En https://www.serargentino.com/ se explica el origen de la denominación de “gorilas” que usamos los peronistas y algunos otros.
“En Argentina, un gorila es un antiperonista, militar o civil. Pero todo comenzó por una broma involuntaria de un programa cómico.
En 1952 debutó en Radio Argentina La Revista Dislocada, creado por Délfor Dicásolo, con libretos de Aldo Cammarota y locución de Cacho Fontana. El ciclo fue transmitido por diferentes radios y canales de televisión hasta 1973, cuando fue prohibido por el gobierno militar de Lanusse.
Paralelamente, en 1953 se estrenó en Estados Unidos la película Mogambo, protagonizada por Clark Gable, Ava Gadner y Grace Kelly. En una de las escenas del film, Gable –quien personificaba a un seductor cazador de animales salvajes en África– está con Grace Kelly, quien estaba enamorada de él. En el fragor del romance, se escucha un fuerte rugido que provoca que la joven Grace se arroje en los brazos de Gable, quien para tranquilizarla le dice: “Calma, deben ser los gorilas”.
En 1955, esa escena inspiró al libretista de La Revista Dislocada para hacer un sketch en el cual un coro entonaba un jingle, que decía: “Deben ser los gorilas, deben ser, que andarán por ahí”. Sin bien el sketch no tenía nada que ver con cuestiones políticas, el público lo interpretó como una alusión a lo que por entonces circulaba con sigilo: un movimiento subterráneo de tropas para derrocar a Perón.
Fue así como, luego del golpe militar llevado a cabo por la Revolución Libertadora, los peronistas comenzaron a utilizar el término gorila para calificar a los partidarios del golpe que desalojó a Perón y a todo aquel que estaba en contra del régimen peronista. Incluso hasta el día de hoy.”
Ahora bien, el término excedió los límites argentinos y a la referencia a los militares. En 1963 Fidel Castro dijo en un discurso:
“¿Y qué van a hacer los imperialistas? Se cocinan en su propia salsa y los gorilas toman el poder, claro que, apoyados por los gorilas de Estados Unidos, porque en Estados Unidos hay también gorilas civiles y gorilas militares; los gorilas del Pentágono apoyan los gobiernos de gorilas con uniforme militar, y los gorilas del Departamento de Estado promueven gobiernos de gorilas vestidos de civiles, y tienen allí adentro sus contradicciones, y esas contradicciones se manifiestan en los países de América Latina.” (Wikipedia)
Creo que hay que analizar lo de gorila como sinónimo unívoco de anti peronismo, porque ser gorila es una concepción político ideológica anterior al peronismo que se refiere al rechazo –también emocional y profundo- de los movimientos con sesgo nacional y popular. También incluye a los populismos latinoamericanos que son movimientos populares, herederos del movimiento independentista.
El 17 de octubre de 1945 nació el Peronismo y, simultáneamente, el anti peronismo, que fue –y es- fundamentalmente gorila. Si no, ¿cómo calificar a los que hablaron de “las patas en la fuente” (expresión que tomó Leónidas Lamborghini para título de un poema que vale la pena leer) para aludir a los que marcharon para reclamar al Coronel Perón? ¿Qué diferencia hay entre decir “aluvión zoológico” (Diputado nacional Ernesto Sammartino, Unión Cívica Radical, 1947) y “negros villeros de mierda” como se escucha en las marchas anti Gobierno? ¿No fueron gorilas también los civiles que acompañaron el golpe de septiembre de 1930, que sacó del poder al Presidente Hipólito Yrigoyen?
Hemos visto en las marchas de las que hablo arriba a personas que llevaban con orgullo caretas de gorila como símbolo de su rechazo al peronismo, pero, a mi modo de ver, esta denominación de “gorilas” tiene un sentido más descriptivo que despectivo.
De última, la “grieta” tiene que ver con esto, lo nuevo tal vez sea la radicalización de esta posición de derecha, que hoy es fascista, violenta, xenófoba, “anti negros”. Además, en esta posición se enancan todos/as los/las que quieren sacar ventaja de la enorme desigualdad del mundo, y, sobre todo, de América Latina: grupos corporativos con intereses en la explotación de un mundo insostenible e insustentable (en estos grupos los medios tienen un rol preponderante, al igual que parte de la justicia, pero una parte poderosa).
En el tema de Sarlo, se encuentran las dos situaciones que menciono: la ideológica, con toda su historia y variantes, y el uso que da la derecha corporativa y política, con su estrategia de medios de comunicación, lawfare y corrupción, de ese modo de ser y sentir de un sector de nuestra clase media urbana y alta (el sector agrícola ganadero, por ejemplo).
Sarlo pertenece a ese sector, a pesar de alguna militancia en la izquierda, ya que en 1968 tuvo una breve militancia política en el peronismo de la CGT de los Argentinos y luego ingresó al Partido Comunista Revolucionario.
Por eso en el título de la entrada hablo de “gorilismo políticamente correcto”. Es una intelectual reconocida, más allá de que se hayan agitado las aguas con el lío de la vacuna, y hayan aparecido críticas y recuerdos polémicos, como el de un desencuentro con David Viñas, pero sería de baja estofa revolver estas cosas que, como se dice, mientras más lo hacemos, más olor sale.
No es la primera intelectual anti peronista, (y de izquierda) ni mucho menos. Cortázar se reconoció como “un anti peronista blanco”, las anécdotas de Borges son muy conocidas, Marechal (nada menos) sufrió todo tipo de descalificaciones y aun persecuciones por su militancia peronista.
O sea que nada hay de nuevo en esto, y los movimientos del campo nacional, como el Peronismo, conocen desde hace mucho distintas manifestaciones de ese orden.
Lo que hace la diferencia es el uso que menciono arriba, que tampoco es nuevo: los golpes de Estado de 1930, 1955, 1976 fueron cívico militares, tanto por el apoyo, como por la participación directa de civiles en la preparación, ejecución y gestión de esos Gobiernos de facto, pero, cuando se cambia de estrategia, a partir de los 80, y aparece el “… golpe de Estado blando, golpe suave, golpe encubierto o golpe no tradicional” … “uso de un conjunto de técnicas no frontales y principalmente no violentas de carácter conspirativo, con el fin de desestabilizar a un gobierno y causar su caída, sin que parezca que ha sido consecuencia de la acción de otro poder” (Wikipedia), el gorilismo también se adapta a los tiempos.
Es cierto que es mejor que no te encarcelen, secuestren, fusilen o desaparezcan, pero también es cierto que la capacidad de fuego de quienes manejan esta estrategia, aunque más sutil, es mucho más poderosa.
La concentración de poder de estos grupos supranacionales es enorme: aprovecharon al máximo la globalización, la tecnología, los procesos pos “perestroika”, y todo lo que derivó de esa trasformación del mundo.
Mi objetivo es que se visualicen las causas y efectos de ese gorilismo, que no se lo magnifique (la difusión que ha tenido el tema Sarlo no es positiva), pero que se comprenda que no es neutro y que tiene implicancias importantes.
Hace poco se supo que Luis Majul en su programa explicó que él mismo visitó Comodoro Py e impulsó al fiscal Eduardo Taiano a citar y localizar a la intelectual para que ratificara o rectificara su denuncia mediática en sede judicial.
Ese es un procedimiento propio del lawfare, que también se usó en los golpes de Estado blandos que mencioné arriba.
Está claro que la declaración de Sarlo sobre que no había habido oferta por debajo de la mesa echó a perder la maniobra de Majul (¿hace falta que recuerde que este pseudo periodista forma parte del equipo que instaló La Nación+ para jugar un papel central en la estrategia de periodismo de guerra que ha elegido la oposición para tratar de volver al poder?)
No contaron que con que, Sarlo, intelectual aristocrática, tiene límites distintos de los de Patricia Bullrich, que no duda en presentarse en Formosa vestida de presa, para meterse en el tema local, y tratar de limar al Peronismo.
Por eso falló la maniobra, pero la intención de usar todo lo que esté a mano, incluida la Justicia, está presente, y lo seguirá estando.
Es cierto que es un recurso rastrero, indigno de llamarse político, pero nunca ha habido límites éticos en estas estrategias: así lograron echar a Dilma, con más rudeza a Evo, a Lugo, sacaron del juego político a Lula, por dar algún ejemplo.
SEAMOS CONSCIENTES, NO CAIGAMOS EN ESOS JUEGOS, QUE HAGAN POLÍTICA EN SERIO, QUE PRESENTEN ALTERNATIVAS.
ARGENTINA NECESITA UNA OPOSICIÓN QUE SIRVA PARA ALGO.
La tardía autocrítica de Sarlo: “No debí decir por debajo de la mesa”
En realidad, tenía pensado escribir sobre otro tema, pero me encontré con esta nota de Yuval Harari, del que ya he leído “21 lecciones para el siglo XXI”, y algún otro material.
Creo que en este autor se manifiesta claramente lo que pienso que es el Humanismo hoy: sigue siendo un sistema de pensamiento que pone en el primer plano de sus preocupaciones el desarrollo de las cualidades esenciales del ser humano, pero hoy atravesado por las transformaciones que la tecnología está incorporando a nuestras vidas.
Inmediatamente, me interesaron los conceptos que se enuncian en esta entrevista que le hizo Página 12 porque creo que en ella se sintetizan varias conclusiones claves para esta etapa pos pandemia.
La primera es bastante obvia: “La primera lección de la pandemia es que debemos invertir más en nuestros sistemas de salud pública”, pero lo que la hace relevante es lo que dice después: “Se han perdido muchas vidas debido a la incapacidad de los líderes mundiales para trabajar juntos. Ya ha transcurrido un año desde el comienzo de la crisis y, lamentablemente, todavía no tenemos un plan de acción mundial.”
Esta es una dura evaluación, pero la realidad la confirma, más allá de declaraciones políticamente correctas. Ahora bien, dice algo más: “Desafortunadamente, la forma en que hemos manejado la pandemia no inspira mucha confianza en que podamos manejar algo más complejo como el cambio climático o el aumento de la inteligencia artificial.”
Este es el hecho clave, porque no se refiere solo a lo que hicimos o dejamos de hacer, sino a los problemas agudos y terribles que amenazan la supervivencia de la humanidad. Creo, como Harari, que superaremos la mayor pandemia que ha sufrido la especie humana, pero los temas que menciona el autor requieren soluciones globales, organizadas y permanentes, y eso es lo que parece poco probable a la luz de la realidad.
El autor cree que “tenemos el conocimiento científico para solucionar esta crisis, pero no la sabiduría política para hacerlo”. El tema es que la política concebida en la plenitud de sus posibilidades y efectos supone no solo tener sabiduría, sino tiene que ver con la capacidad y voluntad de construir el poder político necesario para poder modificar virtuosamente la realidad. En los problemas globales que mencionamos, esa construcción de poder supone que las naciones participen en organismos supranacionales que avalen e instrumenten los acuerdos formales que pondrán en marcha las medidas concretas que den solución a esta crítica situación. Es cierto que ya existen esos organismos, pero hasta ahora, no han desarrollado el poder político que hace falta.
Por eso, la advertencia de Harari suena real y terrible.
En relación con lo anterior, hay otro aporte del autor que me parece valioso, aunque no menos terrible:
“Si bien es común hablar del resurgimiento del nacionalismo, lo que estamos viendo en todo el mundo es el colapso de la solidaridad nacional y su sustitución por un tribalismo divisorio.” Personalmente, desde hace tiempo creo que se perciben retrocesos en muchas manifestaciones sociales: por ejemplo, nuestra clase media urbana sedienta de sangre de “negros villeros”, y capaz de ejercer la justicia por mano propia, aplicando la “Ley del Lynch” como en el lejano oeste americano del siglo XIX; o los libertarios que rechazan toda regulación del Estado y desprecian las políticas públicas que nuestra Nación concibió para su desarrollo y protección.
En ambas situaciones, y en otras varias, aparece el factor común del odio, incluso dentro de los mismos países, que impulsa a combatir y a destruir a ese enemigo que creen que los amenaza, aunque no sea así. Es cierto que no es tan casual: gobernantes como Trump y Bolsonaro empujaron –y empujan- a sus seguidores a mantener ese odio. En esto colaboran los medios de comunicación que los apoyan difundiendo noticias y conceptos que justifican esas actitudes violentas.
De todos modos, lo real y tremendo es que, en momentos en que es clave la unidad organizada de las sociedades nacionales e internacionales, se vaya en contra de lo que necesitamos para superar los problemas de la actualidad.
Harari ha insistido mucho en el tema de la Inteligencia Artificial (IA) y la automatización, no tanto por el riesgo de una invasión destructora de robots, sino por lo siguiente: “Hablo de una inteligencia artificial mucho más primitiva, que sin embargo es suficiente para alterar el equilibrio global”, sin embargo, cree que “podemos asegurarnos de que la inteligencia artificial sirva a todos los humanos, en lugar de a una pequeña élite. Por ejemplo, en lo que hace a cuestiones de vigilancia, en la actualidad los ingenieros están desarrollando herramientas de IA al servicio de los gobiernos y las empresas, para vigilar a los ciudadanos. Pero podemos desarrollar herramientas de IA que monitoreen a los gobiernos y a las corporaciones al servicio de los ciudadanos. Técnicamente, es muy fácil desarrollar una herramienta de IA que exponga la corrupción. Para un ciudadano individual, es imposible revisar todos los datos y descubrir qué políticos nombraron a sus familiares para trabajos lucrativos en el gobierno. Para una IA, eso tomaría dos segundos. Esto es algo que los ciudadanos pueden y deben exigir.”
Creo que son lecturas valiosas para lo que siempre planteo como objetivo: comprender la realidad en estas épocas en que conocer la verdad de lo que sucede es muy difícil, opacidad en la que colaboran ambos sectores políticos, aunque en bastante mayor grado la oposición macrista, que ya lleva varios años de práctica. Por ejemplo, hoy se difundió una fake que decía que Patricia Bullrich había ido a Formosa en el avión de Vicentín. Claro que era muy burda, más allá de todas las cosas reprochables que hace la ex Ministra de Seguridad de Macri, como declamar como defensora de los Derechos Humanos. Hoy en Formosa, discurseó disfrazada de presa, como ataque a Insfrán. Si una posible candidata a la Presidencia hace payasadas como esa, cuesta imaginar una propuesta política seria de la oposición
LEAMOS A HARARI Y A TODOS LOS QUE NOS AGREGUEN ELEMENTOS VÁLIDOS PARA EL ANÁLISIS DEL MUNDO EN QUE VIVIMOS.
Creo oportuna esta nota, aun cuando me parece que ya se va cerrando el tema, a pesar de que la oposición quiera seguir sacándole jugo al tema. Hoy, 27 de febrero, hubo una marcha anti Gobierno con consignas diversas –la mayoría insultantes-, y hasta con bolsas de muertos tiradas (luego colgadas para que no queden dudas) frente a la Casa de Gobierno con nombres de personas (como Estela de Carlotto, que tiene 90 años) que habían recibido, según ellos, vacunas que se privaron a otros, y que hicieron que muriera gente.
Este nivel de expresión política, tan bajo y sucio, bastaría para caracterizar a una buena parte de esa oposición, pero, en realidad, el sentido de la nota es otro. La escribo para quienes han creído en la necesidad de un cambio de un Gobierno neoliberal e ineficaz, por otro con un proyecto progresista que pueda recuperarnos de una situación límite en lo político, social y económico.
Por supuesto, me refiero fundamentalmente a compañeros/as, y a quienes queremos que este Gobierno no fracase, porque ese éxito nos beneficiaría a todos/as los/las argentinos/as, incluyendo a los que llevan pancartas en las que se lee “Gobierno de mierda” y cosas peores.
El otro día Julián Guarino en Recalculando entrevistó a Adolfo Rubinstein (ex secretario de Gobierno de Salud de Mauricio Macri) sobre el tema de los que se adelantaron en la fila para vacunarse, quien comenzó hablando de que “Tenemos un problema sistémico con la viveza criolla, el acomodo, las avivadas, que obviamente en un contexto diferente en general uno las subestima”.
Creo que esta referencia es necesaria porque es algo que vemos en muchos ámbitos de la vida y que, por supuesto, era probable –seguro, diría- que se iba a dar en este tema tan central hoy en Argentina.
Ahora bien, las noticias del mundo nos dicen que en muchos lugares han pasado cosas semejantes, con repercusiones diversas. Difícilmente sea un proceso tan complicado como el argentino. Por ejemplo, hubo una reestructuración en La Nación para instalarla como un nodo anti Gobierno. Ayer, de pasada, vi una mesa de un programa: Pagni, Sirvén, Majul, Feinmann y algún/a otro/a. Son parte del núcleo más duro del periodismo de guerra, que es la estrategia que ha asumido la oposición, tal vez porque no sepa hacer nada mejor.
Uno de los problemas de esta situación es que tenemos a un grupo mayoritario y poderoso de medios y periodistas (equipos de trolls y bots incluidos) enrolados en la campaña contra el Gobierno, sin sutilezas, sin problemas con difundir noticias falsas o medir las consecuencias negativas para la gente. Hay algún medio más cercano al Gobierno con otro tipo de noticias, pero es difícil encontrar información objetiva, no sesgada (no estoy diciendo sin referencia política), que nos permita tener una posición consistente frente la realidad cotidiana.
Por lo tanto, nos vemos enfrentados a esta situación de estas vacunaciones -en general no injustas porque se las hayan puesto a gente que no le correspondía, sino porque se adelantaron en la cola, cosa muy desagradable y descalificadora en estas circunstancias-, envueltos en opiniones, información, noticias, que no nos ayudan a comprender los hechos, que, por lo demás, ya van quedando atrás por su misma dinámica.
El 22 de febrero Juan Amorín en C5N (Conflicto de intereses) hizo un Editorial sobre el tema en el que, más allá del rechazo de lo que pasó (algo en lo que coincidimos todos/as), describe un estado de decepción y dolor profundo de los votantes del FdT. Supuse que Alejandro Bercovich (Brotes verdes) al día siguiente iría por la misma línea.
Así fue, y se me ocurre que tiene ver con su pertenencia ideológica de izquierda (aclaro que ambos, sobre todo Bercovich, son de muy buen nivel), aunque puede ser una visión prejuiciosa respecto de este progresismo. También pensé en cuál es el punto de equilibrio entre la necesaria crítica interna y la comprensión (algo básico en política) de quién gana y quién pierde con lo que hago.
Bercovich tenía como invitado a Juan Grabois, personaje interesante y complejo, y que es uno de los blancos preferidos del periodismo de guerra del que hablo más arriba.
En cierto momento, Bercovich quiso sumarlo a Grabois a sus reclamos, pero éste planteó diferencias, dentro del mismo rechazo a lo sucedido. No quiso sumarse al coro de indignados morales y abonar los planteos de la anti política, que sostiene que son todos iguales, y que deben irse, para poder ejecutar impunemente políticas en contra de las clases populares.
Esto es algo que no consideró el análisis de Bercovich, y que Grabois –como siempre- destacó: un principio esencial en la política es saber reconocer al enemigo. Por eso dijo que no se puede confundir a un Gobierno que destrozó la economía, que endeudó maliciosamente al país, que le regaló plata de los argentinos a Vicentín (estoy reversionando algunas cosas), y una larga lista de fechorías, con el actual que en el caso de la pandemia ha hecho las cosas bien, que está iniciando una campaña de vacunación con cada vez más vacunas, más allá del error puntual que permitió los adelantamientos en la fila para recibir la vacuna. Hay más logros, como errores, y cosas que faltan, pero basta como ejemplo.
Se opuso a la estrategia del “chivo expiatorio”, que sería Ginés González, porque no sirve, y porque el ex Ministro desarrolló una política sanitaria muy valiosa. Sin embargo, consideró que el pedido de renuncia fue acertado y pidió otras medidas, como que se publiquen listas con TODOS los vacunados del país, porque, si bien lo que tomó relevancia es esto, se ha vacunado en muchos lugares. Hay casos en que correspondía que fueran vacunados, ya sea por edad, por situación personal, u otras causas, pero que se conozcan y justifiquen.
También le pidió al Gobierno que este suceso tan rechazable no lo haga retroceder en las medidas que hay que tomar para defender a la sociedad de la especulación de algunos grupos empresarios dominantes que siguen ganando con el sacrificio de la gente.
Para cerrar: está claro que hay una oposición que quiere que este Gobierno fracase, y, si fuera posible, que se tenga que ir. José Pablo Feinmann en Página 12 de hoy dice: “El poder real está fuerte y en manos del macrismo”.
Y lo están usando con todo, sin ningún reparo, ni pudor, ni respeto.
Entonces, que aquellos que han apoyado a este proyecto de un Gobierno del campo popular y nacional no comprendan que allí está el enemigo, inclusive más que en esos sectores no muy grandes, pero llenos de odio, de nuestras clases medias urbanas como los que salieron hoy a manifestarse.
Creo, como Grabois, que la clase popular “no mastica vidrio”, como lo demostró en las elecciones, pero necesita de una militancia decidida, activa, con objetivos claros y significativos, para seguir derrotando a los que quieren instalar un Gobierno “de ricos para los ricos” (también lo dijo Grabois), así como de un Gobierno que se equivoque lo menos posible.
No conozco personalmente a Juan, pero sí a su padre, de larga militancia peronista, y debe de ser un factor importante para que se dé en aquél esta comprensión del sentido de la política, que no es otro que la construcción de poder para que en la sociedad se puedan hacer realidad las tres banderas del movimiento justicialista: Independencia Económica, Justicia Social y Soberanía Política.
HOY ESTE PROYECTO POLÍTICO EXIGE UN TRIUNFO ELECTORAL LO MÁS CONTUNDENTE POSIBLE Y EL ÉXITO DEL PLAN ECONÓMICO Y SOCIAL.
QUE CADA UNO HAGA LO QUE HAY HACER, DESDE EL LUGAR QUE LE TOQUE, PARA QUE ESTO SUCEDA.
Isabel Angélica Allende Llona (Lima, Perú; 2 de agosto de 1942) es una escritora chilena con nacionalidad estadounidense, de ascendencia hispano-portuguesa y nacida en Perú. Desde 2004 es miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su país en 2010.
No soy lector de Isabel Allende, aunque he leído algunas de sus obras. Allá lejos y hace tiempo, leí, por supuesto, La casa de los espíritus (1982). Mucho después, Inés del alma mía, (2006) una novela histórica que me gustó; más cercanamente, El juego de Ripper (2014), porque soy un viejo lector de novelas policiales.
En realidad, en mi casa hay muchos libros de esta chilena de apellido honorable (nunca olvidaré la tarde terrible del 11 de septiembre de 1973) porque a mi esposa le gusta mucho su estilo, como a otros millones de personas. Le resulta amena y asequible, que no es poco. Hace unos días, terminó de leer Mujeres del alma mía, y me lo dio para que lo guardara en la biblioteca. Me puse a hojearlo, y me interesó el tema, ya que el feminismo es a mi juicio el fenómeno político social más importante que haya conocido.
Lo leí rápidamente, es breve y ameno.
Es una obra autobiográfica, dedicada a las mujeres importantes de la vida de la autora. En casi todas las reseñas de su vida se pueden leer cosas como esta “Recuerda a algunas mujeres imprescindibles en su vida, como sus añoradas Panchita, Paula o la agente Carmen Balcells; a escritoras relevantes como Virginia Woolf o Margaret Atwood; a jóvenes artistas que aglutinan la rebeldía de su generación o, entre otras muchas, a esas mujeres anónimas que han sufrido la violencia y que llenas de dignidad y coraje se levantan y avanzan.”
Está bien la reseña: de esas mujeres, y de su vida, surgió su vocación feminista. La obra comienza así: “No exagero al decir que fui feminista desde el kindergarten, antes de que el concepto se conociera en mi familia.”
Sobre esa vocación feminista y una vida activa e interesante construye la memoria que leemos con gusto en esta obra. Entre esos hechos personales entretejidos con la historia de Chile y del mundo va desarrollando conclusiones generales centradas en la mujer y, por supuesto, en el papel de los hombres.
“Antes que nada, debemos acabar con el patriarcado, esta civilización milenaria que exalta los valores (y defectos) masculinos y somete a la mitad femenina de la humanidad.”
Este es el planteo, sin eufemismos, aunque con notas de humor, que desarrolla ante nosotros. Es la obra de una chilena sin fronteras, como se describe, muy actual, porque habla sobre situaciones como la del Me Too y de la rebelión social en Chile.
Es importante destacar que hay importantes controversias sobre su obra. Hay críticas feroces sobre el nivel literario de Isabel Allende. Alguno rechaza la calificación de “escritora” y la llama “escribidora”.
Personalmente, no soy afecto a los/las escritores/as de best sellers, aunque no comparto la descalificación de quien la acusa de hacer solo “literatura femenina”. Ahora bien, el éxito comercial de ventas de la obra de Allende, hace muy difícil aceptar estas posturas tan negativas.
Veamos: la venta total de sus libros alcanza setenta y dos millones de ejemplares y sus obras han sido traducidas a cuarenta y dos idiomas. Es considerada la escritora viva más leída del mundo de la lengua española.
Coincido con Camilo Marks que escribió en 2011: “Básicamente, hay dos maneras de leer a Isabel Allende. La primera consiste en escudriñar los defectos de sus libros, exponerlos con lujo de detalles y enviarla a los quintos infiernos con una inapelable, satisfecha, fundada sentencia condenatoria. La segunda, parte de la premisa de que es legítimo pasar un buen rato leyendo sus narraciones, puesto que son entretenidas, no cuesta dejarse atrapar por ellas y poseen méritos que atraen al público masivo o a lectores más exigentes. Entre ambos extremos se ve difícil encontrar un término medio: hay quienes siempre la odiarán, en tanto otros se fascinarán ante cada nuevo título suyo”.
¿Qué encontré en Mujeres del alma mía?
En la respuesta pienso que se ven parte de las razones del éxito de Isabel Allende: sabe construir narraciones interesantes, con mucho oficio e intuición para mantenernos en la lectura hasta terminar el libro. Ha escrito biografías, novelas históricas, policiales, narrativa femenina, análisis sociales. Todo manejado con solvencia.
Si sumamos oficio de narradora, olfato para elegir temas interesantes -por supuesto que esto tiene que ver con el éxito comercial y económico que es buscado por la escritora, sin casualidades- y capacidad para incluir descripciones o aportes teóricos que se integran eficientemente a las narraciones, podemos explicar su éxito, más allá de esas descalificaciones que mencioné, y que no tienen peso cualitativo.
Por ejemplo, cito algo que me impactó, porque es lo que siento:
“Quienes hemos entrado en la década de los setenta tenemos terror de acabar nuestros días en una casa de reposo en pañales, drogados y amarrados a una silla de ruedas.
Yo quiero morir antes de necesitar ayuda para ducharme.”
Esa cercanía con las cosas de la vida es lo que atrae, y en la obra es el feminismo.
Anoche escuchaba que este año ya hay cincuenta y un femicidios en Argentina. O sea que, a pesar del empuje del movimiento feminista, de los cambios en leyes y de la amplia repercusión que tienen las consecuencias del modelo patriarcal y machista, estamos lejos de asegurar a millones de mujeres una calidad de vida equivalente a la que disfrutamos los hombres.
Por eso, Mujeres del alma mía es una buena lectura para hombres y mujeres porque ayuda a la comprensión del mundo en que vivimos y a tomar la única actitud que permitirá modificar esa realidad por difícil que parezca esa misión.
Así lo sintetiza Isabel Allende en la página final del libro:
“Queremos un mundo donde haya belleza, no solo aquella que se aprecia con los sentidos, sino también aquella que se percibe con un corazón abierto y una mente lúcida. Queremos un planeta prístino, protegido de toda forma de agresión. Queremos una civilización equilibrada, sostenible, basada en respeto entre nosotros, por otras especies y por la naturaleza. Queremos una civilización inclusiva e igualitaria, sin discriminación de género, raza, clase, edad o cualquier otra clasificación que nos separe. Queremos un mundo amable donde imperen la paz, la empatía, la decencia, la verdad y la compasión. Y más que nada, queremos un mundo alegre. A eso aspiramos las brujas buenas. Lo que deseamos no es una fantasía, es un proyecto; entre todas podemos lograrlo.”
Creí que había terminado la entrada, pero no encontraba el título. Eso es mala señal, significa que no está terminada, que algo está mal o falta.
De golpe recordé una frase de una obra de Casona, creo que en Prohibido suicidarse en primavera (lamentablemente es uno de los tantos libros que presté y no recuperé nunca). Allí un personaje le dice a otro que defendía las posturas que elegían el centro y no los extremos, que a los que van por la izquierda le tiran piedras los de la derecha, a los que van por la derecha le tiran piedras los de la izquierda, y a los que van por el centro le tiran piedras de los dos lados.
Esto vale.
También recordé que Perón siempre sostuvo que en un proyecto político hay que dar lugar a todos sin exigirles una univocidad ideológica, pero el que conduce lo hace desde el centro. Claro que, si no está Perón, no es tan fácil, pero en un Frente político vale la idea.
La nota de diciembre de Pepe Natanson plantea este tema clave, cada vez más:
¿Tiene posibilidades de éxito un gobierno de centro, en el marco del Frente de Todos?
El problema es que están apareciendo críticas de sectores cercanos o propios. Jorge Alemán –hace unos días- habló de Las críticas al Frente de Todos https://www.pagina12.com.ar/321028-las-criticas-al-frente-de-todos, diferenciándolas de la derecha o del “fuego amigo”, pero señaló –sin descalificarlas- que marcan diferencias que pueden debilitar al Gobierno o al proyecto político.
Dice Natanson: “. La entronización de Alberto como candidato peronista fue una apuesta a la apertura y la moderación, un giro al centro de Cristina con base en el argumento de que ella quizás lograría ganar las elecciones pero que gobernar se le haría cuesta arriba y que se imponía, por lo tanto, un nuevo contrato social, liderado por un dirigente capaz de dialogar con todos.”
Claro, pasaron los días y aparecieron las críticas de los que pensaban que el Frente de Todos era un camino para instalar un Gobierno que tomara medidas “kirchneristas”, y como no hace eso, según lo que creían que era su fin, empezaron a criticar más o menos desembozadamente.
El problema es que no era eso, era un Frente, gracias al cual la sociedad argentina tuvo la posibilidad de echar al nefasto Gobierno de Macri. No se votó al kirchnerismo: se votó a un Frente con un Presidente con otras características.
¿Eso quiere decir que las aspiraciones progresistas, tanto del kirchnerismo como de otros sectores o personas, deben quedar olvidadas?
Para nada, yo nunca fui kirchnerista, aunque lo apoyé y defendí cuando fue gobierno, pero soy peronista y en el pensamiento y doctrina de Perón encontré todo lo que necesité –y necesito- para buscar una sociedad mejor y más justa.
No es mi intención evaluar la gestión del Alberto justo en medio del río, y con tantos enemigos (sí, lo son) que intentan aprovechar cualquier error –real o aparente- para atacarla. No solo eso, en muchos casos son golpistas.
Por lo tanto, cuando leo a compañeros que reclaman otras medidas o actitud, que acusan al Gobierno de “blandito”, o de otras cosas, siento que, a pesar de sus declamaciones sobre su rol positivo en esta etapa tan decisiva para el país, están ayudando a esos enemigos y olvidando todo lo que costó que el Peronismo volviera al poder.
Hay que buscar canales para criticar lo que corresponda, pero no dar de comer a los que quieren que este Gobierno fracase y se tenga que ir.
Más allá los errores que haya cometido el Gobierno, ha enfrentado lo que Natanson llama “un año de fuego”, lo que no es una exageración, y necesita seguir siendo un Frente sólido –no unívoco- que es la única condición que permitirá seguir adelante.
En la nota de arriba Alemán propone algunas condiciones para resolver este conflicto. Sean esas u otras, es muy distinto de salir por los medios y las redes a descalificar medidas del Gobierno.
NO PODEMOS CONFUNDIRNOS DE ENEMIGO. QUIEREN QUE FRACASEMOS, Y CON ESO QUE FRACASE LA OPORTUNIDAD DE SUPERAR LAS INEQUIDADES E INEPTITUD DEL MACRISMO Y AVANZAR HACIA UN MUNDO MÁS JUSTO Y MENOS DESIGUAL.
Natanson cierra su nota así:
“Las sociedades prueban diferentes opciones y cuando comprueban que ninguna funciona pueden caer en la tentación de las opciones extremas. Los argentinos intentaron el kirchnerismo, después el macrismo y ahora este peronismo de centro: la alternativa puede ser un regreso al pasado reciente de la polarización y el conflicto, pero también el salto desesperado a un futuro trágico.”
La pregunta por el gobierno de Alberto Fernández, sus éxitos y fracasos, es la pregunta por las posibilidades de la moderación política en Argentina.
Recapitulemos este año de fuego, volvamos al comienzo, a la foto de presentación en sociedad del gabinete albertista, reflejo a la vez del regreso del peronismo al poder en su novedoso formato de coalición, apuesta a un grupo de dirigentes sobrios y experimentados e implícitamente honestista. Primeras semanas: comienzo de la renegociación de la deuda, medidas de contención social, nuevo enfoque hacia América Latina, incipientes problemas de ensamblaje estatal y la espera táctica del momento adecuado para avanzar con la promesa de reformar la Justicia y despenalizar el aborto: más sensatez que sentimientos, hasta que la súbita irrupción del coronavirus dio comienzo al verdadero gobierno de Alberto.
El momento más duro de la pandemia fue también el más virtuoso del gobierno, el más, en cierto modo, nítido. La etapa Power Point: en línea con el viejo apotegma de Fernando Henrique Cardoso (“Gobernar es explicar”), Alberto desplegaba un discurso docente en el que le agradecía a la sociedad, de la que decía sentirse orgulloso, contrastando con la aspereza con la que tanto Cristina como Macri amonestaban a los argentinos, o a parte de ellos, por el egoísmo de quienes no quieren ceder sus privilegios (Cristina) o la supuesta propensión a los atajos y las avivadas (Macri). El protagonismo presidencial crecía conforme se apagaba la voz de los dos grandes referentes del pasado, en una regla que se verificaría en los meses posteriores: sube Alberto (y con él Horacio Rodríguez Larreta), bajan los líderes de la grieta. En el fondo, ni Macri ni Cristina tenían mucho para decir: Macri balbuceó algunas incoherencias hasta que partió a Francia, Cristina contribuyó con su silencio.
Durante estos meses, el gobierno parecía tener muy claro qué hacer (declarar la cuarentena, evitar el estallido social), cómo (reforzando el sistema de salud, instrumentando el Ingreso Familiar de Emergencia y la Asistencia al Trabajo y la Producción) y con quién (con los que gobiernan). Como suele suceder en los momentos altos, Alberto logró sintetizar su política en una consigna simple: la salud antes que la economía. Beneficiado por el “efecto estadista”, su imagen trepó al 60 por ciento. E introdujo novedades: la foto del 15 de marzo junto a Horacio Rodríguez Larreta (es decir el heredero de Macri) y Axel Kicillof (es decir el de Cristina) fue la gran noticia política en 2020, el gran invento de estos meses. Impensable bajo Macri o Cristina, permitió dotar de legitimidad a las medidas de confinamiento y producir un efecto tranquilizador sobre la sociedad en clave todos para uno/uno para todos: un té para tres que se repetiría en los meses siguientes. Juan José Becerra escribió en el Dipló. “A diferencia del dos, estructura connivencial que brinda por la memoria de los terceros excluidos, el número tres fractura la voluntad simplista de considerar que los fenómenos son blancos o negros, derechos o izquierdos, buenos o malos. El tercero es la cuña clavada en el maniqueísmo” (1).
Pero nada es para siempre. Igual que la cuarentena, esta etapa también se fue deshilachando. Como suele suceder con los gobiernos cuando descubren una fórmula que funciona, el actual también demoró demasiado en asumir la necesidad de un cambio, demasiado tiempo en acomodarse a la nueva realidad pos-pandémica. Con la distancia que da el tiempo es fácil decir que quizás lo mejor hubiera sido preservar la foto de los tres –la idea de unidad– pero cambiando el mensaje, aprovechándola para avanzar en una coordinación interjurisdiccional que trascienda lo estrictamente sanitario para sumar el transporte, la seguridad y el hábitat. Pero el sueño de un gobierno del AMBA se esfumó con la decisión oficial de recortar el porcentaje de coparticipación que recibe la Ciudad de Buenos Aires para reforzar la seguridad en la provincia de Buenos Aires, no tanto por la medida en sí, perfectamente justificable desde el punto de vista de la equidad fiscal, sino por el modo de anunciarla.
La nueva etapa encontró al gobierno atascado en el ruido agudo de sus engranajes chirriantes: el caso Vicentin fue el más notorio, pero los problemas de gestión se vieron también en el tortuoso camino seguido por el aporte de las grandes fortunas, la designación del procurador e incluso la carta de Cristina, que como la Biblia para los protestantes cada uno interpretó a su modo. Incluso la gestión de Martín Guzmán, la única capaz de concitar el consenso absoluto de la coalición, sufrió las sacudidas de los vientos internos y quedó a merced de las fuerzas del mercado, que aprovecharon la descoordinación para crear un breve “momento De la Rúa”, por suerte rápidamente superado.
Esta etapa temblorosa parece ir quedando atrás. El gobierno logró alejar el espectro de una devaluación brusca, que hubiera complicado cualquier posibilidad de recuperación socioeconómica en el corto plazo, con un nuevo enfoque de la política cambiaria y sobre todo con la decisión de fortalecer a Guzmán, confirmando una vez más una ley no escrita de la política argentina, ley que los presidentes –por motivos obvios– se niegan a reconocer, pero que se verifica una y otra vez: los superministros de Economía funcionan. Junto al reordenamiento de la economía alrededor de Guzmán comenzaron a desperezarse los ministerios con potencial reactivador (Obras Públicas y Vivienda, sobre todo) y se anunciaron dos medidas de orientación progresista: la decisión de legalizar el autocultivo de cannabis y el envío al Congreso del proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo.
Con estas jugadas, Alberto tiende un puente a marzo, el mes que el gobierno sitúa como el punto de inflexión hacia una nueva fase política, cuando las campañas de vacunación ya estén avanzadas, la circulación totalmente liberada, los dólares de la soja a 430 fortaleciendo las reservas y la economía comenzando a sentir la recuperación. Hay que pasar el verano.
Sin embargo, incluso si se cumplen los pronósticos oficiales y llegamos en paz a marzo, dos cuestiones estructurales asoman en el horizonte del gobierno. La primera, sobre la que viene insistiendo Pablo Touzon (2), es el riesgo de avanzar en la ampliación de libertades individuales (aborto, cannabis) y reformas institucionales complejas (Justicia), pero sin dar en la tecla de una agenda de transformación socioeconómica profunda y sostenible. Un gobierno de los corazones más que de las cosas.
La segunda cuestión es la que señalamos al comienzo de este editorial. La entronización de Alberto como candidato peronista fue una apuesta a la apertura y la moderación, un giro al centro de Cristina con base en el argumento de que ella quizás lograría ganar las elecciones pero que gobernar se le haría cuesta arriba y que se imponía, por lo tanto, un nuevo contrato social, liderado por un dirigente capaz de dialogar con todos. En su momento, siguiendo los análisis de Ignacio Ramírez, sostuvimos que había dos caminos posibles para la construcción de esta alternativa: de izquierda hacia el centro (desde el kirchnerismo al peronismo federal) y del centro hacia la izquierda (la fallida opción Lavagna). La paradoja –y la muestra del genio de Cristina– es que fue la líder de la facción izquierdista la que decidió la ampliación al centro.
A un año de la llegada de Alberto al gobierno, el interrogante que sigue pendiendo como una sombra oscura tiene menos que ver con su figura que con el país sobre el que ejerce su mando: ¿se puede gobernar Argentina desde el centro? ¿O hay una energía social centrífuga con poder gravitatorio que empuja a los gobiernos a los extremos, como fueron extremos, cada uno a su modo, los grandes líderes desde nuestra recuperación democrática, Alfonsín, Menem y los Kirchner? ¿Será que se necesita una voluntad hegemonista y una cierta desmesura personal para domar el potro de Argentina, y que Alberto, al que no le falta firmeza pero que es sensato y componedor, es demasiado normal, una solución uruguaya a los problemas argentinos?
Ojalá no sea así. De hecho, la performance del gobierno en las últimas semanas demuestra que el Presidente, luego de unos días agitándose como un junco al viento del dólar, dispone de reflejos para recuperarse. Quienes en su momento aplaudimos la opción del Frente de Todos como una forma de salir del empate esterilizante de la última década –una hipótesis del fin de la grieta– rezamos para que Alberto se afirme y termine de despegar. Entre otras cosas, porque lo que viene puede ser peor de lo que imaginamos. Veamos si no el mundo. Cuatro años atrás nadie pensaba seriamente que en la democracia más sólida del mundo un personaje como Donald Trump podría convertirse en candidato y menos aún en Presidente, y nadie pensaba tampoco que en el moderado e hiperinstitucional sistema político brasilero podía imponerse alguien como Bolsonaro; es más: casi nadie en Brasil sabía quién era Bolsonaro seis meses antes de convertirse en Presidente.
Las sociedades prueban diferentes opciones y cuando comprueban que ninguna funciona pueden caer en la tentación de las opciones extremas. Los argentinos intentaron el kirchnerismo, después el macrismo y ahora este peronismo de centro: la alternativa puede ser un regreso al pasado reciente de la polarización y el conflicto, pero también el salto desesperado a un futuro trágico.
1. Juan José Becerra, “Todos para uno”: www.eldiplo.org/notas-web/todos-para-uno/
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