabaté y que como buena profesora quiere enseñar y enseña aun fuera del aula”. Hegel estaba escondido en esa escena, “pero yo no fui consciente de ello hasta que la novela estaba más avanzada”.

Fernando Rovira y Román Sabaté son esas figuras que se manejan como dice Hegel, amo y esclavo. Y la resolución de esa dialéctica es la que desata que el conflicto de la novela llegue al desenlace que tuvo.

“Hasta entonces Las maldiciones era una novela política y desde ese momento en el que Hegel aparece en el autobús ya es una novela moral que te lleva al abismo de las oscuridades de las que son capaces los políticos para hundirse en la porquería dando la impresión de seguir impolutos. “Es una novela política donde la política es un protagonista más”, dice Piñeiro.”

Ahora, ¿qué visión tiene Piñeiro de la política, además de no creer que esa nueva política sea una alternativa válida? Dice sentir (aclara que hay más gente que piensa lo mismo): “Escepticismo… ¿será por esto que quieren tomar esta medida o en el fondo hay algo que no me están diciendo?”

En este sentido, me parece que comparte los sentimientos de una buena parte de nuestra clase media urbana que no confía en la política y/o en los/las políticos/as. Aclara que conoce, por las actividades de su marido, las bambalinas de la política, pero, por mi experiencia de ese mundo, creo que, además de las trampas y argucias, hay aspectos más profundos que los que promovieron la nueva política no conocen porque se quedaron con una visión simplificada y pragmática, que no tiene nada que ver con la búsqueda del poder para planear y proveer el bien común.

Este es un tema sobre el que no avanzaré porque excede al objetivo de mi blog, pero es importante tener en cuenta que ese estereotipo de la política cuyo origen podría rastrearse hasta el siglo pasado es parte de la estrategia de los que promueven esa “nueva política” para que la gente rechace el ejercicio de esa actividad orientada al bienestar de la sociedad, tan antigua como el hombre, y lo deje en manos del mercado y sus intereses.

Como en otras novelas de la autora, hay elementos de novela policial (un asesinato), y algunos desarrollos truculentos, no siempre necesarios.

No me conformó el desenlace –que no comentaré, por obvias razones- porque me parece que lo simbólico e ideológico se llevan puesto lo narrativo.

En cierto momento, la autora hablando del carácter ficcional de la novela, dice que es casi una parodia, con lo que la complejidad aumenta.

A pesar de estar tan llena de elementos distintos, de personajes –más verosímiles o más simbólicos- es una novela interesante y atractiva.

Piñeiro siempre juega fuerte, pone todo sobre la mesa, pensemos en que va a entrar en este tema político desde algo casi esotérico como las maldiciones.

Hay que leerla con atención, sin distracciones: no es lineal de más de una manera, hay más de un narrador y punto de vista. Incluso hay críticos que la consideran una “road novel” (una suerte de novela de viaje), o un thriller político, pero vale la pena leerla, sobre todo en esta época de Argentina.

Claudia logra que en sus novelas se presente la realidad envuelta en una ficción, en general con formato de thriller, lo que nos hace vivir con intensidad el desarrollo de la acción, aunque a veces se den algunas volteretas grandilocuentes, no siempre verosímiles con el fin de aumentar el suspenso o el impacto en el lector.

Estos recursos son habituales en Piñeiro, y los maneja con solvencia; además la han hecho una escritora muy exitosa, que va por más, así que las objeciones son anecdóticas, e insistiré en que vale la pena leer estas novelas.

HÁGANLO.